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Sábado , 23.06.2018 / 18:33 Hoy

Wall Street y sus malos modales preparan su regreso

Tras la aprobación de un proyecto de ley en el Congreso estadounidense, las prohibiciones impuestas a Wall Street en 2008 son historia.


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Edward Luce

Tras la aprobación de un proyecto de ley en el Congreso estadounidense, las prohibiciones impuestas a Wall Street en 2008 son historia. Cuando Washington está al borde, ¿quién tiene el peso para convencer a los legisladores de mantener al gobierno abierto? La respuesta obvia es el presidente de EU. Una mejor es Jamie Dimon, presidente ejecutivo de JPMorgan Chase. Con la votación de hace unas semanas en duda, Dimon ayudó a torcerle el brazo al Congreso para aprobar el proyecto de ley que mantenga funcionando al gobierno federal la mayor parte del próximo año. Qué espléndido servicio público, los oigo decir. Su motivo fue más específico.

El proyecto de ley incluye un artículo conexo que le permite a los bancos reanudar las operaciones de derivados de sus divisiones cubiertas por los contribuyentes. La prohibición ahora es historia. ¿Quién otro que un titán de Wall Street podría exigir -y recibir- ese servicio?

Ya han pasado más de seis años desde que el desplome de Lehman Brothers desencadenó una crisis mundial. Nunca más se le permitiría a Wall Street escribir las reglas por sí solo, dijo Washington. Los grandes bancos cabildearon ferozmente contra algunas partes de la ley de reforma Dodd-Frank de 2010. En muchos casos, fracasaron. Ahora Washington tiene una agencia de protección al consumidor financiero. La Reserva Federal ha establecido un tope en la relación de apalancamiento de Wall Street. Los bancos deben colocar muchos tipos de derivados a través de una cámara de compensación central. Bajo la ley Volcker deben mantener separadas las operaciones por cuenta propia de los depósitos de su central receptora de depósitos.

Muchas de estas reformas cuentan como progreso, particularmente los límites de apalancamiento. Por otro lado, en algunos casos, Wall Street ha tenido motivos para quejarse de su alcance. Los bancos no están realizando una petición especial cuando apuntan la escalada de costos regulatorios desde 2010. Washington tiene más regulaciones que sentido común. A menudo cuidan los centavos y gastan mucho dinero. Las secuelas de 2008 para nada son una simple historia de Wall Street superando a Washington. Sin embargo, como la intervención de Dimon demostró, las altas finanzas están recuperando cualquier influencia que perdieron.

El problema se originó con la crisis. Cuando el sistema se estaba derrumbando en 2008, Washington hizo todo lo necesario para apoyarlo. Timothy Geithner, primer secretario del Tesoro de Obama, ignoró a los que llamó fundamentalistas del Antiguo Testamento que demandaban que los bancos fueran liquidados y que sus directores ejecutivos fueran enjuiciados. Esa medicina habría sido peor que la enfermedad. Geithner y sus colegas inventaron reglas sobre la marcha evitando un colapso que hubiera hundido al mundo en la depresión. Su tolerancia fue pragmática. Desafortunadamente, se mantuvo mucho tiempo después de que terminó la crisis. Fue correcto dejar que Citigroup se mantuviera en el mercado en 2009, a pesar de que efectivamente estaba en bancarrota.

Pero, ¿es saludable que los cabilderos de Citi escribieran una cláusula, casi palabra por palabra, que fue introducida en el proyecto de ley de gastos de la semana pasada? La pregunta se responde sola. También indica dos notables deficiencias que regresarán para atormentar a Washington cuando llegue la siguiente crisis. La primera es que los bancos “demasiado grandes para fracasar” son considerablemente más grandes de lo que eran cuando fueron rescatados. El sistema financiero estadounidense está mucho más concentrado de lo que estaba en 2008. Los cuatro grandes, JPMorgan, Citi, Bank of America y Wells Fargo, representan 68% de los depósitos en EU e incluso tienen una mayor participación en las operaciones de derivados en EU. Los defensores dicen que la crisis comenzó con la inversión y no con los bancos comerciales. Técnicamente es cierto.

Sin embargo envolvió a Citi, Chase Manhattan y a otros. Incluso los bancos de inversión de primer nivel, como Goldman Sachs, estuvieron muy cerca del desastre.

La segunda, no se ha visto ninguna mejora en la cultura de Wall Street, o en los hábitos de alternancia de Washington. Tal vez los banqueros deberían escuchar a Bill Dudley, presidente de la Reserva Federal de Nueva York y ex socio de Goldman Sachs, cuando en un discurso pronunciado el mes pasado, dijo que los bancos debería cambiar su cultura sin ética o enfrentar a ser divididos en entidades más pequeñas. ¿Recuerdan al operador de Goldman que reveló que los bancos llaman “tontos” a los clientes? Aunque frecuentemente están en el límite, incluso los periodistas tienen un código de conducta. Ningún código aplica para Wall Street. “El patrón de mala conducta no terminó con la crisis financiera”, dijo Dudley.

En algún momento, habrá otra crisis en Wall Street. Puede ser en una década o el próximo año. Los mercados funcionan en ciclos psicológicos en donde el temor da paso a la avaricia y después a la resaca. La avaricia una vez más está en ascenso. Ninguna ley puede parar la detonación de la siguiente bomba. Ningún regulador puede preverlo. Pero podrían hacer mucho más para estar preparados para cuando llegue. Aquí las bases morales de Geithner tienen un punto. La semana pasada la ley de gastos contenía otro artículo que elevaba el límite sobre cuánto puede dar una persona a un partido político, ahora supera los 700 mil dólares.

No es difícil adivinar qué sector de la economía estadounidense es el mayor donador electoral. Tampoco es difícil saber por qué es más capaz de moldear las regulaciones a su gusto.


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