De viejos y nuevos narcos

Miércoles, 19 Noviembre, 2008

Vehículos del Servicio Secreto de Guadalajara enfilaron a las 18 horas rumbo a la calle Manuel Doblado. Al llegar a la finca 503, uno de los agentes tocó la puerta. Cuando le abrieron fingió que era vendedor, se introdujo rápidamente y comprobó que dentro se procesaba goma de adormidera. Detrás de él entraron decenas de policías. Pedro Álvarez, químico del narcolaboratorio, logró subir a la azotea y huir. El lugar fue asegurado. Era el miércoles 27 de diciembre de 1944.

La policía detuvo a integrantes de la banda: a José Luis Chang Ley, dueño en Guadalajara de los hoteles Washington y Vallarta, y conocido como traficante chino; Antonio Arias, portero en el servicio pullman del ferrocarril y quien transportaba la goma desde Sinaloa; Arnulfo Miramontes Casas, quien llevaba la droga a otras ciudades; María Corona Vizcaíno, ayudante y esposa de Pedro Álvarez, el prófugo, y Teodora Eufrasia Arias, quien recogía goma en Culiacán que le entregaba un tipo llamado Alejo Castro.

Las autoridades informaron que la goma original era traída de Sinaloa y Sonora, estados con enormes plantaciones de adormidera, que luego aquí se refinaba y purificaba. A partir de las primeras pistas recogidas, los agentes investigaron y vigilaron durante un año hasta dar con la banda.

(Un paréntesis: el subjefe de la policía tapatía en 1944 era Raúl Mendiolea Cerecero, que en los sesenta y setenta fue jefe policiaco de la ciudad de México. En 2004 la Fiscalía Especial lo señaló como presunto responsable de los delitos de privación ilegal de la libertad, tortura, abuso de autoridad y lo que resulte, por la matanza del 2 de octubre de 1968, y de genocidio por la del 10 de junio de 1971).

En la finca de la calle Manuel Doblado se decomisaron 326 kilogramos de de opio crudo y preparado, cuatro estufas y latas soldadas para transportar el enervante. Parte de la droga se enviaba a Estados Unidos; otra a la ciudad de México y se entregaba a Gastón Vaca Corella. Una porción pequeña se distribuía en Guadalajara al menudeo.

La prensa local no lo informó, pero Gastón Vaca Corella era ex comandante de la policía de la ciudad de México que luego fue agente antinarcóticos en 1941. Ranulfo Miramontes, casado con una hermana de Pedro Álvarez, prófugo de la policía, entregaba la droga al ex policía en la capital del país, en la estación del ferrocarril.

Meses después la policía descubrió otro narcolaboratorio para procesar opio en un rancho de Huejotitán, Jocotepec. Hallaron ahí también una fosa clandestina con un cuerpo enterrado, en plena descomposición. Se trataba de Pedro Álvarez, quien había logrado escapar de la policía, pero no de ser asesinado por Artagnan Vaca Corella, hermano del ex comandante policiaco.

Gastón y su hermano, con otras dos personas, fueron detenidos y a mediados de 1946 hallados culpables de delitos contra la salud. Los sentenciaron a cuatro años de cárcel y una multa de 200 pesos. Hasta aquí la historia, elaborada con noticias de diciembre de 1944 de El Informador y el libro Drogas sin fronteras, del investigador Luis Astorga.

Más de 60 años después poco ha cambiado en Jalisco y el país. Historias similares se repiten: narcolaboratorios decomisados uno tras otro, ex policías metidos de narcos, asesinatos, narcofosas, empresarios involucrados, adictos y más adictos. Cuento de nunca acabar.