“Para mí son más pop Los Cadetes de Linares que McDonald’s”

Sábado, 25 Octubre, 2008


Carlos Velázquez/Escritor
Foto: Especial

Un desfile de borrachos, macuarros, mercachifles, gandallas, homosexuales, incluso músicos, performanceros, luchadores y literatos vagan por las páginas de La Biblia vaquera (Tierra Adentro, 2008), el libro más reciente del autor coahuilense Carlos Velázquez. Haciendo gala de su habilidad narrativa, le roba a la crónica su capacidad para describir lugares, acontecimientos o personajes, reales o inventados. Al cuento le arrebata la posibilidad de crear atmósferas enrarecidas por el alcohol, la música grupera, los corridos y hasta el habla popular. A la poesía la despoja de algunas dosis de crudeza, ciertos calicantos de ternura, rasgueos solitarios, aunque casi siempre prevalece un lenguaje áspero, desmañanado y cruel.

A la inventiva de este joven autor aterrizan personajes como Blue Demon, El Viejo Paulino, la Tonina Jackson, el Hijo del Santo, Juan Salazar y una legión de amantes del blues, el rock, los corridos, la música grupera, las cumbias y el deporte de los costalazos. Todo puede ocurrir en escenarios como San Pedrisco, Monterreycillo, San Pedro Saky, Gómez Pancracio, San Pedrosvelt, San Pedrosburgo, Estación Marte, Capital Federal, San Pedro de la Purificación Bahía y San Pedroslavia, Moncloyork. Al respecto el autor platica con MILENIO Diario.

¿En qué te basas para escribir tus textos?
Soy una persona obsesivo-compulsiva. Me hago adicto a todo. En un tiempo fui adicto al deporte. Y mis obsesiones son engrandecer este mi país, no México, me refiero al norte. Es mi deber dar voz y vigencia a las voces que me han formado. Creo urgente y necesario, un registro de los principales personajes de nuestro norte. Y no sólo en la literatura. Me encantaría compilar un cancionero de Juan Salazar, escribir una historia de la lucha libre en Gómez Palacio y Monterrey. Escribir una biografía de Mundo Miranda. Una historia general del corrido. Yo me pregunto en qué momento los académicos van a voltear hacia el mundo popular. Todos estos personajes aún vivos merecen homenajes en vida. Si de mí dependiera, haría las jornadas Luis y Julián, alentaría a la raza a escribir ensayos sobre la realidad musical del corrido en los años setenta. Para mí son más pop Los Cadetes de Linares que McDonald’s. Hay que rescatar la tradición.

¿Son cuentos, crónicas, ensayo, autobiografía?
Cuentos. Quiero tocar fondo en el género. He escrito de todo. Desde cuentos clásicos, a la manera de Poe, hasta historias llevadas a la mininovela, como lo hacía Cortázar, y también relatos como Borges. La aventura del lenguaje me llevó a concebir a Juan Salazar como un jazzista heroinómano homosexual. Mis personajes no responden a una realidad. Qué mejor Paulino que el original. Son mis propias distorsiones las que narro. Mis propios Celso Piña, mis Juan Salazar, mis Mario Saucedo. Todas las historias suceden en Popstock, un alter ego de San Pedro de las Colonias, pero que también guiña un ojo a San Pedro Garza García. Y aunque la posición social de San Pedro Garza polariza a la sociedad, para mí ahí cabe todo, la Indepe, Gómez Palacio, todo pudo estar dentro de San Pedro y San Pedro en otra parte. Es la norteñidad lo que nos otorga continuidad.

¿Siguen existiendo los géneros literarios?
Sí. Y según mi experiencia seguirán. ¿Por qué? Porque la buena literatura es aquella que obedece a un orden. Un orden que hace suyo el caos. A mí siempre me han dicho, quieres ser grande, piensa en algo grande. Mi intención es configurar una obra importante. Las más grandes obras son grandes y obedecen a un género. Ahí está Dostoievski, nadie ha podido superarlo. Yo por mi parte, desconfío de los microcuentos. Es literatura para gente que no quiere escribir, hecha para gente que no quiere leer. El autor debe meterse en broncas de estructuras, de creación de personajes, de psicologías. Quien se pasa la vida haciéndose tonto alcanzará el olvido.

Háblanos de tus autores preferidos, vivos y muertos.
La mayoría de mis autores favoritos son gringos. Jack Kerouac y John Cheever, principalmente. Pero también me han pegado los argentinos posborgeanos. Fogwill, que es un monstruo, que ha instalado polémicas culturales desde los años ochenta y que han no han sido resueltas. Además de que ha revolucionado la novela como nadie. Urbana es una de las mejores novelas que he leído en los últimos diez años. Y por supuesto ese monstruo que es Osvaldo Lamborghini. También me late Witold Gombrowicz.

¿Hay lectores para la literatura joven?
Por supuesto que sí. Claro, el déficit es menor que el adulto. Los ancianos ya no consumen libros. Si yo fuera anciano no los consumiría. Para mí, los noventa y la presente década han sabido crear más lectores que por ejemplo en los ochenta. Para mí la literatura ha respondido a la demanda de una conciencia posmoderna.

En los ochenta, pues probablemente había más lectores jóvenes, pero todos leían a Carlos Fuentes, yo no, afortunadamente. Hoy hay un mayor grado de identificación en las lecturas. El que no lee a Welsh, Ray Loriga o J.M. Servín. Yo leo el menú del Pollo Loco.

¿Cómo ves el panorama del país? Me refiero a la violencia, a la situación económica.
Para mí el principal problema es la violencia. Aunque al parecer todo está conectado. No es posible que en medio de una crisis económica el Gobierno se gaste millones de dólares en campañas para terminar con la delincuencia. Y por supuesto nunca logra erradicarla. Considero que hace falta voluntad política para terminar de una vez con la violencia en este país. Pero como siempre sucede en México, son más importantes los intereses de los grupos políticos. ¿Cómo terminar de con la violencia? Fácil. ¿Qué la origina? El narcotráfico. Entonces hay que terminar con el narco. ¿Cómo? Legalizando la droga. En Europa se ha demostrado que donde los estupefacientes son legales hay un menor índice de consumidores. Si legalizan la droga en México terminaríamos de manera radical con la violencia y los enfrentamientos. Pero no sucede tal fenómeno porque casi el 40 por ciento del narco sostiene la economía del país.