Miguel Ángel VargasMarca PersonalNació en la Ciudad de México en 1981. Creció en Tijuana y vivió por casi una década en Monterrey, Nuevo León, a donde se mudó para estudiar Economía en el Tecnológico de Monterrey. Ingresó a MILENIO Diario de Monterrey en 2006 como reportero de la sección de Negocios y desde 2007 es editorialista y bloguero en el mismo periódico.
En su época universitaria fundó y dirigió la revista estudiantil MientrasTanto. Ha trabajado también como consultor económico-fiscal y como profesor de bachillerato, impartiendo clases de Economía e Historia.
Aunque se formó académicamente como economista, con el tiempo sus intereses han ido migrando hacia lo político. Por esto, ha tomado cursos de comportamiento electoral, marketing y comunicación política en diversas instituciones universitarias. En 2007 fue premiado por la Comisión Estatal Electoral de Nuevo León en su Séptimo Certamen de Ensayo Político.Es aficionado a la fotografía, el futbol, los cuentos de Rafael Pérez Gay, las canciones de Andrés Calamaro y series de televisión como Mad Men, The Sopranos y House.
Austeridad calderonista contra la crisis
En nuestro querido México –y en muchas partes del mundo– desconfiar de lo que dicen los políticos es, más que lógico, casi una reacción natural. Por mucho que, ávidos de esperanza queramos creer que la cabeza de nuestro gobierno es el más hábil jinete para sobrevivir esta tormenta y que queramos confiar en que, como el mismo Calderón dijo en Davos, “el hombre tiene la capacidad de superar cualquier reto”, y que su gobierno “está enfrentando todos estos retos con una total determinación”; continuamente surge información que nos hace pensar que, de arriba a abajo, este gobierno va mal.
Y no nos referimos a la ya tan cuestionada lucha antinarco y su incontenible escalada de violencia, porque a quienes nada tienen, no les da miedo ni el robo, ni el secuestro, ni la bala perdida. Les atemoriza más el plato vacío. Entonces, aquí hablaremos de dinero, ese que hoy tanto escasea. En una crisis económica, antes que cualquier política anticíclica lo que un buen gobierno debe hacer es cuidar los recursos públicos con los que cuenta. Acorde a esto, Felipe Calderón aseguró –también en Davos– que uno de los grandes logros de su administración es que se está “mejorando la calidad del gasto público”. Eficiencia que no pasa muchas pruebas, pues apenas husmeando en la red, el autor de este espacio se topó con unas linduras que otros ciudadanos, haciendo uso de la Ley de Transparencia, habían encontrado sobre la manera en que el gobierno federal cuida las arcas públicas en estos tiempos de crisis. Entre los gastos referidos –los cuales se verificaron en la página web portaltransparencia.gob.mx y están disponibles para cualquier cibernauta curioso en el apartado de “Contrataciones”– sobresale, por ejemplo, uno de 74 mil 520 pesos que, en 2007, la Presidencia de la República pagó a la empresa Grupo Gastrointernacionale, S.A. de C.V. por concepto de “adquisición de paquetes de comida para convivencia infantil”. En diversos foros de discusión se dijo que estos fondos cubrieron los gastos de una fiesta de cumpleaños de uno de los hijos del Primer Mandatario, sin embargo, no es posible confirmar esto, pues públicamente ni siquiera se saben las fechas de nacimiento de los niños Calderón Zavala, ni se conocen más detalles de dicho contrato. Aún así, Calderón debería explicar qué fiesta infantil pagó la Presidencia y por qué lo hizo.
Pero las sorpresas no terminan ahí. Estos foros también encontraron gastos increíbles como los 210 mil pesos que la SHCP pagó en 2008 a Gourmetrica S. de R.L. de C.V. por un taller para la “integración de equipos de trabajo Chef por un día”; los 150 mil pesos que, en 2007, Bancomext pagó a Eventos, Promociones y Convenciones, S.A. de C.V. por trabajos realizados “para fiesta de Halloween”; o hasta los 19 mil 716 pesos que pagó Pemex a Distribuidora DESC S.A. de C.V. por un “maniquí de plástico cabeza para práctica de belleza con cabello natural largo o corto”. ¿Alguien podrá explicar qué hace Pemex comprando un maniquí? Y, además, ¿qué maniquí vale casi 20 mil pesos?
Estos gastos no constituyen un delito en sí; tan solo son pequeños detalles que levantan grandes dudas sobre la (auto)promocionada austeridad y eficiencia de este gobierno en el ejercicio del gasto público. Con tales cualidades de pulcros administradores, no cabe duda que estos jinetes son los mejores que podríamos encontrar, pero para agravar la tormenta.
miguel.vargasv@milenio.com










