De veras, cómo somos

Cerca de mi casa hay un parquecito en el que salgo a hacer speed walking, últimamente me ha agarrado la onda healthy y el wellness con ganas, bueno hasta hice los 10 kilómetros de la carrera Nike de hace una semana, ¿pueden creer? (¡Sí!, ¡viva yo!). Este espacio verde es uno de los cientos que existen en la ciudad de México.

El punto positivo es que la gente los está usando, pues en muchos han puesto casetas de vigilancia y las patrullas pasan constantemente. Hay niños jugando, parejas romanceando por horas, ancianos (aish, otros: de ancianos, pasaron a gente de la tercera edad, ahora son adultos en plenitud, ¿achis?, ¿el resto de los adultos no estamos en plenitud? En este mundo a ya nada se le puede llamar por su nombre), niños exploradores, familias haciendo picnic y los que hacemos ejercicio. Hasta ahí todo muy lindo, cual cuadro de cuento de hadas.

Pero, de veras cómo somos, ¿de qué vamos? Salimos a exigirles a las autoridades orden y respeto, pero no lo aplicamos en nosotros. Los parques son un basurero público, la gente donde hace el picnic ahí deja la basura; si se comen algo, le quitan la envoltura y al suelo; las personas que habitan en las casas o edificios cercanos, pues ahí van a tirar la basura del día.

¡Ah!, pero también aplican la parte destroyer: si hay que arrancar la rama de un árbol para colocar un toldo para la abuelita, ¡venga! a arrancar la rama que para eso salen más; ven que sus hijos están destruyendo una banca y ellos hasta ayudan, ¿y la caseta telefónica?, pues de una vez, why not?

Y lo que se lleva las palmas: sacan a pasear a sus perros para que en el parque hagan sus necesidades. Aquello es un campo minado, hay que andarse fijando por dónde se pisa porque siempre hay heces por todos lados. Por más que en el Artículo 26, fracciones I a VII, de la Ley de Cultura Cívica del DF, dice que se sancionará con multa por el equivalente de 11 a 20 días de salario mínimo o con arresto de 13 a 24 horas, al que se abstenga de recoger, de vías o lugares públicos, las heces fecales de un animal de su propiedad o bajo su custodia, bueeeno la gente ni se despeina. No se dan cuenta que esas misma heces las respiran y las moscas que se paran en ellas, luego se posan en los alimentos de su picnic o se meten por sus ventanas para andar revoloteando en sus casas, ¡iiiiuuuu!

Nos falta educación y civismo. En una población donde la clase media es incipiente y la pobreza es mucha, las buenas costumbres, lo que en verdad se llaman buenas costumbres, casi no existen.

Este problema se debe atacar por muchos frentes, el primero lógicamente está en casa, en la reflexión de cada uno de nosotros por crearnos un medio ambiente limpio y enseñárselo a nuestros hijos.

Otro importante es la escuela, la materia de Civismo, debe recalcar constantemente los modales de convivencia entre nosotros y no sólo el cómo hacerle honores a la bandera.

Y el Estado, en lugar de gastarse el presupuesto en spots donde nos dicen lo guapos que son; lo suertudotes que somos por tenerlos gobernándonos y comiendo en el Au pied de Cochon todas la tardes para deshojar la margarita de la escena política nacional; poniendo a nenorras para que nos expliquen y nos den luz acerca de las muchas obras y logros que ellos bien-súper-buenos han hechos para nuestro bienestar; otros donde nos anuncian que por fin han hecho su trabajo, -motivo que merece la pena que todo México se entere- así que nos lo ensartan en un anuncio para que veamos que por fin llegaron a acuerdos (Aplausos, tipo Memo Ríos).

Pues en lugar de toda esa belleza de propaganda (gracias, pero no), pues qué les parece que se la gasten en mostrar en la televisión, cómo se debe reciclar; en señalar que no se debe tirar la basura en la calle y parques; no desperdiciar agua (añoro el “Amanda, ¡ciérrale!”); cómo y porqué recoger los excrementos de sus mascotas.

Es una tarea titánica, pero se puede logar con voluntad de las partes. Nada de andarle echando la culpa al otro, porque cada uno de nosotros, cometemos infracciones cívicas, no lo reconocemos y nos encanta andar diciendo, “la gente es bien quien sabe cómo, ¿verdad?”.

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