La frivolidad de las élites
Domingo, 15 Febrero, 2009Un sector de las élites mexicanas —conflagradas a lo largo del tiempo— fruto de un histórico mestizaje racial y político, que logró generar momentos grotescos como la coronación de un emperador, Agustín I —a quien no pocos miembros del PAN rinden pleitesía, aun hoy en día— o provocar el advenimiento de un monarca extranjero, y hasta elevar a categoría de semidios al dictador Porfirio Díaz, no han tenido el socaire cultural de las élites europeas.
Tampoco se dieron a la tarea de cultivar los hábitos democráticos; las buenas maneras de la burguesía fueron heredadas por los liberales de la reforma; pero unos y otros, —liberales y conservadores— se fueron transformando merced a una mixtura de intereses políticos y económicos, primero al final del siglo XIX y luego a lo largo del XX, lo cual les permitió, en medio de conflictos y reyertas, consolidarse como élites, y por momentos compartir el poder, incluso, entre miembros del que aquí sería el antiguo régimen y los que se hicieron cargo de derrumbarlo.
Hoy, esas élites heteróclitas gobiernan juntas y separadas y protagonizan la vida pública. Son todo lo que han sido y con su pasado a cuestas: hijos y nietos de tenderos, de aboneros de La Merced y Peralvillo, de panaderos de la capital y de la provincia, de expatriados, de emigrantes aventureros del continente europeo y de Sudamérica, de rancheros, caciques, militares y políticos que se hicieron o no a la “bola”, de comerciantes e industriales, o sea, de toda esta burguesía rural y urbana que se subió al carro de la Revolución, y luego se dio a la tarea de la modernización del país y cuya obra es esta que aquí y que hoy llamamos México.
Pero esta es la mirada nacional que da vida a héroes y villanos, a los hacedores del México actual, con sus zonas de pobreza y de riqueza, a los Méxicos que somos como nación multirracial y multicultural. Pero en la visión microscópica, el asunto es más pueril. Aquí, de esas élites, algunos de sus miembros son más exitosos que otros; van de un partido a otro; dan de sí todo lo que pueden y aunan lo que les dio su condición de pertenencia. Educación, linaje y ética no necesariamente van juntos. Pero igual que todos los mortales, no son capaces de eludir los pecados de la carne y del materialismo; exhiben sus debilidades como la de una relación contrariada, que abre las puertas al uso de la información privada con fines mercantiles y perversos. No alego ya razones legales y morales porque la zona está vedada por los política y mediáticamente correctos, a quienes les agrada nadar en esos pantanos.
Simplemente digamos que Luis Téllez, el secretario de Comunicaciones, presta sus dones a tal evento. Dijo lo que pensaba en un aquelarre doméstico. De esos que hay miles cada noche en Polanco o Las Lomas de la capital. Donde las élites se devoran a sí mismas. Y él, Téllez, hacía llover sobre mojado. Salinas y la partida secreta. Una novedad. Casi como Dick Morris hablando con Clinton por teléfono desde un hotel para que lo oyera la prostituta de la ocasión.
Y ahí queda, como el arrogante derrotado por su propia hybris; y miente, empequeñecido y atemorizado por haber sido traído al mundo de la realidad.
No es lo mismo el empresario Lorenzo Servitje. En él se expresa el desprecio clasista. Él habla de los bueyes con los que hay que arar. Es la metáfora de más que un recluta de los legionarios. Y enjuicia a aquellos con los que aró, entre otros, los ex presidentes de México. Menos mal que es la voz de un cristiano empresario agradecido que pide apoyar “al pobre señor Presidente”.
Pero de nuestras élites, Carlos Slim es punto y aparte. Más aún cuando se revela su posible relación con la reina Noor de Jordania, una auténtica aristócrata, formada como arquitecta en una universidad Ivy League de Estados Unidos; culta de nacimiento, de la que sobra decir fina de modales y cuyos pies sólo han tocado los espacios exclusivos de la realeza del mundo. Cómo no ha de ser él, él es el personaje que mejor representa el nuevo sueño mexicano de escalar el éxito económico hasta lo más alto. Y tales placeres.
Adversario de los nacionalifóbicos, Slim repitió palabras y advertencias que siempre ha dicho y dio lugar a una nueva conflagración con el gobierno. Éste puso a replicar al más diazordacista de los panistas, Javier Lozano Alarcón, apellidos estos últimos que se presume le permiten decir en un programa de radio que “algo se le quedó del pasado” (los que lo oímos suponemos de su pasado priista), y motejar a Slim como “agorero del desastre”. Como Téllez, mintió cínicamente que lo hacía de forma espontánea y no por órdenes de Calderón, para de esa manera ratificar la pendencia, la frivolidad y la obsolescencia de nuestras élites.














