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Martes , 25.09.2018 / 23:05 Hoy

Uber y el difícil camino por delante

El servicio privado de taxis provoca amargas peleas en el mundo occidental gracias a su avance digital


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Este verano, una extraña división surgió en los Hamptons, la península arenosa cerca de Nueva York, tan querida por la élite estadounidense.

En una mitad del pequeño espolón, alrededor de Southampton, los conductores de Uber transportan furiosamente hordas de personas hacia y desde las carnes asadas, las obras de beneficencia y las playas.

Pero en la otra mitad, alrededor de East Hampton, no hay Uber: los funcionarios de la ciudad prohibieron el servicio de automóviles después de que las firmas locales de taxis insistieron en que solo debe permitirse que los conductores que hagan su trabajo estén debidamente regulados y tengan una dirección auténtica en East Hampton.

Los ánimos están tan caldeados que la policía amenazó con encarcelar a los conductores de Uber si se atreven a cruzar la frondosa (casi invisible) frontera entre East Hampton y Southampton. Y si bien todavía no encarcelan a nadie, los conductores y los usuarios de taxi están furiosos. Hay una escasez tal de taxis en East Hampton que los precios, incluso para viajes cortos están por los cielos.

Por un lado, esta es simplemente una curiosidad de color; nadie va a llorar por los pobres habitantes de East Hampton que no cuentan con el servicio de Uber. Pero, por el otro, la división es simbólica. Uber provoca amargas peleas en todo el mundo occidental, ya sea en Londres, París, Florida o Nueva York. Mientras que estas disputas reflejan, en parte, el hecho de la expansión, extremadamente rápida -y súper agresiva- enfurece a sus rivales por las tácticas y su éxito, también resaltan algo más: nuestra revolución digital del siglo XXI ahora amenaza con poner de cabeza a partes de nuestra política económica, de una forma en que los políticos y los votantes no parecen contar con el equipo para manejarlo.

La cuestión en juego gira en torno al trabajo. Estos días, es muy conocido que la digitalización desplaza el trabajo humano. Por ejemplo, Oxford Martin School reconoce que los códigos de barras y los robots reemplazarán casi la mitad de los empleos en EU en las próximas décadas. Lo que es menos evidente es que la naturaleza del “empleo” cambia también. Internet da a luz lo que llamamos “comuneros digitales” (otros utilizan la frase de una forma distinta), o personas que no tienen un empleo seguro, pero que trabajan bajo demanda.

Por supuesto, esas personas existían mucho antes que internet, y el horario de los taxistas siempre ha sido irregular. Pero como señala Paul Mason en su último libro, el poscapitalismo, la digitalización permite que las personas hagan borrosa la definición de “trabajo” con más facilidad que nunca. Por ejemplo, los conductores de Uber, eligen tanto cuándo y en dónde trabajan; son comuneros móviles, que conducen un coche y que venden sus servicios a pedido.

No están solos. Una encuesta reciente de la Freelancers Union y la plataforma en línea Elance, sugiere que 53 millones de estadounidenses -alrededor de 34% de la fuerza laboral- son freelancers (trabajadores independientes, “personas que participan de forma complementaria, temporal o por proyecto o trabajaron por contrato en los últimos 12 meses”). Esto se compara con 42 millones que se llamaban a sí mismos freelancers hace una década.

¿Este es un buen desarrollo? Muchos estadounidenses pueden gritar “sí”. Después de todo, los trabajadores independientes disfrutan de libertad, elegir cuándo y cómo quieren trabajar. El hecho de que haya muchos taxis en Southampton es una muestra de esto.

Pero hay una gran desventaja: los empleos freelance son inseguros y a menudo se pagan mal. Por otra parte, como señala el senador demócrata Mark Warner, hay insuficiencia de servicios para proteger a los trabajadores independientes, ya sea del gobierno o de proveedores terceros.

Todavía peor, a medida que se extiende el trabajo de freelance, este mina a las compañías establecidas, y los derechos de los trabajadores. La razón por la que los trabajadores independientes pueden ofrecer sus servicios más baratos que los establecidos es que suelen tener una menor regulación, pero cargan con los costos de inversión (con Uber los conductores usan sus coches).

Lo más preocupante es que hay muy pocos políticos que hablan de estos grandes temas. En su lugar, la conversación suele empezar -y terminar- en torno a la cuestión emocional sobre si se debe prohibir Uber.

¿Cómo va a terminar esto? No está claro. En este momento, si alguien intenta pedir un taxi de Uber en East Hampton, reciben un mensaje que indica que “el Supervisor de East Hampton prohibe Uber”, y da el número de un funcionario local para llamar.

Es una medida inteligente, ya que significa que Uber de hecho externaliza algunos de los costos de cabildeo. Y ya que la ciudad aparentemente recibe una gran cantidad de llamadas, sospecho que eventualmente van a retirar la prohibición.

Hasta entonces, cualquier persona que se aleje de Southampton y vaya a East Hampton debe prepararse para pagar tarifas de taxi altísimas. Lo puedes considerar, como un giro peculiar en nuestra nueva revolución digital. O tal vez una buena razón para comprar una bicicleta.


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