El Papa rebelde

Antes de que el mundo lo conociera con el nombre de Francisco, el cardenal Jorge Mario Bergoglio de Buenos Aires sentía un profundo desprecio por la pompa y la ceremonia.
El papa Francisco, desde que fue cardenal de Buenos Aires, sentía un profundo desprecio por la pompa y la ceremonia.
El papa Francisco, desde que fue cardenal de Buenos Aires, sentía un profundo desprecio por la pompa y la ceremonia. (Ilustración: Fabricio Vanden Broeck)

Ciudad de México

Sonríe, besa chiquillos, abraza limosneros, se enfunda la gorra de beisbol de un fanático, dice cosas sencillas en un italiano igual de sencillo, se burla de la obsesión con el sexo de su propia Iglesia, y nos parece entrañable y sensible; cariñoso, amable, cálido, instantáneamente claro. Sin duda Jorge Mario Bergoglio es todo esto y también, a veces, francamente raro. El hombre que se humilla lavando pies, el representante de Cristo en la tierra que repite con toda seriedad que es un pecador, el atribulado autócrata que, en efecto, puede haber cometido un pecado terrible, el radiante y paternal Papa que da esperanza y alimento espiritual a millones, son uno y el mismo: un hombre complicado, conservador y radical, caritativo e intransigente, una masa de contradicciones.

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