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Martes , 14.08.2018 / 13:28 Hoy

Takashi Murakami: "FaceTime es mejor que la vida real"

El “Andy Warhol japonés”, quien se ha encargado de difuminar la línea entre la alta y la baja cultura, habla sobre arte, política y la estancada sociedad japonesa


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Me pregunto si la plática con Takashi Murakami podría tener más sentido si no tuviera la mitad de una hamburguesa atascada en la boca y salsa verde de pepinillos escurriendo por su barbilla. Así las cosas, batallo para entenderle, ya sea con mi japonés oxidado o a través de la interpretación del inglés que llega rápidamente a mi oído izquierdo.

Murakami habla sobre la influencia que tuvieron en su carrera artistas contemporáneos, como Damien Hirst y Jeff Koons. “El tema que exploró mi generación fue el de la relación entre el capitalismo y el arte”, dice mientras rescata un pedazo de hamburguesa perdido en su barba de candado. “Así que Jeff Koons, Damien Hirst y yo intentamos relacionar el arte con el capitalismo para mostrar cómo se puede ver como algo valioso”. Asiento con la cabeza vigorosamente y sonrío. Pienso, “¿De qué diablos habla?”.

Los artistas contemporáneos dan teorías complicadas en torno a sus creaciones, como si su arte tuviera la necesidad de un andamiaje intelectual para que los coleccionistas lo aprecien y lo compren. Murakami, de quien habitualmente se refieren como el Andy Warhol japonés, no es la excepción. Acuñó el término”Superflat” (súperdelgado) para describir su obra de dos dimensiones de un estilo similar al diseño gráfico, que se inspira en los mundos trastornados del manga, el anime, y las creaciones fetichistas de la subcultura otaku (geek) japonesa.

Cualquiera que sea la teoría, en la práctica, Murakami, de 53 años, tuvo éxito en difuminar la línea entre la “baja” y la “alta” cultura, entre el éxito comercial y el crítico. Ha diseñado desde bolsos Louis Vuitton hasta el paquete de mentas Frisk que llevo en mi bolsillo, este último decorado con montones de calaveras de colores. En 2008, con el mercado del arte en su punto más frívolo, su escultura de fibra de vidrio de tamaño natural “My Lonesome Cowboy” (Mi vaquero solitario) se vendió en Sotheby’s de Nueva York por 15 millones de dólares.

Almorzamos en su cavernosa fábrica de arte en un suburbio de Tokio, a dos trenes y un viaje en taxi del centro de la ciudad. En este entorno industrial, él y su equipo de aprendices producen en serie obras de arte que se van a enviar a todo el mundo. El enfoque actual de la actividad son Los 500 Arhats, su primera gran exposición individual en Japón en 14 años. La exposición, que se inaugura en el Mori Art Museum de Tokio en octubre, contará con una pintura de 3 metros de altura y 100 metros de longitud, algo que se tiene que ver para creer, que representa a los 500 seguidores iluminados de Buda, o Arhats, En el almacén hay una sección de 25 metros con una procesión de grotescas caricaturas, deslumbrantes y distorsionadas, que se presentan en acrílico reluciente sobre un lienzo.

¿El sombrío ambiente de los 500 Arhats le debe algo a sus reflexiones sobre el terremoto y el tsunami de 2011 en donde casi 16 mil personas murieron? Sí, dice, el terremoto le hizo pensar más sobre el papel de la sociedad y la religión, lo que lo llevó a “incorporar aspectos narrativos en mi obra”. Buscó inspiración en las obras de Kano Kazunobu, quien pintó los 500 discípulos de Buda durante la última parte del periodo Edo, cuando el feudalismo le daba paso a la rápida modernización que impulsó la Restauración Meiji en 1868.

“La gente en Japón tiene mucha frustración y busca regresar a una época entre los periodos Edo y Meiji, cuando se pintaron los Arhats. Hoy sentimos la necesidad de cambiar, pero Japón perdió sus colmillos en el periodo de la posguerra, se le quitó la capacidad de tomar medidas por sí mismo”, dice de su creencia de que Japón es un “Estado cliente” de Estados Unidos, con una clase política y sociedad civil atrofiadas.

Si Japón, dice, batalló para cambiar, ¿el radicalismo de Shinzo Abe, el actual primer ministro, marca un cambio? Después de todo, te guste o no, el gobierno de Abe se embarcó en un atrevido plan para eliminar la deflación de la economía. “El gobierno de Abe abre las puertas del infierno”, dice, mientras abre su boca e introduce un gajo de papa. “Japón puede volverse loco y encontrarse en una situación terrible como cuando los nazis llegaron al poder”. Lo presiono para que continúe con esta alarmante predicción, pero no da muchos detalles, así que dejo la política y regreso al arte.

Murakami estudió Nihonga, en la Universidad Nacional de Bellas Artes y Música de Tokio. Es una técnica de pintura japonesa tradicional. Pero a finales de los 80, empezó a explorar la cultura otaku inspirado en la afición obsesiva por los videojuegos, el manga, la animación, el “cosplay” (disfraces) y la ciencia ficción. “Hace veinte años se discriminaba a estas personas”, dice. “La cultura pasó sin ser celebrada, pero me sumergí en esta subcultura. Sentí que podía detonar algo nuevo al unirme a esto que tenía tan baja estima”.

A mediados de los 90, Murakami se mudó a Nueva York y algunas personas en Japón lo acusaron de plagiar la cultura otaku para obtener ganancias comerciales. “La gente dice, ‘Oh, Takashi se roba nuestra cultura’. Pero esperen un poco. Nuestra cultura significa mi cultura también, ¿no?”. Desaparece y vuelve a aparecer, esta vez con una hamburguesa de pollo teriyaki.

En la actualidad, la cultura otaku es muy popular entre los adolescentes del mundo, dice con orgullo. ¿Eso es algo bueno?, pregunto, ¿no son estas imágenes -algunas lindas e infantiles, algunas veces llenas de violencia y sexo gráfico- un reflejo de la atrofiada sociedad japonesa, estancada en la adolescencia, de la que tan a menudo se queja?

Murakami ni siquiera lo piensa. La cultura otaku, responde, tiene la virtud de ser auténticamente japonesa, no es una imitación de la cultura occidental, Y la gente riajuu, refiriéndose a las personas “reales” con vidas plenas en el mundo real es despreciada por los otakus. “Nos volvemos asexuados porque evolucionamos”, dice con aprobación, cuando le pregunto por qué el japonés pasa tanto tiempo en la búsqueda de imágenes de sexo y tan poco tiempo teniéndolo en la realidad.

“Amo el mundo de fantasía”, continúa, agrega que desde que él y su esposa viven en diferentes ciudades, llevan una relación principalmente a través de FaceTime. “Pasar por el iPhone es mucho más real porque podemos grabarlo”, dice. “Eso lo hace mucho mejor que la vida real”. Los occidentales, dice, están obsesionados con la experiencia en el mundo real. “Los occidentales necesitan drogas para liberar dopamina”, dice con total naturalidad. “Pero nosotros sólo jugamos videojuegos y no usamos drogas. Así que somos más saludables”.

Mientras su asistente sirve café, tomo la decisión de sumergirme en las regiones oscuras de Japón. En 2014, el parlamento prohibió la posesión de pornografía infantil, pero no cubrió las caricaturas, con el argumento de que no debe limitarse la imaginación de un artista. Me pregunto lo que Murakami piensa de eso.

Responde al darme un cómic de hace unos años de nombre Okusama wa Shougakusei o Mi esposa es una niña de escuela primaria. “En ese entonces, esta caricatura fue muy controversial y el entonces subgobernador de Tokio la criticó, dijo que este tipo de cosas dañaba la reputación de Japón en occidente”, dice. La respuesta de Murakami fue recrear la caricatura con la ayuda de Britney Spears, quien en 2010 se vistió en el mismo uniforme de estudiante de primaria para la portada de la revista POP. “Pensé que si una celebridad muy conocida aceptaba esto como arte, entonces la gente empezaría a cambiar su forma de pensar. Tengo una opinión, y la trato de incorporar en mi obra”

No es la primera vez que me meto en honduras en una conversación, así que cambio de nuevo el tema. Esta vez, traigo a colación el tema de si la obra de Murakami en realidad puede considerarse como propia, dado que una gran parte de ella la producen -y lo reconoce, de acuerdo con su diseño- los asistentes del estudio. “Tal vez la gente decía eso hace 20 años”, comenta con enojo. “Pienso en mí como un gran chef de un restaurante de tres estrellas”, dice, y ajusta la metáfora. “Y la gente joven que trabaja en el estudio son los aprendices”, no los explota, dice, anticipándose a la siguiente pregunta. “Algunos sobreactúan y dicen que exploto su trabajo… y les pago centavos. Pero eso no es verdad”, dice. “También tienen el sueño de convertirse en un gran chef en el futuro”.

Termino preguntándole a Murakami sobre algo que dijo en una entrevista anterior: que, sólo 100 años después de su muerte, la gente finalmente entenderá su arte. Por su respuesta, es claro que se siente incomprendido, sobre todo en Japón, donde tiene años que no presenta una exposición. “Nadie me lo pide”, dice cuando le pregunto por qué no. “No me gusta hacer exposiciones en Japón porque los japoneses no comprenden mi punto de vista”


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