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Sábado , 22.09.2018 / 13:12 Hoy

Trump evoca estilo de los "hombres fuertes" de AL

Es irónico que al sur del río Bravo sea rechazado el populismo, en tanto que en Estados Unidos y Europa hay grupos que lo abrazan.

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América Latina es el persistente espíritu en la máquina en las elecciones de Estados Unidos. Del lado de los republicanos los agobian 11 millones de inmigrantes indocumentados, en su mayoría hispanos, que Donald Trump quiere deportar; el muro que el candidato quiere construir y el injusto “juez mexicano” —que nació en Iowa—, quien emitió un fallo en su contra. Los fantasmas en el lado demócrata es que Hillary Clinton cree que “ninguna región es más importante para la prosperidad y seguridad de Estados Unidos”, y desde un punto menos benevolente, el abandono a los migrantes menores centroamericanos, a los que la candidata demócrata alguna vez pidió que enviaran a casa.

Desde hace mucho tiempo es una verdad que el voto hispano —12 por ciento del electorado estadunidense— tiene una buena posibilidad de determinar el resultado de la elección. Esto se da especialmente este año. Además del problema central de la inmigración, el voto hispano se carga al lado de los millennials, una generación que se inclina hacia lo liberal y que llegó a la mayoría de edad en el cambio de siglo y si bien está contra el sistema, suele rechazar a Trump. Por otra parte, para sus padres y abuelos, Trump es el tipo de candidato que bien puede recordarles los motivos por los que emigraron en primer lugar.

Cuando Trump presume con toda esa fanfarronería que por algún proceso extraño acumuló de las majestuosas planicies de... bueno, Queens, Nueva York, parece que salió de un espantoso pasaje de la historia latinoamericana. A veces se dice que comparte características con los autócratas del populismo como Rafael Trujillo, de la República Dominicana, o Domingo Perón y Carlos Menem, de Argentina, y aún hay más.

Está la obsesión por la virilidad y el estilo de peinado a menudo notables, como las patillas de Menem. Está el narcisismo y el autoensalzamiento nacionalista: el héroe de la independencia de México, el general Antonio López de Santa Anna, realizó un funeral de Estado para su pierna amputada. También está el autoritarismo: Hugo Chávez de Venezuela, otro destructivo hombre espectáculo que, también por capricho, despidió ministros en su programa de televisión de realidad.

Es irónico que al parecer América Latina rechaza a los líderes populistas, mientras que en Europa y EU los abrazan. El año pasado, la región pasó por un impulso de cambio. Los argentinos eligieron como su nuevo presidente a Mauricio Macri, un centrista orientado a las empresas. Brasil canalizó la ira popular por la corrupción de Estado a través de un juicio político a Dilma Rousseff, un proceso que terminará después de los Juegos Olímpicos de Río. Venezuela, con su socialismo, está a punto del colapso. Solo en Nicaragua, Bolivia y Ecuador, donde Rafael Correa es un extraño líder foráneo que apoya a Trump, los populistas perduran.

Aquí es donde puede existir una línea directa entre el último cambio en América Latina en su péndulo político y cómo los hispanos pueden determinar el resultado de las elecciones de Estados Unidos. Normalmente, comparten las otras preocupaciones de los electores: la economía, el terrorismo y el cuidado de salud. También es tradicional que su voto sea demócrata. La gran diferencia este año es que los millennials comprenden 44 por ciento del bloque.

Ese grupo se define más por la demografía que por las vagas nociones de etnicidad compartida (la mayoría dice que no se necesita hablar español para ser hispano). Muchos son hijos de inmigrantes. Y lo más importante, sugiere el profesor Roberto Suro de la Universidad del Sur de California, es que se consideran a sí mismos como estadunidenses, orgullosos del énfasis que hay en EU en el estado de derecho donde los derechos y principios, como la ciudadanía, lo adjudica un Estado imparcial y no un líder errático, como Trump.

Por su parte, muchos de sus padres sufrieron por el espectáculo populista. Una razón que se cita frecuentemente para el surgimiento del populismo en EU es la creciente desigualdad, otra preocupación tradicional en América Latina. Omar Encarnación, profesor de estudios políticos de Bard College, destaca el índice de Gini de EU, una medida de uso generalizado sobre la desigualdad, que se encuentra en un rango de 40 a 45. Esto es un poco por debajo del de América Latina que se ubica de 40 a 50 y muy por encima del de Canadá o Europa, que está en alrededor de 30.

La furia contra las élites es la segunda razón para el surgimiento del populismo en EU. De nuevo, América Latina tiene un peso intelectual aquí. Ernesto Laclau, un teórico político argentino post-todo, que incluso hizo una carrera al explicarlo y defenderlo, es una importante influencia intelectual en los partidos de izquierda de Podemos de España y Syriza en Grecia. Laclau, quien murió hace dos años, argumentó que el populismo era la mejor alternativa posterior al marxismo para el proletariado al que abandonaron las élites, que se apropiaron de los privilegios, traicionaron las posiciones liberales y, por lo tanto, deformaron las instituciones.

Eso bien puede ser verdad; los populistas no surgieron de la nada. Satisfacen una necesidad. Sin embargo, en la historia reciente nos recuerdan que traicionar las promesas es casi una definición de populismo. Algo memorable es que eso se hace a través del gasto deficitario que se financia con la impresión de dinero por parte del banco central, lo que genera una inflación galopante, un punto de vista que tal vez se tiene que actualizar en estos días de expansión cuantitativa.

Todo esto puede sonar muy conocido para los electores de EU, cualquiera que sea su postura en el espectro político. Tal vez también es algo familiar para Clinton y Trump. Los dos conocen bien América Latina. Clinton por su época como secretaria de Estado; Trump por sus hoteles y complejos turísticos bajo su franquicia de letras doradas: uno, que en Panamá se reestructuró bajo el capítulo 11 de la bancarrota, el otro, en México que quebró antes de su construcción.

Sin duda es algo familiar para los hispanos, alrededor de 70 por ciento de ellos votará a favor de Clinton en comparación con 20 por ciento por Trump. Con una experiencia personal y dolorosa, muchos aprendieron la diferencia entre un campeón y un tonto.

johnpaul.rathbone@ft.com


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