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Martes , 25.09.2018 / 23:25 Hoy

Quejas de 'millennials' en empleos empañan imagen generacional

Al expresar su inmadura despreocupación sobre su incapacidad para aprobar sus exámenes, el ex becario de PwC Oliver Alcock le hace un flaco favor a sus colegas.

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Las mordaces despedidas de las oficinas que se vuelven virales ahora son tan comunes que parece que hay espacio para un subgénero: las despedidas mordaces de las oficinas por parte de becarios de auditoría en las Cuatro Grandes firmas de servicios profesionales.

La más reciente fue de Oliver Alcock, un graduado de la Universidad de Durham y ex becario de auditoría en PwC, que hace dos meses pasó su último día describiendo los detalles de por qué no logró aprobar.

“En particular no disfruté gran parte de mi tiempo en PwC, sobre todo en lo que se relaciona al estrés de los exámenes y a que tengo un bajo umbral para el aburrimiento”, escribió, y enumeró cosas que “no hizo” (“aprender algo en un curso de capacitación de PwC”, “aprobar consistentemente exámenes”), y algunos que hizo (“un recorrido a las mejores farmacias de supermercados de Stoke-on-Trent”, “reclamar mucho dinero por el kilometraje de los viajes”).

Que haya un pequeño pero creciente archivo de correos electrónicos de contadores que fracasaron y envían a sus jefes no es una sorpresa. Las Cuatro Grandes tienen que reclutar una gran cantidad de personas simplemente para cubrir la tasa de salidas a medida que colegas de mayor nivel cambian su experiencia acumulada por empleos en otros lugares. La ley de
los promedios (posiblemente uno de los modelos que Alcock no logró completar) sugiere que no faltan casos de personas que querían ser auditores, que no están contentos de, digamos, ser auditores, ex aprendices de fabricantes de velas infelices.

Sin embargo, Alcock se equivoca al asumir que un correo electrónico grosero que envió a los 20 años va a desvanecer en el empapelado de las cartas públicas de renuncia. Por un lado, el Daily Mail eligió la historia. Una graduada que está en busca de trabajo, a quien entrevisté hace unos años, tuvo la mala suerte de que la absolvieron de una acusación colorida que llamó la atención del Mail: su audiencia en el tribunal todavía aparece en la primera página de cualquier búsqueda en línea de su nombre.

Al expresar su inmadura despreocupación sobre su incapacidad de aprobar sus exámenes, Alcock no solo transgrede la ley de “etiqueta de renuncia” de Lucy Kellaway —“una declaración de renuncia no es el momento para la verdad, es el momento para la educación y para causar la menor molestia posible”, le hace un flaco favor a sus colegas.

La forma y el tono y la incontinencia de su correo electrónico permiten a los críticos de mayor edad llevarlo al estereotipo de los “millennials que sienten que tienen el derecho”, que no pueden o no se aprietan el cinturón y hacen las tareas básicas que sus mayores hicieron.

Gran parte de los graduados asiste a las capacitaciones de alto perfil con los ojos abiertos, listos para trabajar duro durante un par de años para poder agregar a sus currículums firmas como Goldman Sachs, McKinsey o PwC.

Pero mucha gente de la misma edad de Alcock ni siquiera llega al umbral de las Cuatro Grandes. Alrededor de 45 mil 800 aplicaron para 3 mil puestos de nivel básico en PwC UK este año. Es normal, incluso inevitable, que algunos becarios odien el trabajo; incluso tal vez es comprensible que algunos desperdicien intencionalmente “la oportunidad de su vida”, como PwC UK lo llama a en su sitio de reclutamiento: pero quejarse públicamente sobre la mala experiencia cuando aún hay otros que luchan por la oportunidad de intentarlo es imperdonable.

PwC dice que le desea lo mejor a Alcock y “espera que encuentre una carrera adecuada para él”. Pero aquí hay también una lección, para todos los reclutadores voraces de graduados —y no es solo que deben de vigilar más estrechamente un proceso que permitió que aprobara Alcock, alguien que claramente no era adecuado.

Las grandes compañías hacen un gran juego de la forma como son cada vez más útiles, con mayor conciencia social y equilibrada en la relación de vida y trabajo, en parte porque saben que esta es una buena manera de atraer a reclutas idealistas más jóvenes. Alcock tal vez sea un testigo poco confiable, pero el hecho de que describió el programa de PwC como un “molinillo de carne” y pasó parte de su temporada en “tres unidades de negocios que poco a poco se alejaban cada vez más del trabajo por el que se inscribió” muestra lo grande que es la brecha entre las promesas atractivas y la cruel realidad.

Si las compañías no cierran esa diferencia, o explican a los becarios entusiasmados por qué existe, entonces el tipo de cinismo de Alcock, que expresó de manera tan imprudente, puede llenar el hueco. Eso no puede ser bueno para las empresas ni para los empleados.

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