La caza del adjetivo

El silencio es oleoso, el trueno sordo, el ruido ondulado y las gotas gruesas. Cada sujeto tiene su brillo propio, único. Tal vez su brillo sea, en realidad, un velo opaco, un barniz tacaño.
No hay peor desgracia literaria que el adjetivo fallido.
No hay peor desgracia literaria que el adjetivo fallido. (Adrián Pérez)

Ciudad de México

Estos papeles me sirven para aprender a escribir, decía Josep Pla de su Cuaderno gris. “No para aprender a escribir bien, sino simplemente para aprender a escribir”. El dietario era el verdadero maestro del escritor catalán porque, antes que cualquier otra cosa, lo ejercitaba en el arte del adjetivo. La gimnasia de su diario lo obligaba a calibrar cotidianamente la textura de una voz, los gestos de la mano, las arrugas en la camisa. Darle la bienvenida a un fenómeno en la página es atreverse a calificarlo. Pla salía a la calle con esa tarea en mente: apreciar el arco de sus colores, la promiscuidad de sus aromas, el flujo de los paseantes. Encontrar el matiz que reconoce la singularidad de cada ola en el mar.

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