Miguel Ángel VargasMarca PersonalNació en la Ciudad de México en 1981. Creció en Tijuana y vivió por casi una década en Monterrey, Nuevo León, a donde se mudó para estudiar Economía en el Tecnológico de Monterrey. Ingresó a MILENIO Diario de Monterrey en 2006 como reportero de la sección de Negocios y desde 2007 es editorialista y bloguero en el mismo periódico.
En su época universitaria fundó y dirigió la revista estudiantil MientrasTanto. Ha trabajado también como consultor económico-fiscal y como profesor de bachillerato, impartiendo clases de Economía e Historia.
Aunque se formó académicamente como economista, con el tiempo sus intereses han ido migrando hacia lo político. Por esto, ha tomado cursos de comportamiento electoral, marketing y comunicación política en diversas instituciones universitarias. En 2007 fue premiado por la Comisión Estatal Electoral de Nuevo León en su Séptimo Certamen de Ensayo Político.Es aficionado a la fotografía, el futbol, los cuentos de Rafael Pérez Gay, las canciones de Andrés Calamaro y series de televisión como Mad Men, The Sopranos y House.
El despido de Javier Aguirre
Tratando de ver el futbol con una perspectiva empresarial, ¿tienen lógica, en pleno torneo, despedir a un entrenador como sucedió la semana pasada con Javier Aguirre en el Atlético de Madrid? Aunque muchos crean que el mercado laboral del futbol se comporta como el de cualquier otro sector económico, que en un equipo la relación entre empleados y empleadores se da como en cualquier otra empresa, esto no es así, el futbol tiene sus peculiaridades.
En todas las empresas son unos quienes dan las órdenes y otros quienes las obedecen. En un equipo de futbol la cadena de mando funciona así: el presidente le rinde cuentas a los accionistas o socios del club; el director técnico (DT) le responde al presidente; y, en teoría, los jugadores le responden al entrenador. Entre socios, presidente y DT, es difícil que se tengan objetivos contrapuestos; los incentivos de uno suelen estar alineados con los incentivos del otro. El presidente y los socios quieren que el club crezca, que gane más dinero y prestigio, lo que, a su vez, se consigue obteniendo mejores resultados deportivos. De igual manera, el DT quiere que su trabajo sea mejor valorado en el mercado futbolístico, y esto también requiere de buenos resultados en la cancha. Por esto, los tres jalan para el mismo lado. Sin embargo, como en cualquier compañía, cuando las cosas no funcionan bien y los buenos resultados no llegan, el jefe puede mandar a la calle a su subordinado: ya sean los socios al presidente o éste al entrenador.
En el caso de Aguirre, parecía que los objetivos marcados por la presidencia del club los había ido cumpliendo puntualmente: en su primer año al frente del equipo lo metió en la Copa UEFA y, en el segundo, lo llevó a la Champions League. Las cosas iban aparentemente bien, hasta que en el inicio de este 2009 se juntaron cinco semanas de malos resultados. Y, como ya se sabe, al técnico mexicano lo enviaron a la calle. Si no se hubiera tratado de un equipo de futbol sino de una empresa de otro tipo, ¿un gerente o directivo en una situación similar hubiera corrido la misma suerte? Yo creo que no. No me imagino que, ante un año de crisis, el presidente de una empresa decidiera correr a su gerente estrella; o no me imagino, por ejemplo, a los accionistas de Cemex buscando reemplazar a Lorenzo Zambrano en uno de los años más difíciles en la historia de la compañía. En las empresas se suele conservar la cabeza fría y valorar el trabajo que merece ser valorado. Pero en el futbol las cosas no siempre son así.
Y no sólo es que basten unos cuantos malos resultados para que a un entrenador lo manden a la calle. Resulta todavía más injusto lo que sucede entre el entrenador y los jugadores. Si, por la razón que sea, los futbolistas se pelan con el entrenador y deciden ya no esforzarse, ya no contribuir al equipo, el entrenador puede optar por no meterlos a la cancha, pero no puede decidir en cualquier momento correrlos y remplazarlos por otros. Estas decisiones son tomadas al final (o a la mitad) de la temporada por el presidente del club y no sólo por motivos deportivos, sino también económicos.
Imagínese usted qué futuro le depara a una empresa en la que el jefe no puede despedir a los empleados que no hacen el trabajo para el que se les paga; y, peor tantito, una en la que los empleados saben que si dejan de hacer bien su trabajo, el que se va a la calle será el patrón. ¡Vaya broma!
miguel.vargasv@milenio.com










