Las dos espaldas del ensayo

Montaigne acaricia el paso del mundo. No busca descifrar los resortes de la naturaleza, tan sólo aspira a comprender sus sugerencias. 
Michel de Montaigne, desde tiempo atrás cansado de la esclavitud de la corte y de los empleos públicos, se refugió en el seno de las musas, para encontrar ahí la calma y la entera seguridad.
Michel de Montaigne, desde tiempo atrás cansado de la esclavitud de la corte y de los empleos públicos, se refugió en el seno de las musas, para encontrar ahí la calma y la entera seguridad. (Adrián Pérez)

Ciudad de México

Se ha visto al ensayo una y otra vez como un género mestizo, como un puente entre lenguajes y saberes. Una ciencia, diría Ortega y Gasset, que afirma sin mostrar su comprobante. Como un espacio intermedio entre el tratado y el aforismo, lo entendió Octavio Paz. Ni la enciclopedia de una disciplina ni una revelación fotográfica. Tal vez, en función de las renuncias de Montaigne, el puente del ensayo podría situarse entre otras fórmulas de la simplificación. El panfleto, por una parte, y el teorema, por la otra. En el panfleto se condensa la pasión combativa. Su denuncia y sus burlas son órdenes. Literatura imperativa. En el otro extremo se ubica el teorema, glacial proposición irrebatible. Una verdad que ha sido puntualmente demostrada. Una verdad fija, exacta, universal e irrefutable.

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