Los monólogos de la gasolina

Martes, 20 Mayo, 2008

Quizá debido a que una vez, en plena ceremonia del Día de la Bandera, me desmayé debido a los efectos de la insolación frente a toda la secundaria, el nacionalismo me parece una cosa viscosa e inane. Sobre todo ese nacionalismo fanático que se viste de charro, el soundtrack de la película de su vida son puras canciones de un tal José Alfredo y cuyo símbolo de identidad es el equipo tricolor que tiene mucho corazón y en la cancha lo demostrará.

El nacionalismo de discurso del PRIcámbrico temprano, demagógico y cursi, es como una especie de tumor involuntario que corroe las paredes cerebrales y se las traga con bulímico placer.

Por eso me parece abominable que exista la aspiración de llevar a los Pumas a un trágico proceso de chivatización para que sean puros mexicanos quienes integren el equipo universitario, como para que nunca más se tenga la posibilidad de tener en la nómina a maestros como Cabinho, Solari, Scocco, JJ Muñante, El Tuca Ferreti, Leandro Augusto o Darío Verón, que tantas alegrías le han dado a la tribuna. Las Chivas de Guadalajara acaban de demostrar que no es tan buena idea tener a puros compatriotas, de la misma manera en que el América puso de manifiesto que con un buen gambeteador foráneo basta y sobra.

Así, el eje del debate de la reforma energética no debe ser el nacionalismo estorboso, o el respeto irrestricto a la Constitución que ha sido sometido a lo largo de existencia a un sinnúmero de vejaciones.

Pemex no puede estancarse en el comunismo primitivo, como se exige desde el chuchinero, ni entregarse al capitalismo salvaje, como piden los admiradores de la explotación del hombre por el hombre.

Pemex debe estar bajo los parámetros de un blindaje megacabrón, que impida que la empresa quede a merced de la corrupción sindical y gerencial, protegiéndola del saqueo de que ha sido víctima de manera tradicional. Es decir, que sus ganancias y excedentes sean invertidos a beneficio del populacho y no que se almacene para mejores coyunturas blanquiazules, como ahora sucede. Que las promesas de prosperidad lopezportillista que nos hacen los entusiastas de un Pemex privatizado, de no ser cumplidas apliquen de inmediato cláusulas de castigos dolorosos en los respectivos bolsillos de quienes se han agarrado a la iniciativa calderónica como a un clavo ardiente.

Que se encueren con los de los 400 pueblos, se declaren guerrilleros en Colombia y que sean obligados a traducir al español La década perdida de Carlos Salinas. Con eso me conformo.

jairo.calixto@milenio.com