Mujeres, placer y evolución

Estos datos llevan a la hipótesis de que la presencia de placer en las relaciones sexuales es una conquista de reciente aparición en la adaptación de las diferentes especies y en su evolución.

Hace poco llegó a mis manos un documento titulado Análisis evolucionista de algunas características de la sexualidad humana, escrito por Emilio J. Escuer Acín, investigador de la Universidad La República, ubicada en Chile. El objetivo del autor es ofrecer algunas ideas referentes al papel que para la evolución de las especies ha podido jugar el placer sexual y el orgasmo, además de analizar la conducta sexual que presentan los distintos sexos y su relación con la reproducción de la especie. En general, el texto (que se puede encontrar en internet tecleando el nombre de la investigación) me pareció sumamente interesante porque creo que los estudios evolucionistas nos ofrecen información fascinante, de gran utilidad para entender el comportamiento sexual de los seres humanos, pero particularmente me llamó la atención la información que brinda sobre el orgasmo en las hembras de varias especies.

Es común que cuando se ven esas imágenes impactantes de leones copulando de manera maratónica en la sabana o de la forma en que ciertas arañas de sexo femenino se comportan después de aparearse con los machos, se piense que los especímenes femeninos de todas las especies tienen orgasmos, pero no es así. “Parece que en la naturaleza, y en referencia a las relaciones sexuales, es norma la existencia de placer sexual y orgasmo en los machos de la mayoría de las especies, sobre todo en los mamíferos, sin embargo, no ocurre así entre las hembras, ya que entre ellas lo habitual es la ausencia de orgasmo”, señala Escuer Acín, psicólogo y sexólogo español.

Entonces, la hembra humana es la excepción de esta norma, aunque recientemente se descubrió que varias especies femeninas de primates, como el macaco rabón o el macaco rhesus, también llegan a sentir placer durante el coito. Obviamente, este hecho no es una generalidad, pues en el caso de las mujeres es apenas 50 por ciento de ellas las que llegan al clímax durante el coito (aunque hasta 95 por ciento lo logran por otros medios de estimulación, masturbación o frotamiento directo del clítoris).

Estos datos llevan a la hipótesis de que la presencia de placer en las relaciones sexuales es una conquista de reciente aparición en la adaptación de las diferentes especies y en su evolución.

En casi todas las especies, el número posible de crías que se pueden tener por ciclo vital es inversamente proporcional con el placer obtenido en la relación sexual, es decir que la mayoría de los animales pueden tener mucho más hijos que los humanos, pero esto requiere menor (o nulo) placer, de tal manera que cuanto más baja sea la tasa de reproducción, mayor será el placer sexual obtenido. Por ejemplo, el salmón posee una altísima tasa de reproducción (tienen cientos de miles de embriones como consecuencia de un solo apareamiento en todo el ciclo vital de la pareja), pero aparentemente también la ausencia de todo vestigio de placer sexual; por el otro lado, algunas de las especies de primates más evolucionadas, entre ellas el ser humano, presentan una de las más bajas tasas de reproducción (una cría en cada gestación, durando ésta nueve meses y con un periodo de crianza sin parangón en ninguna especie), pero relaciones sexuales frecuentes que llevan a las hembras a sentir placer.

¿Por qué pasa esto? Una de las teorías de los evolucionistas es que el orgasmo aparece para aumentar la frecuencia de la actividad sexual en las especies con muy bajas tasas de reproducción y así se pueda asegurar la reproducción y, por ende, la preservación de la especie. Otro motivo puede ser el siguiente: las hembras de la mayoría de las especies manifiestan clara y externamente su ovulación, al tiempo que se muestran abiertamente receptivas hacia el macho para asegurarse la concepción (época conocida como “celo”). En los primates, aunque se conservan estas características, las manifestaciones ovulatorias son menos puntuales y generalmente presentan capacidad de apareamiento fuera del momento de la ovulación. “La mujer —informa Escuer Acín— es un caso muy especial, puesto que no manifiesta aparentemente ninguna señalización externa del momento de su ovulación, y es aquí donde se puede establecer con facilidad la relación entre la escasa tasa reproductora de nuestra especie, la ocultación de signos evidentes de ovulación y la necesidad de asegurar la reproducción mediante una alta frecuencia de apareamiento. Así, y como consecuencia de ello, vuelve a ser necesario el placer sexual como refuerzo que garantice la persistencia de las relaciones sexuales, al objeto de conseguir la fecundación a pesar de no conocer el momento más preciso para ello (ovulación)”.

El sexólogo Manuel Lucas Matheu, sin embargo, interpreta la adquisición evolutiva del orgasmo femenino como consecuencia de la progresiva cerebralización y consiguiente liberación paulatina del control endocrino de la conducta sexual en los primates, así como del desarrollo del instinto de comunicación del ser humano. En su trabajo argumenta que con la conquista del instinto de comunicación humano mediante la sexualidad, el hombre se ha liberado del “yugo” procreativo.

Por su parte, Francisca Martín-Cano Abreu, psicóloga y antropóloga andaluza dedicada a divulgar la vida de las mujeres prehistóricas, recuerda que no todas las mujeres llegan al clímax al copular, es decir, éste no se produce durante la penetración del pene en la vagina y, por ende, el orgasmo en sí mismo no puede ser considerado un estímulo para el coito heterosexual ni tampoco un mecanismo moldeado a lo largo de la evolución para favorecer la retención del semen y con ello la fecundación. “Es decir, se podría pensar que la auténtica función y sentido evolutivo del orgasmo femenino es conseguir el mayor goce sexual... sin necesidad de pareja masculina”, revela.

No obstante, Martín-Cano dice que esta situación está transformando la sexualidad femenina, ya que al poder disfrutar de un orgasmo, pero no siempre a través del coito, las féminas están aprendiendo a masturbarse (solas o junto su pareja); ayudan a que su pareja aprenda cómo proporcionarles el orgasmo; toman la iniciativa sexual de buscar la satisfacción orgásmica en relaciones lésbicas. También está llevando a que algunas chicas persigan la promiscuidad heterosexual, esperando lograr el orgasmo con diversos compañeros, aunque al no conseguir su objetivo (el orgasmo no es como la lotería, que te toca por suerte, sino que se tiene que trabajar de manera individual y conjunta para alcanzarlo) sigan experimentando una frustración constante.

El que el orgasmo sea un privilegio exclusivo de las mujeres (más algunas macaquitas), agrego yo, es también una responsabilidad. Me refiero a que sabiendo esto, las féminas deberíamos de hacernos responsables de ejercer esa capacidad de sentir un placer supremo; de explorar el autoerotismo para saber de qué se trata esta prerrogativa evolutiva pues, más allá del objetivo reproductivo de las relaciones sexuales, también podemos disfrutar de la dicha que nos da esta capacidad; de demostrarle a nuestras parejas —sean del sexo que sean— la manera en que podemos llegar al clímax; de gozar con la maternidad, pero también con la ausencia de hijos. ¡Imagínense que de entre millones de especies somos casi las únicas que podemos sentir la muerte chiquita!

En la víspera del Día Internacional de la Mujer, queridas lectoras, las felicito, me uno a las campañas universales a favor de los derechos de las féminas y les ofrezco esta información para que reflexionen sobre las capacidades que tenemos, incluyendo la orgásmica. Sean felices, queridas mías.

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Verónica Maza Bustamante