El PRI, historia conocida

Domingo, 30 Noviembre, 2008

El regreso triunfal del PRI es la medida de la descomposición política que vive el país. El PRI no gana por virtud; los comicios no se han desarrollado con equidad y sin intervención gubernamental. Pero eso no explica todo; el PRI tiene éxito por el fracaso político de sus contendientes. El PRI triunfa porque para muchos es lo menos malo de lo que hay. El PRI no ha cambiado, ni siquiera se ha dado tiempo para analizar las causas que lo llevaron a un tercer lugar en los comicios presidenciales pasados. El senador del PRI Manlio Fabio Beltrones, ex coordinador de la campaña presidencial, llega a rápidas e interesadas conclusiones: la falta de unidad.

Efectivamente, la falta de unidad llevó al PRI al fracaso. No es cierto, como dice Madrazo, que los gobernadores priistas le traicionaron. Para ese entonces era claro, salvo alguna casa encuestadora a su servicio, que ya no era opción. Desde mucho antes de la elección, la disputa se dirimía entre Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador. Lo que sucedió en los estados no tiene que ver con los gobernadores, tampoco con la profesora Gordillo y su gremio: en el norte muchos priistas votaron por Calderón, en el sur por AMLO. Cualquier análisis aritmético del voto diferenciado lo muestra. Los sufragios no tienen dueño, los partidos sí y en la contienda son sus candidatos presidenciales.

Del PRI se adueñó Madrazo y su grupo. Todo empezó cuando se modificaron los estatutos en Veracruz en una asamblea dominada por porros, en la que el grupo madracista impuso que quien llegara a la dirección nacional del PRI, previsiblemente Madrazo, estuviera a cargo del partido cuando se procesara la candidatura presidencial. Como siempre, Madrazo ganó por la vía de la trampa, así arrebató la dirección nacional a Beatriz Paredes. Los votos falsificados de Tabasco y Oaxaca, operados por el ahora gobernador Ulises Ruiz, hicieron la diferencia. Con Beatriz perdieron los gobernadores con anhelos sucesorios, quienes pretendían que la dirección nacional fuera árbitro, no parte. La derrota de Beatriz fue el origen del Tucom.

Hace seis años, ya como el priista más encumbrado, Madrazo decía a sus competidores algo no muy distinto de lo que ahora afirma el senador Beltrones. Que respetaría a la opción ganadora, que de antemano sabía que Enrique Jackson, Enrique Martínez, Miguel Alemán, Arturo Montiel u otro gobernador podría regresar al PRI al poder, pero lo importante era mantener la unidad. Fue un engaño, cayeron en la seducción y a base de falsas esperanzas, como ni-

ños de pecho, les inmovilizó. Las listas de candidatos plurinominales los volvió a la realidad y el PRI se partió entre madracistas y el Tucom.

La historia se repite. No sólo porque Beatriz debe buscar la coordinación de la Cámara de Diputados, particularmente ahora que el PRI se encamina a la mayoría absoluta y requiere una presencia legislativa institucional y no la del chantaje, propia de los capos que ahora dominan al Congreso. No se sabe quién habrá de quedar en el PRI, aunque Jesús Murillo reemplazara a Beatriz. En el PRI no existen condiciones para la democracia interna. La derrota de Labastida y su señalamiento de que fue por el proceso interno, ha frenado cualquier intento de democratización. Hoy el PRI es más autoritario que nunca.

Hasta hoy, dentro y fuera del PRI hay una preferencia clara a favor de Peña Nieto. Beatriz es la segunda opción; podrían sumarse Bours, Fidel Herrera o resurgir Enrique Jackson. Manlio es como Madrazo, un candidato imposible; su astucia, la corrupción de los perredistas, los miedos de los panistas y la confusión de Calderón, le permiten ser, por ahora, un poderoso factor dentro y fuera del PRI, pero las elecciones se resuelven en las urnas, aunque las candidaturas en las cúpulas. Por eso ahora se convoca a la unidad y se pretende comprometer a todos a respetar de antemano una eventual imposición.

Así, la historia volvería a repetirse. La elección presidencial es de candidatos no de partidos. Un mal candidato puede llevar al tercer lugar al mejor partido; un buen candidato puede meter en la contienda a partidos inexisten-

tes como sucedió en 1988 y 2006. No es cierto aquello que se desliza en las especulaciones sucesorias de los tricolores: con cualquier candidato el PRI regresará al poder, siempre y cuando exista unidad. Los dados están echados, las opciones a la vista. Algunas habrán de decantarse, otras consolidarse. Las elecciones se resuelven en las urnas, las candidaturas en las cúpulas. El dilema del PRI es optar por el triunfo o perder imponiendo al peor de los suyos. Historia por conocer…

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