Barack Obama, presidente

Miércoles, 5 Noviembre, 2008

Después de una “campaña épica”, como la calificó The New York Times, que costó dos mil 500 millones de dólares, los estadunidenses protagonizaron ayer una jornada electoral histórica, por la cantidad de votantes que concurrieron a las urnas y por la expectativa mundial creada por el candidato demócrata Barack Obama, quien podría convertirse en el primer presidente afroamericano en la historia de Estados Unidos. Al momento de escribir estas líneas aún no se ha confirmado su victoria, aunque tiene una ventaja irreversible sobre McCain (207 contra 89 votos electorales), además de haber ganado en Pensilvania y Florida, dos de las entidades clave en la contienda.

Obama tiene todo para ganar, además le han ayudado las circunstancias. Su campaña fue una obra maestra, como se demostró desde su victoria sobre Hillary Clinton en las primarias. La elección de la palabra cambio como lema de su campaña no pudo ser más acertado ante el fracaso y desprestigio de la administración Bush, el cual se acrecentó con la crisis financiera. La estrategia para recaudar fondos a través de la red fue innovadora y efectiva: logró recaudar más dinero que cualquier otro candidato presidencial en la historia estadunidense. Hasta el 15 de octubre había reunido 640 millones de dólares y gastado aproximadamente 550 millones (Federal Election Commission).

Su oferta de gobierno estuvo bien pensada y estructurada: “tuvo más estilo, inteligencia y disciplina que la de su oponente” —escribió The Economist. Además, sus mensajes fueron perfectamente comunicados a través de discursos dotados de un sutil equilibrio entre la emoción y la argumentación, utilizando la capacidad oratoria y la presencia escénica que hicieron de Obama un personaje político a escala internacional.

Pero Obama no es ni pretende ser un redentor, tampoco un predicador, mucho menos un fundamentalista religioso como Bush. Por el contrario, con la llegada de Obama a la presidencia de Estados Unidos, se anuncia el ocaso de dos fundamentalismos: el fundamentalismo religioso representado por lo que Kevin Phillips ha llamado la Teocracia americana (Penguin, 2006), así como el fundamentalismo del libre mercado. “En estos días en los que hasta Alan Greenspan ha admitido que se equivocó al creer que la industria financiera podría autorregularse, la retórica reganiana acerca de la magia del mercado y los males de la intervención gubernamental, suena ridículo” —comenta Paul Krugman, Premio Nobel de Economía 2008, en su columna de The New York Times (26/X/08).

La situación en la que tomará posesión como el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América tiene grandes similitudes con la que vivió Franklin D. Roosevelt cuando asumió el mismo cargo, el 4 de marzo de 1933. Su país enfrentaba la gran depresión iniciada en 1929, la cual tuvo también causas muy semejantes a las de la actual debacle financiera. En aquella ocasión, el Partido Republicano decidió postular nuevamente al presidente Herbert Hoover, quien ofreció al electorado estadunidense un “recio individualismo” para enfrentar la crisis nacional. En contraste, la propuesta de Roosevelt fue el Nuevo Trato (New Deal), con lo cual obtuvo una clara victoria, además de haberse convertido en uno de los mejores presidentes en la historia de la Unión Americana.

La analogía con lo ocurrido ayer es clara, y seguramente triunfará la esperanza del cambio, frente al conservadurismo de McCain. Lo que está por conocerse es la estrategia de Obama para enfrentar la crisis financiera. ¿Adaptará las medias del New Deal a la situación actual o adoptará la recomendación de Joseph Siglitz, Premio Nobel de Economía 2001, de convocar a una nueva cumbre de Breton Woods, para reformar el sistema financiero internacional? Mucho depende de los resultados de las elecciones en el Congreso: si logra la mayoría en la Cámara de Representantes y en el Senado, como parecen indicarlo los resultados hasta el momento, contará con el poder para convertir en realidad sus planes de gobierno.

En materia de política exterior, Obama defenderá los intereses de Estados Unidos, pero sin pisotear el derecho internacional, mediante una combinación inteligente entre el poder de la fuerza y del “poder suave” basado en los valores de la democracia estadunidense como lo sugiere Joseph S. Nye Jr. (The Paradoxes of American Power).

Acaso el mayor reto personal de Obama sea darle viabilidad a su convicción de que la ética no es incompatible con la política. Yes he can.