La Florida se moverá piedra por piedra

Mover una casa piedra por piedra no es nada fácil, mucho menos si es una finca construida a finales del siglo XIX.

Mover una casa piedra por piedra no es nada fácil, mucho menos si es una finca construida a finales del siglo XIX, pero La Florida se trasladará, ladrillo a ladrillo, a un costado del Teatro de Atequiza para formar un complejo cultural en el municipio, explica el secretario de Cultura de Jalisco, Alejandro Cravioto Lebrija.

La finca, a menos de 200 metros del Teatro de Atequiza, fue casa de descanso del presidente de México, Porfirio Díaz. Se dice que en sus constantes visitas a Chapala, Díaz hacía una parada obligada en Atequiza, para ver diversos espectáculos y descansar en La Florida —finca que formó parte de la hacienda de Atequiza, de la familia Cuesta Gallardo—, pero el inmueble de arquitectura ecléctica está en completo abandono desde hace casi 20 años: los viejos y gruesos muros han cedido espacio a las ramas de los árboles, a la espesa vegetación y al olvido.

La enorme finca, de fachada semicircular y decorados de cantera de la región está en riesgo de derrumbe, con fracturas evidentes y graves deterioros estructurales, pero todavía se aprecian los decorados originales y algunos fragmentos de los enormes vitrales del salón principal.

El abandono de la finca comenzó cuando la empresa Cytec compró el terreno donde se encuentra la casa, pero desde el año pasado se comenzó un juicio para expropiar la casa y el gobierno del estado pudiera restaurarla, pero al final la empresa y la Secretaría de Cultura de Jalisco llegaron a un acuerdo: “La empresa nos cede un terreno para formar el conjunto con el Teatro de Atequiza y nosotros invertiremos este año cerca de dos millones de pesos, para hacer un trabajo de anastilosis; es decir, la trasladaremos piedra por piedra, cantera por cantera, hacia el terreno cedido por la empresa; va a ser un trabajo muy interesante, digno de las revistas de rescate arquitectónico”, explica Cravioto Lebrija, quien añade que el objetivo es generar “un conjunto cultural con el teatro y la casa de La Florida; será un conjunto completamente interesante, completamente porfiriano”.

Últimas fiestas en La Florida

Sin saberlo, tuve la suerte de haber conocido La Florida en sus últimos años de esplendor, a finales de los años setenta. Y digo suerte porque a los diez o doce años no se sabe mucho —si no es que nada— de arquitectura, menos de casas históricas. Mucho tiempo después pensé: “Qué fregona estaba la casa de Atequiza”. Siempre me dio la impresión de ser como la de Norman Bates, el protagonista de Psicosis, sólo que limpia y con luz. La casa era de Lauro Caloca y la tía Emilita, tíos abuelos de mi madre. Sus nietos, los Michel, eran los primos con los que mi mamá y mis tíos convivían, y eran ellos los que organizaban las fiestas. Yo pasaba la mayoría del tiempo al frente de la finca, acompañado de una pelota Salver, convencido de que los árboles eran las porterías. Los pasillos eran larguísimos: era la onda correr y deslizarse de rodillas. Adentro, la luz que se filtraba por los vitrales era como la de un caleidoscopio gigante. Atrás había un canal y una especie de río, donde decía mi abuelo que, entre semana, se iban a bañar las alumnas de la Normal; nunca fui entre semana. Fue en esa casa donde mi abuela, mamá Sol, festejó sus XV años en diciembre de 1935.

Rebeca Pérez Vega