Monterrey bajo el Ru-Be

CRÓNICA- Milenio Diario

No es común que los puentes tengan nombre. Éste lo tiene. La gente le dice El Ru-Be por ser las iniciales de Ruiz Cortinez y Bernardo Reyes, dos importantes avenidas que cruzan el corazón del área metropolitana de Monterrey.

Hay otro puente famoso y con nombre en la ciudad. Debido a su diseño copiado al arquitecto español Santiago Calatrava, se le dice El Atirantado.

Pero salvo el que ambos son puentes, El Atirantado y El Ru-Be no tienen nada en común. De hecho el Monterrey del Atirantado y el Monterrey del Ru-Be representan todo lo contrario: uno es colgante y cruza el privatizado río Santa Catarina; el otro tiene los cimientos llenos de mierda humana y pasa por encima de la miseria.

Además, cuando uno camina debajo del Ru-Be, no sólo lo hace debajo de un puente, camina también debajo de la línea divisoria entre La Coyotera y la Niño Artillero, colonias donde hace un mes narcotraficantes en camionetas compradas en agencias de automóviles de lujo llegaron a reclutar a jóvenes pandilleros para ir a bloquear las calles más importantes de la capital de Nuevo León.

El 17 de febrero, durante la última protesta conocida de este tipo, jóvenes de estos dos barrios, históricamente, y quien sabe a bien por qué, enemigos, coincidieron y en lugar de enfrentarse con la policía, tal y como se les había pagado, se pelearon entre sí a pedradas y navajazos.

Aquí abajo del puente Ru-Be, comienzan y acaban territorios urbanos que son invisibles pero que existen y crecen cada día en Monterrey.

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Estoy abajo del puente. A un costado se ve una ruinosa fábrica de aluminio: la Reynolds. Más allá, algunas casas donde aún hay algunos hombres y mujeres que a cambio de 50 pesos rentan media hora sus sexos a los pobres de la ciudad. Un horizonte de casas, cruzado por cables de alta tensión; torres, como gigantes mudos y eléctricos, es La Coyotera.

Si se mira al otro lado, en la colonia Niño Artillero, uno ve a lo lejos casas tamaño celda que tienen garajes separados por láminas y piedras acomodadas sin estética alguna. Restos oxidados de motores aparecen apilados en una especie de calle que no tiene banqueta y que ha sido improvisada a un lado de las vías del ferrocarril que se meten por el barrio.

Frente a mí, sobre el paso a nivel, circulan, uno tras otro, tres camiones de Cemex.

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Hoy lunes vacacional salió el sol en Monterrey después de varios días nublados y lluviosos.

Un hombre, de unos 30 años, que dice llamarse Conrado se acomoda debajo de la sombra de un árbol que crece entre la piedra. Dice que viene de Guadalajara y va pa’l norte. Lleva dos semanas tratando de subirse al convoy que pasa a diario rumbo a Nuevo Laredo, a las 2 de la mañana. Un par de ocasiones lo ha logrado, pero ya estando a bordo, mientras buscaba nido entre los vagones, ha sido descubierto por los guardias. Ambos intentos han terminado en golpizas y ha tenido que regresar al Ru-Be para esperar un nuevo intento.

Sus días transcurren esperando que lleguen las dos de la mañana. Las dos de la mañana son la hora de su esperanza. Y en ese horario, cinco minutos, los cinco minutos que dura el paso del convoy, lo son todo. El resto del tiempo poco importa. Conrado dice que se la pasa a veces sentado, a veces explorando en las cercanías, rumiando comida. Duerme donde le oscurece. Dice que desconfía de todo y todos por aquí. “Hay mucho loco que le pega al resistol y quiere pelear. Mejor vete”, me advierte.

Mientras charlamos, Conrado no suelta de su mano en ningún momento una piedra del tamaño de un balón de futbol americano. Aunque no alcance el tiempo para que lo relate, es obvio que la vida no ha sido buena con él. Cuando llega el fotógrafo hasta donde estamos, Conrado pregunta excitado quién es. Se inquieta. Mueve los ojos velozmente, desconcertado. Tiene miedo. Se levanta de su asiento, amaga con la piedra, recoge una bolsa de plástico mojada por la lluvia de ayer, y se aleja.

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Hace tiempo llegaron unos jóvenes vestidos con pantalones de mezclilla recién lavados y camisetas que decían “Monterrey Joven”. Escoltados por la policía, enseñaron a pintar a algunos de los adictos, migrantes y pandilleros que viven en el Ru-Be.

Desde entonces, cada cimiento del puente tiene una pintura que relata una historia, que representa a un habitante del mundo underground de Monterrey, el mundo debajo del Ru-Be. En uno de los pilares hay un payaso haciendo señas emblemáticas de las pandillas locales y que representan a la muerte, en otro aparece una especie de demonio que carga un bote de spray. Uno más es el de un adolescente con el pelo muy largo, viajando en el cielo: este representa el alucine del pegamento que se inhala aquí día y noche.

Todas las pinturas de los cimientos del puente están hechas con trazos fantásticos o caricaturizados, salvo una. En esta aparece un joven con el rostro cubierto por un paliacate. Es de tez morena, pelo negro y corto, lleva camisa oscura y se está tocando el corazón con la mano izquierda. Podría ser cualquiera de los chicos que viven a ambos lados del Ru-Be, en la Coyotera o en la Niño Artillero, pero los que viven debajo del Ru-Be le dicen: “El Tapado”.