Kertész y el ojo que se ve

Kertész no dejó nunca de vivir en Auschwitz, no dejó nunca de fugarse de ahí. La antesala del exterminio debía inscribirse en la historia del espíritu humano como un mito eterno, el mal perfecto.
En la columna de los “decrementos”, es decir, de las muertes, aparece el registro del prisionero número 64,921, Imre Kertész, obrero nacido en 1927.
En la columna de los “decrementos”, es decir, de las muertes, aparece el registro del prisionero número 64,921, Imre Kertész, obrero nacido en 1927. (Adrián Pérez)

Ciudad de México

Huidizo, intimidado por la mirada del otro, Kertész escucha las voces que lo contradicen. No vienen de la calle, sino de dentro. En los cuadernos de apuntes que recuerdan las libretas de Elias Canetti puede atestiguarse la riqueza de esa polémica. Kertész habla y el Señor K. lo contradice. El ensayista encuentra al otro en sí mismo. El ensayo es la afirmación de una subjetividad múltiple. Se escribirá en primera persona del singular pero asume, necesariamente, la fragmentación del solitario.

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