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Sábado , 23.06.2018 / 13:55 Hoy

“Starchitect suena a estúpido”

El arquitecto holandés Rem Koolhaas convirtió a sus edificios y libros en verdaderos manifiestos que, en el mundo intelectual, causaron polémica. 

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Edwin Heathcote

El problema de entrevistar a Rem Koolhaas es la persistente sospecha de que él podría escribir el artículo mejor que nosotros y eso es intimidante.

Único en la arquitectura contemporánea, Koolhaas, un experiodista y guionista que se convirtió en arquitecto, ejerce tanta influencia con sus escritos como por medio de sus diseños arquitectónicos.

Desde que se publicó su libro, con el que debutó, Delirious New York, en 1978, ha escrito una serie de textos que ocasionaron que los arquitectos se movieran con nerviosismo en sus sillas Eames al intentar una visión del futuro.

Provocativo, perspicaz y a menudo fulminantemente ingenioso, su escritura cambió el modo como vemos a las ciudades.

En 1978, cuando Nueva York estaba al borde de la bancarrota, su descuidado centro y su metro grafiteado angustió a las clases medias, pero su libro celebró la “cultura de la congestión” y el potencial creativo de las ciudades.

Mientras que el resto del mundo desdeñaba los rápidos rascacielos en el Golfo Pérsico, su práctica consistía en planear todo un emirato (Ras al-Khaimah, el emirato más al norte de los Emiratos Árabes Unidos).

Koolhaas ha escrito provocativa e incisivamente sobre las ciudades durante 40 años y ahora, justo cuando el mundo entero se pone al día, reaparece, no en la cima de un rascacielos o una isla sino en el campo. Lo ha hecho de nuevo.

Estableció la agenda. Lo nuevo es “lo rural”, una reevaluación radical de la relación entre la ciudad y el campo, que explorará en una gran exposición llamada Campo: futuro del mundo, el próximo año en el Guggenheim de Nueva York.

Me aconsejan no visitarlo en Rotterdam, donde estableció su práctica, la Oficina de Arquitectura Metropolitana (OMA, por sus siglas en inglés), en 1975, sino en un despacho satélite cerca de su departamento en Amsterdam.

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OMA se convirtió en una de las firmas más exitosas del mundo en el sentido crítico y cultural. Tiene oficinas en Nueva York, Hong Kong, Beijing, Doha, Dubai y Brisbane.

Encuentro a Koolhaas entre una pila de papeles cuidadosamente colocados sobre el escritorio. Pasa las hojas, explica con rapidez y se irrita con su asistente personal por no imprimir las imágenes precisas que quiere. Me observa mientras garabateo mis notas y comienza a caminar por la habitación. “Este artículo teórico”, exclama, “que un crítico teórico debería escribir”, me lanza una mirada dura y helada, “debería matar de una vez por todas la noción del starchitect”. Bien, respondo, un poco desconcertado de que me sugiera el tema.

Desde 1990, Koolhaas ha sido responsable de edificios desde Seattle hasta Seúl que redefinieron la arquitectura contemporánea: la enorme sede de CCTV en Beijing y la sede del Rothschild Bank en Londres.

Su oficina diseñó la bolsa de Shenzhen y la Biblioteca Central de Seattle (para mí, quizás el edificio público más grandioso de los últimos 30 años). Con seguridad él es el arquetipo de la starchitect global.

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“Mmmh…”, murmura. “Entonces como arquitecto, ¿cómo puedes abordar el cinismo, del que probablemente eres parte? Cuando creamos OMA, de forma deliberada dejamos nuestros nombres fuera. Todas las demás firmas tienen incorporados los nombres de sus socios. Creo que la palabra starchitect implica que eres un estúpido al que no le importa”.

Comenzamos con una rápida caminata hacia el Museo Stedelijk en Amsterdam. Koolhaas presenta una atractiva figura que recorre las calles residenciales, usando una gabardina negra de cuero y unos pantalones ceñidos (Prada, creo) con un pliegue lo suficientemente afilado como para rebanar queso, y en la cabeza un oscuro beanie.

Se acelera, un poco enojado, pero entonces, mientras comienza a señalar las cosas —el modesto edificio de apartamentos de ladrillo rojo en el que vive, el jardín de niños a donde solía asistir— disminuye el paso, disminuye la dureza y comienza a permear la calidez mientras recuerda. Cuando elogio las elegantes viviendas sociales holandesas de ladrillo, se anima.

OMA se concentra en edificios públicos. En la actualidad trabaja en The Factory en Manchester, un importante centro de espectáculos y sede del Festival de Manchester, y en el Taipei Performing Arts Center.

Koolhaas nació en las ruinas de Rotterdam en 1944 y luego, a los ocho años, se mudó a Yakarta, con su padre, un periodista y crítico de cine. Al regresar a Europa, Koolhaas también se convirtió en periodista, trabajó para el Haagse Post y, más tarde, asistió por un tiempo breve a la escuela de cine. “Los primeros 12 años de mi vida se dedicaron a aceptar situaciones caóticas”, dice.

Mientras visitaba la Unión Soviética como periodista en la década de 1960, la arquitectura utópica sedujo a Koolhaas y en 1968 cambió de carrera para estudiar arquitectura en la Architectural Association de Londres (después en Cornell y Nueva York en Estados Unidos).

“Por instinto creo que lo que el siglo XXI tiene para ofrecer es esta arquitectura poshumana”, dice. “Esta es la nueva sublimidad. Un paisaje que se dicta totalmente por su función, los datos y la ingeniería. La escala se altera, lo humano se vuelve casi irrelevante. La parafernalia de la habitación humana se puede reducir. Ahora estamos en una transición, en una arquitectura mitad humana, mitad máquina. ¿Es esto una posciudad? Si lo expresamos adecuadamente, podría ser increíblemente hermoso”.

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