Caballos con alas de oro

Tengo miedo. Lo escribo y me avergüenzo. ¿Miedo a qué? Ni de niña tuve miedo. Al abuelo Guzmán le gustaba contar cuentos. Nos sentábamos en el suelo a oír cómo tramaba sus historias.
En los cuentos del abuelo no había ni una ciudad. Tampoco alguna casa. Todo pasaba al aire libre.
En los cuentos del abuelo no había ni una ciudad. Tampoco alguna casa. Todo pasaba al aire libre. (Gonzalo Tassier )

Ciudad de México

Diez, dos, quince nietos, según a cuántos nos alcanzara la noche en su casa. Todas sus historias se nos hacían distintas. Sin embargo, él era leal a sus personajes. Siempre fueron los mismos, yendo y viniendo por países y lugares remotos. Los buenos eran un niño y su caballo alas de oro. Los malos, Cucurusmucus y sus macacos. El niño se llamaba Pirrín —nombre que no le hacía justicia a su valor—, y siempre andaba haciendo trabajos filantrópicos o redenciones diversas. Siempre, también, en su camino se atravesaban los ruines, a los que vencía una y otra vez hasta lograr su cometido. Entonces el abuelo hacía un silencio y dejaba que recobráramos el aliento.

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