Las manchas de la Policía de Ocotlán
Miércoles, 7 Enero, 2009En Ocotlán tan malo es el Pinto como el colorado. La realidad es que al jefe policiaco ribereño, Filiberto Ortiz Amador ya le quedó corto el apodo. A partir del 1 de enero de 2009, a Ortiz Amador se lo conocerá mejor como el Dálmata, esos que son perros y manchados.
El asesinato del joven Fernando López Alejandre, de 20 años, perpetrado en la madrugada del primer día de 2009 por el policía Rosendo Maldonado López, quien iba a bordo de la unidad 02 del Grupo Táctico de ese municipio, corona una serie de eventos equívocos protagonizados por los policías ocotlenses desde hace dos años.
Después de este hecho la permanencia del panista Absalón García Ochoa al frente de la presidencia municipal, férreo defensor oficioso del jefe policiaco, tendría que ser evaluada por los órganos jurisdiccionales, en este caso el Congreso del Estado.
Y es que en Ocotlán, tanto el Pinto como su jefe han malentendido lo que significa dar seguridad pública a los ciudadanos. La corporación no ha registrado ningún golpe serio, por ejemplo, al crimen organizado a pesar de colindar con el estado de Michoacán, uno de los principales asentamientos de los Zetas. Las cosas han “funcionado” por el temor con el que viven los ocotlenses y sus vecinos de Jamay y La Barca hacia los policías.
No son las técnicas de prevención del delito lo que ha provocado la tan cantada “paz social” que vive la ribera, sino el enorme espíritu agresivo infundido por Ortiz Amador entre sus elementos, quienes lo han dejado sentir hacia el ciudadano en más de una ocasión.
Eso fue, en buena medida, lo que ocasionó la muerte del joven músico López Alejandre. Esta clase de emoción que se traduce en una enorme carga de agresión que ciertos mandos policiacos —y a veces militares— saben imprimirle a sus subordinados que permanentemente tienen la adrenalina por encima de los niveles aceptables.
La escena de la muerte del joven de Jamay se da en el marco de estos insanos síntomas con que suelen trabajar algunos a policías, a quienes sus superiores los hacen sentir no como servidores público, sino semidioses, poseedores de la vida y la muerte de los ciudadanos a quienes consideran “simples mortales” y que están muy por abajo de ellos. Ésta es la clase de pensamientos que los pintos y dálmatas del mundo marcan entre sus elementos.
En este contexto, no es difícil imaginar la situación de los policías ese 1 de enero de 2009 en que mataron al joven López Alejandre, quien iba acompañado de su amigo David Briseño.
Ambos muchachos transitaban hacia la salida a La Barca, a la altura del entronque con el camino a San Martín de Zula, cuando observaron un cúmulo de patrullas que según la versión de Ortiz Amador buscaban a una camioneta Cherokee arena desde la que se escucharon detonaciones. De acuerdo con la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE) el vehículo en cuestión tendría que haber sido un Mustang negro.
De pronto una camioneta Trailblazer pasó a un lado de las patrullas y entonces los tripulantes de la GT-02, gracias a su “fino olfato” policiaco, comenzaron a perseguir a la camioneta de los jóvenes. Se escuchó un disparo, el vehículo de los muchachos salió de la cinta asfáltica. Uno de ellos, David, pidió auxilio y lo único que recibió fueron golpes. Adentro, del vehículo estaba Fernando. Éste, desconcertado, observó lo que sería la última escena de su vida: un disparo en la espalda le deshizo los pulmones y las vísceras. Falleció minutos después.
En su declaración ante el Ministerio Público, el policía homicida, Rosendo Maldonado López, sostuvo que su arma se accionó accidentalmente. Es la justificante más trillada en el medio policiaco para quien está en una situación de este tipo. Es lo primero que los jefes le recomiendan a sus subordinados cuando se ven frente a una eventualidad como ésta. Es la mentira más conocida.
De acuerdo con el relato de Rosendo, éste se encontraba en la parte trasera de la patrulla cuando su AR15SP1 “se disparó”. En el supuesto de que esto fuera cierto, entonces el policía iba parado en la caja del vehículo, sujetado del capacete, con el rifle encañonado hacia adelante y con el dedo en el gatillo. Esta posición es errónea.
Pero lo grave para el policía agresor, para Ortiz Amador y para el presidente municipal ocotlense, el panista Absalón García Ochoa, es que las evidencias indican que los uniformados en la carrera junto a la Trailblazer hostigaron a los muchachos, los amedrentaron en varias ocasiones y hasta que les dispararon.
La situación física de la entrada del disparo por atrás de la camioneta del joven López Alejandre y la posterior proyección de la bala en su espalda de eso hablan, de un disparo, apuntado, ajustado y directo. En síntesis, es un homicidio. Parece que no va a haber más. Esta vez se mancharon los muchachos del dálmata.










