El Día que la tierra se detuvo

Domingo, 21 Diciembre, 2008

Qué nos podíamos esperamos del remake de una película que se convirtió en un clásico de la ciencia ficción y que nos impresionó cuando la vimos por primera vez? Recuerdo que la proyectamos en el cineclub Cine y Crítica como parte de un seminario sobre Cine Fantástico que impartió nuestro amigo francés Laurent Aubague. Laurent analizó los elementos fantásticos y sociales del filme The day the earth stood still, de Robert Wise de 1951 y lo interpretó como reacción pacifista a la segunda guerra mundial y alegoría religiosa. También recuerdo que del filme que proyectamos en 16 mm, más que el alienígena y su robot me impresionaron las imágenes de la llegada de la nave al centro de la ciudad de Washington y las figuras de cientos de personas mirando hacia el cielo. Pensé en la adaptación radiofónica de La guerra de los mundos de Orson Welles con el aterrizaje de extraterrestres y el pánico que despertó en los habitantes de Estados Unidos en 1938. ¿Realizar en el año 2008 un remake de un filme marcado por Segunda Guerra mundial? Me parecía un tanto absurdo y despertó mi curiosidad de cómo se podía adaptar a un mundo globalizado dónde la guerra declarada es hacia el terrorismo y, en el caso de México, hacia el narco aunque la guerra no declarada se mueve por la lógica del comercio, el poder y el dominio del dinero.

Las primeras imágenes de la nueva versión nos llevan a las altas montañas de la India en el año 1929. En plena tormenta de nieve un solitario alpinista escala un pico y se encuentra con una esfera transparente. Cuando la toca con su mano, una luz blanca invade la imagen y todo desaparece. Una larga elipsis nos lleva al tiempo actual. La historia de El día que la tierra se detuvo realizada por Scott Derrickson ya no sucede en Washington sino en Nueva York, ciudad que demostró su fragilidad y carga simbólica en el ataque terrorista a las torres gemelas en 2001. El primer ataque en el filme no viene, sin embargo, desde afuera sino desde adentro: Son las “fuerzas del orden” que irrumpen en la cotidianidad de una científica y su pequeño hijo adoptivo. La mujer es secuestrada y reunida con un grupo de científicos que deberá apoyar al gobierno y su fuerza militar en enfrentar el peligro de un objeto extra galáctico que se acerca al planeta y chocará con la tierra en el este de Estados Unidos. Sin embargo, al acercarse el objeto frena y aterriza en el Central Park de Nueva York donde, al igual que en la versión original, un soldado asustado dispara sobre el extra terrestre que se acerca de manera pacífica.

Para el espectador que conoce la película de Robert Wise, detrás de la historia del remake de 2008 se asoman uno por uno los elementos narrativos que recuerda del clásico: El alienígena que observa al humano porque quiere entender cómo vive y por qué es tan violento y destructivo que necesita ser salvado de sí mismo. Por cierto, Keanu Reeves interpreta al salvador Klaatu con la misma sofisticación distanciada con la que interpretó al personaje de Matrix. También el diseño del robot con su hendidura en la cara es parecido, aunque el modelo 2008 es más grande, más potente y amenazante y domina las armas del Apocalipsis.

Lo que propone el remake con una historia que adapta el guión del original basado en un cuento de Harry Bates de manera bastante fiel, es un cambio drástico en el mensaje del filme: La causa por la que el humano tiene que ser destruido es su falta de respeto hacia la naturaleza. Es el desastre ambiental y el calentamiento del planeta provocados por el humano, los que lo convierten en un peligro para la galaxia. La humanidad está en camino de destruir el planeta y para salvarlo hay que destruir al humano. Pero no todo está perdido y, aunque Greenpeace no estaría de acuerdo, el filme sugiere que bajo presión los humanos podemos cambiar.

Al salir del cine nos preguntamos si esta nueva versión de El día que la tierra se detuvo era necesaria y cumplió con su cometido. No sé si era necesaria y tampoco creo que sirva para crear conciencia ecológica. Sin embargo, el filme cumplió con lo que podemos esperar de un remake y la transposición de una reflexión sobre la Segunda Guerra Mundial al siglo veintiuno. Lástima que los realizadores - guionista, director y productores - no aprovecharon la ocasión para profundizar en los peligros de la globalización como la creciente desigualdad, la destrucción y el empobrecimiento de vastas regiones del mundo. Pero quizá no sea la ciencia ficción la que pueda respuesta a nuestras preocupaciones.

ameier@milenio.com