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Jueves , 21.06.2018 / 04:23 Hoy

¿Tener los Olímpicos nos hace más felices?

Una encuesta en los pasados Juegos de Londres reveló que la mayoría de los británicos consideró que el precio de ser sede “bien valió la pena”.

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Tim Harford

Los Juegos Olímpicos de Río terminan el próximo fin de semana. ¿Valieron la pena? En lo financiero, seguramente no, como escribí en junio, las ciudades anfitrionas suelen pagar un precio muy alto por el privilegio de realizarlos, y reciben beneficios limitados en términos de infraestructura y reputación.

Pero no todos los gastos tienen que obtener alguna utilidad. Muchos de nosotros regresamos de nuestras vacaciones y no nos preocupa en lo absoluto si fueron financieramente rentables. Si nos relajamos, fueron atractivas o divertidas, eso debe ser suficiente. Tal vez Río puede justificar el gasto de organizar los Juegos Olímpicos de una manera similar.

Esa no es una idea tan extraña; en una encuesta de opinión que se realizó para el periódico The Guardian, en los últimos días de la Olimpiada de Londres se encontró que una clara mayoría de los británicos consideraba que los juegos “bien valieron la pena” su precio. Pero, ¿los encuestados realmente comprendieron lo que implicaba el costo? (fueron alrededor de 150 libras por cada residente británico). Y, ¿lo hubieran sentido de otra forma si la pregunta se hubiera hecho meses después?

Un nuevo trabajo de investigación excava más profundo, aplica la ciencia de la felicidad a la pregunta de si los Juegos Olímpicos de Londres impulsaron el bienestar de los londinenses. Los ocho economistas responsables de ¿El anfitrión con la mayoría? El efecto de los Juegos Olímpicos sobre la felicidad, comenzaron con el método obvio de encuestar londinenses durante el evento de 2012 para ver si se estaban divirtiendo. Lo hacían.

En sí misma, esa no es una gran prueba, porque la gente podía pasarla muy bien de todos modos: los juegos se realizaron en la temporada de verano, cuando el sol suele brillar y la gente está de vacaciones. Así que los investigadores trataron de hacer un ajuste estadístico a factores como el clima, que se sabe ampliamente que tienen un gran efecto sobre las respuestas de las personas a las preguntas sobre su bienestar.

Por otro lado: los investigadores de la felicidad saben desde hace mucho tiempo que un poco de lluvia es suficiente no solo para bajar el estado de ánimo, sino para desatar una sombría revaloración de toda la trayectoria de vida. Un poco de sol hace que todo sea mejor. Esta verdad esencial sobre lo efímeras que son las emociones también es muy fácil de olvidar.

Al igual que hicieron los ajustes del clima y otros factores, los investigadores de la felicidad hicieron algunas comparaciones importantes. Compararon los sentimientos de los londinenses con los de los residentes de otras dos grandes ciudades europeas, Berlín y París. Se puede pensar en Berlín como un observador neutral, aunque no es sede de los Juegos Olímpicos desde la década de los años 90. Los parisinos pueden compararse con los londinenses de mejor manera: perdieron con Londres la organización de los Juegos Olímpicos de 2012 y con Pekín cuatro años antes. Se puede perdonar a los parisinos de ser malos perdedores, o tal vez se sentían aliviados de que no tuvieron que pasar por esas molestias. Y los investigadores se acercaron primero a los sujetos de su encuesta en verano de 2011, repitieron la encuesta con las mismas personas en el verano de 2012 y de nuevo en 2013.

Por más gratificante que sería informar un resultado sorprendente y contra lo que se piensa, el hallazgo central del documento es en gran medida lo que se podría esperar: los londinenses realmente disfrutaron los Juegos Olímpicos, pero el alboroto no duró mucho. Durante los juegos —con relación a Berlín y París, y con relación al mismo periodo en 2011 y 2013— los londinenses se sintieron más satisfechos con sus vidas, aunque también sintieron más ansiedad. Después de los juegos, los sentimientos de satisfacción se desvanecieron, los londinenses fueron más propensos a sentir que sus actividades cotidianas tenían menos valor.

Eso tiene sentido: los londinenses se sintieron orgullosos de organizar unos juegos exitosos, un poco nerviosos de que algo pudiera salir mal o que se saliera del carril, y con el tiempo dejaron de mirarse al ombligo, enterrar todo muy profundo. En resumen, los Juegos Olímpicos no fueron muy diferentes a cualquier otra forma de irse de fiesta y después sufrir una cruda.

Los hallazgos son más consistentes con el desarrollo de la ciencia de las happynomics, que suelen producir ideas interesantes pero que a menudo son menos sorprendentes: el dinero suele comprar la felicidad, pero la buena salud y las buenas relaciones importan más; el desempleo es una experiencia miserable; a la gente no le gusta desplazarse pero disfruta el almuerzo y tener relaciones sexuales.

Sin embargo, el campo es prometedor. Consideren la provisión de productos como sistemas de tren ligero o campos de juego para la comunidad. Un sistema de libre mercado que no es muy adecuado para ofrecer esos bienes, pero si se deja a los gobiernos, es difícil tener mucha confianza en que el dinero público se gaste prudentemente. Por supuesto, a las personas les gusta que sus hijos puedan jugar con seguridad, y les gusta desplazarse por trayectos breves y confiables, pero ¿qué tanto les gusta? Las investigaciones cuidadosas de bienestar son importantes para poder averiguar la manera más inteligente de gastar el dinero público.

Algunos filósofos nos dicen que nada en la vida es valioso, a menos de que sume a la felicidad humana. Tal vez, o tal vez no, pero algunos proyectos no se pueden evaluar como buenos o como malos, a menos de que preguntemos, con cuidado, si nos hicieron más felices. Los Juegos Olímpicos son el ejemplo más destacado.

Tim Harford es el autor de "The Undercover Economist Strikes Back".


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