Días atípicos de la influenza A

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En una semana todo cambió. De no saber del tema, en ocho días, el virus AH1N1 es el tópico central. Todos conocemos el código de alerta de la OMS, estamos pendientes de las palabras de José Ángel Córdova Villalobos, quien sin duda es el hombre del momento. Nuestra caótica ciudad parece un pueblo fantasma. No hay tránsito ni manifestaciones; tampoco cines, bares, antros o restaurantes abiertos. Las palabras oseltamivir y zanamivir forman parte de nuestro vocabulario. Los problemas que normalmente nos ocupan y llenan las noticias han pasado a segundo plano. Los encabezados ya no hablan de la crisis financiera. El número de muertos por la guerra al narco ha sido sustituido por el número de contagios de la influenza A. Ni a quien le preocupe cómo cerraron el Dow, Nasdaq o el índice de la BMV. Los índices que nos ocupan son cuántos afectados hay por la influenza y en qué países.

Es imposible evadir el tema. Todos hablan de eso; en Facebook la mayoría de los estatus tienen que ver con la influenza A (antes porcina). Ya sea que proporcionen datos, hagan bromas o pregunten cómo estamos. Casi todos los mensajes de correo electrónico son en relación con el tema.

La ciudad parece dividida en dos bandos: los que usan tapabocas y los que no. Los primeros piensan que los segundos son unos prepotentes que creen que no les pasará nada y no se preocupan por los demás. Los segundos están convencido de que los primeros son unos aprensivos y que el uso del tapabocas no sirve de nada.

La información es confusa. Las cifras cambian; las medidas, también. Algunos las critican por exageradas e inadecuadas; otros las consideran oportunas. Los chistes de la influenza A no se hacen esperar.

Afortunadamente hay quienes no pierden el humor en ninguna situación y ya hasta la “Cumbia de la influenza” tenemos. Desafortunadamente, también llegan los correos paranoicos; algunos vaticinan horrores, otros hablan de teorías de conspiracion y de datos ocultos por el gobierno acerca de la muertes.

Cuesta trabajo vivir en la incertidumbre. Sin conocer los alcances de la epidemia, el miedo se apodera de muchos. Empiezan las compras de pánico, las cancelaciones de viajes a México. Algunos piden que se cierren las fronteras. Argentina y Cuba cancelan sus vuelos a México, y Francia pide que lo hagan los demás países de la Unión Europea para contener la epidemia; llaman al virus la gripe mexicana, aunque parece que comenzó en California. Egipto habla de matar a todos los puercos del país. Visiones apocalípticas empiezan a cruzar por nuestras mentes. No podemos evitar pensar en la terrible epidemia que vaticinan algunos científicos. ¿Será ésta? ¿Y si nos da? ¿Y si esto se pone peor? ¿Y si la industria se va al carajo? ¿Qué va a pasar con el turismo? Entre la inseguridad y la influenza, en este país no se va a parar nadie. ¿Qué vamos a hacer?

Los chilangos estamos acostumbrados a temblores, niveles altísimos de smog, crisis económicas... pero esto de luchar contra un enemigo invisible (el virus) nos toma por sorpresa. No tenemos experiencia previa para manejar este tipo de crisis. Las compras de pánico, la ciudad en una extraña calma, son para poner los pelos de punta a cualquiera. Ver todo cerrado y la gente con tapabocas nos habla de una realidad diferente. Un motor que rugía fuerte y funcionaba a toda prisa se va parando lentamente, mientras que una tristeza colectiva se apodera de nosotros.

Las llamadas, correos y mensajes de apoyo son un bálsamo. Nos hacen sentir queridos y apapachados. De un modo u otro sabemos que esto pasará, el problema es no saber cuándo y a qué magnitud llegará. Todo resulta atípico, como el virus. Por primera vez no nos alegra ni el anuncio de un puente vacacional del tamaño del Golden Gate.

Así como cambiaron las noticias en una semana, cambiaron nuestras prioridades y conductas. Ante la amenaza, nuestros problemas cotidianos toman otra perspectiva. Los problemas sentimentales, laborales, deudas, el precio del dólar o el estado de la economía mundial pasan a un segundo plano. Nuestra salud y la de nuestros seres queridos, a la que tendemos a dar por sentada, es nuestra principal preocupación.

El encierro involuntario nos obliga a reflexionar y ser pacientes. Nuestros proyectos se ven detenidos. Es imposible planear a corto plazo. No queda más que esperar. Los días pasan lentamente entre una conferencia de prensa y otra. Sin las distracciones habituales, no queda más que escuchar nuestra voz interna.

La vida cambió repentinamente, nos hace enfrentar la impermanencia de las cosas. Nada seguro y para siempre. Nos hace conscientes de qué sí es lo importante, lo que amamos y de alguna manera nos recuerda también que estos días sombríos pasarán. Las palabras sabias de Luisa me consuelan: “No hay que tener miedo; siempre a los que tienen miedo les va peor”. Es difícil mantener la calma, el optimismo y el buen humor pero hoy, más que nunca resulta indispensable. Ocuparse y prevenir, no preocuparse y asustarse.

¿Cómo te sientes? Me gustaría oír tu opinión. Por favor escribe a: fernanda@milenio.com
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