Obamanía, lejos del universo migrante

Nueva York.- Los fotógrafos son raros. Y quizá los fotógrafos famosos a escala mundial, lo son aún más. Spencer Tunick se retrata junto a un cuadro de la Virgen de Guadalupe antes de subirse al avión de Continental Airlines que sale de la Terminal 2 del aeropuerto de la ciudad de México con destino a Newark, una de las ciudades más pobres de Estados Unidos, donde está justo uno de los tres puertos aéreos de Nueva York.

Ese día Barack Obama toma protesta como nuevo presidente de Estados Unidos. La aeronave va llena de mexicanos atiborrados de ropa encima de sus cuerpos, preparados para el frío invernal del norte. Por ejemplo, el matrimonio Farías, que viaja de Iztapalapa a Nueva York para encontrarse con su hija, lleva puesta una combinación de ropa que incluye una playera, dos sudaderas y una chamarra, cada quien. Al hombre, Antonio, quien puso un taller de serigrafía en México con el dinero que juntó trabajando toda una vida en Estados Unidos, poco le emociona el tema de Obama.

En cambio, al fotógrafo al que Jorge Serrano Limón condenó por “traer al demonio a México”, cuando organizó el desnudo masivo de 20 mil personas en el Zócalo de la ciudad, y quien seguramente se siente algo incómodo, ante tanta ropa encima que cargamos sus acompañantes del vuelo, dice con una ligera sonrisa dibujada en los labios: “Vamos a despegar con Bush y vamos a aterrizar con Obama”.

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Juan Carlos cruzó el desierto del Sásabe cuando tenía ocho años, junto a sus padres.

“Nada más fueron dos noches y ya”, cuenta antes de morder un trozo de pollo con mole que come en la barra del restaurante mexicano La Esquina, en el cruce de Cleveland Kenmare, en la zona de Lower East Side. En aquel entonces, los años ochenta, la proeza de cruzar como ilegal a Estados Unidos, era sólo eso: una proeza. No como ahora, dice Juan Carlos, que parece que es como ir a otro planeta y no a otro país. La primera vez que Juan Carlos cruzó, la excepción era que te asaltaran, violaran o secuestran tus propios guías y no al revés, como sucede hoy en día. Pollos y polleros eran derechos por lo regular. Hasta había algo de honor en el asunto, me asegura.

Hoy en Sásabe —sigue contando al mismo tiempo que despedaza una pechuga bañada en mole coloradito hecho en Manhattan— la excepción es encontrar un traficante que no te joda. Después de aquél primer cruce, durante ocho años, él y sus padres vivieron en Anaheim, California. Luego Juan Carlos fue detenido y deportado por la migra una noche, cuando regresaba de trabajar. Toda la familia regresó después, poco a poco, a Iztapalapa.

La segunda ocasión que Juan Carlos cruzó la frontera fue a los 20 años. Solo. Quién sabe cómo, dice, vino a dar a Nueva York. “Ya que cruzas, casi cualquier lugar no es malo para trabajar”, dice. “El único problema es que hace mucho frío”.

Primero vivió en una casa del Alto Manhattan, donde está el barrio del Harlem, lugar emblemático de los afroamericanos, pero que desde hace algunos años se ha transformado en un barrio en buena parte latino, además de bohemio, luego de que se mudaran personajes de la cultura estadunidense como el ex presidente estadunidense Bill Clinton, quien se la pasa entre la oficina que tiene ahí y en su casa en Arkansas.

Sin embargo, en algunas calles del Harlem aún existen grupos de pandilleros que con pretextos raciales atacan a personas. Para un latino, y sobre todo uno despistado y recién llegado, el solo acto de caminar por la calle equivocada del Harlem puede representar un ofensa para estos shineheads. Juan Carlos tuvo buena suerte: Nunca fue golpeado ahí.

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Caminar por el barrio de Queens es como caminar por Tláhuac, o por algún barrio suburbano de Bogotá o de Quito. Pegotes anunciando la pelea de campeonato welter “Margarito vs. Mosley” están por todos lados. También anuncios de un baile el próximo 5 de febrero, el cual será amenizado por K Paz de la Sierra, que parece que se mantuvo unido como grupo musical pese al trágico asesinato de su antiguo vocalista.

En la portada de El Diario, uno de los dos periódicos hispanos más importantes, aparece la fotografía de un hombre que parece que nunca podrá a volver a abrir su párpado izquierdo. Es un joven colombiano que fue golpeado por una banda de afroamericanos. El latino, golpeado al mismo tiempo que Obama asumía la presidencia de Estados Unidos, se llama Walter Sánchez y caminaba por la calle Watchong cuando fue abordado por cuatro jóvenes de raza negra, según confirmaron testigos. Sin aparente razón comenzaron a decirle hispano y otras cosas en inglés, para luego iniciar la golpiza, considerada por las autoridades como un “crimen de odio”, un término extraño que por aquí suele ser común. Según un informe del FBI de octubre de 2008, hubo 595 incidentes de “crímenes de odio” antihispanos en 2007. Sin embargo, una buena parte no se conocen ya que muchas de las víctimas son indocumentados y no pueden denunciar.

En diciembre pasado hubo unas movilizaciones en Nueva York que pasaron desapercibidas en México. Organizaciones de Queens hicieron marchas exigiendo justicia contra los ataques comentidos contra hispanos: sobre todo contra mexicanos, colombianos y ecuatorianos, así como también pidiendo el castigo para los policías de la ciudad involucrados en las violaciones sexuales de mexicanos y ecuatorianos.

A diferencia de otros lugares de Nueva York como Brooklin, Manhattan, Grenwich Village, o el Soho, aquí en Queens hay pocas fotos de Obama, o gente haciendo pequeños actos en su honor. La obamanía poco se nota entre los hispanos. La nota principal del diario latino, de hecho, cuestiona al Partido Demócrata que postuló a Obama, por el nombramiento de la mujer que sustituirá a Hillary Clinton en el Senado.

El titular es: ENEMIGA DE LOS MIGRANTES, y habla sobre Kirsten Gillibrand, quien fue elegida por el gobernador David Paterson. No es una buena noticia para los migrantes hispanos. Un grupo no gubernamental llamado la Coalición de Inmigrantes de la Gran Manzana emitió ayer mismo un comunicado diciendo que Gillibrand deberá reconsiderar sus posturas migratorias sobre todo ahora que servirá como senadora de un estado donde uno de cada cinco residentes son migrantes. En su portal oficial, la hasta ayer congresista expresaba lo siguiente sobre el tema: “Me opongo firmemente a proveer la amnistía a los indocumentados. En mi primer año en el Congreso presenté una legislación en el piso de la Cámara Baja para prohibir que los empleadores que contratan a sabiendas inmigrantes sin papeles, reciban contratos federales”.

El tema de la migración, obviamente es el más importante en el barrio mexicano de Queens. Pero a la par, por estos días de crisis, está el de la economía, sobre todo luego de que la realidad es bastante negativa y los escenarios a futuro, peores. Según el gobierno local, la tasa de desempleo en Nueva York subió 7.1 por ciento, durante el mes de diciembre; mientras que los periódicos financieros pronostican que habrá 48 mil despidos en las empresas de Wall Street, y la misma cantidad entre los trabajadores manufactureros.

En una librería de la bulliciosa avenida Roosvelt, del barrio de Queens, se quejan de la crisis actual. “La gente tiene que comer, pero la gente no tiene por qué leer”, concluye tajantemente, con acento caribeño, una de las dependientas del lugar. “Vamos a tener que cambiar la librería para vender tacos mexicanos. Y apenas así vamos a sobrevivir”.

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En la taquería La Esquina, Juan Carlos sigue contando que ahora vive en Staten Island, una isla enfrente de Manhattan que está recibiendo a los nuevos migrantes de Nueva York. Los poblanos son el grupo más numeroso de mexicanos que hay en esta ciudad; sin embargo, organizaciones no gubernamentales reportan que un nuevo grupo de migrantes que va en aumento es el de los nacidos en Guerrero, en especial de la montaña de ese estado.

Según Juan Carlos, además de la la lacerante pobreza de los poblados donde viven, otro factor es el de la violencia del crimen organizado que se ha desatado en la montaña, una región donde también se siembra amapola.

Staten Island es también el lugar más pobre de toda Nueva York. La travesía para llegar a ahí, depende de mucha paciencia, algo de esfuerzo y tres medios de transporte. Juan Carlos, quien trabaja como cocinero en un restaurante del barrio italiano de Manhattan, tiene que tomar el metro, luego subirse a un ferry que pasa cerca de una Estatua de la Libertad que casi nunca voltean a mirar ya los fastidiados tripulantes de esa embarcación, y luego, al bajar del pequeño barco, toma un tren para llegar hasta la zona de su casa.

De hecho, quizá no sean tres, sino cuatro los medios de transporte utilizados. Si se toma en cuenta que la temperatura promedio de estos días es de 10 grados bajo cero, se aceptara como justo llamarle proeza a esta neoyorquina odisea cotidiana que hace el joven cocinero mexicano y que le consume 150 minutos del día, primero de ida y luego otros 150 minutos de vuelta. El tiempo que pasaría una pareja en una noche romántica viendo seguidas, dos de las muchas obras de teatro que se ofrecen sobre la calle de Broadway.

A diferencia de sus años en Harlem, Juan Carlos sí ha sido golpeado en dos ocasiones por pandillas de afroamericanos en Staten Island

¿Te querían robar?

No

¿Entonces?

Nomás... me pegaron por ser mexicano.

¿Pero eso qué?

A los morenos no les gustamos los mexicanos. A veces son peores que los güeros. Yo no tengo ningún amigo moreno.

Detrás de la barra donde come Juan Carlos, hay una pared con camisetas de Obama inspiradas en el diseño de los logos del Mundial de futbol de México 86. El restaurante de comida mexicana La Esquina es totalmente Obama.

¿Qué piensas de Obama?

La verdad ni sé. Pero aquí todos dicen que es bueno... Pos es bueno entonces.

¿Ha hecho cosas a favor de los latinos?

Que yo sepa no. Pero parece que dijo que la migración no era su prioridad. Y los que quieren ser líderes acá, dicen que eso es lo bueno. Ya ni se sabe.

¿Tú votaste por él?

Yo ni tengo papeles. ¿No te dije que me deportaron? Como volví a entrar mal, ya no puedo pedir los papeles. Si voy y los pido, al ratito me mandan para México, luego luego.

¿Entonces ya no vas a México?

Ya no puedo ir. Y como está la cruzada... Todos dicen que ahora está muy feo el paso. Mucho narco y esos son bien culeros.

Juan Carlos saca de la bolsa de su pantalón un iPhone. Todo mundo tiene uno aquí.

Bonito teléfono —le digo.

“Es lo bueno de acá. Que puedes tener uno así. Allá, ¿cómo? Y si llegas a tener uno, te dan baje. Yo viví por el reclusorio de mujeres, en Iztapalapa. Como nadie tiene cosas casi, si tú traes unos tenis chidos, alguien te los baja. Aquí todos tienen de estos.