Por Guillermo Fadanelli
Ilustración: Kathia Recio
Los lectores anónimos de novela pertenecen a otra clase, pues el escritor no sabe quiénes son y sobre todo no les mira el rostro, no los tiene frente a sí respirando y a la espera de un mensaje o de algo que nadie sabe exactamente qué es. Sin embargo, ¿a quién le habla uno cuando se dirige a un público representado por un grupo de personas presentes? Se trata de un verdadero encuentro, de una aventura sicológica y de un malentendido. La experiencia me dice que la idea que nos hacemos acerca de los individuos que forman la totalidad de un auditorio es una mera construcción de quien se dirige a ellos. Es uno mismo quien crea a ese monstruo, dócil a veces, terrible por momentos, sereno o aguerrido según la propia imaginación.