El paraíso gastronómico de los Alpes italianos

Una gran aventura para los esquiadores profesionales quienes, además de disfrutar la nieve fresca, encuentran deliciosa comida.

Italia

En el sótano oscuro debajo del hotel Ciasa Salares, su propietario, Stefan Wieser, descorchaba botellas. "Entonces, pensé que podría gustarte tener un pequeño panorama de vinos italianos", dijo, después de señalar hacia las botellas en las estanterías de madera a nuestro alrededor y a una mesa llena de copas de vino que brillaban a la luz de las velas. Había alrededor de 16 mil botellas, tal vez 50 copas, cuatro para nosotros; nos esperaba una larga noche de glotonería.

El Südtirol, esta zona montañosa que se extiende contra las fronteras de Austria y Suiza, tiene más estrellas Michelin que cualquier otra provincia italiana.

Con tanta buena comida, los Dolomitas se empezaron a conocer como un destino para los esquiadores que se interesan más en la pasta fresca que en la nieve fresca. La gran atracción es el Sella Ronda, una red de 26 kilómetros de teleféricos y pistas que rodean la base del macizo de Sella, una gran catedral de piedra caliza dolomítica de color rosa. Las pistas son anchas, están bien instaladas y son sencillas.

Primero, nos detuvimos por un café. En los lugares fuera de pista más atractivos de los Alpes -Chamonix, St Anton, Val d'lsère- las mañanas se convirtieron en una frenética carrera para llegar a la nieve sin pistas antes de que llegaran las hordas de esquiadores.

En los Alpes, llegar a los mejores caminos fuera de pista a menudo requiere realizar ascensos, a pie o con esquís o un rapel. Aquí, simplemente bajamos en la terraza del restaurante, que se ubica en un pequeño tramo de nieve plana, y nos encontramos en la cima de nuestro primer objetivo, un corredor empinado de nombre el Joel. Era entre atractivo y prohibido -la deliciosa contradicción del esquí- la brecha entre las altas paredes de rocas llenas con nieve profunda y virgen.

Arriba en el Marmolada, el pico más alto de los Dolomitas, el pequeño Rifugio Pian dei Fiacconi estaba abandonado, la nieve enterró al teleférico del valle. Esquiamos hacia ella fuera de pista, llegamos para encontrar al propietario, Guido Trevisan, que retiraba la nieve del techo con una pala. Abrió especialmente para que nosotros pudiéramos pasar la noche allí.

Cada día traía más corredores y nieve más profunda; cada noche más buena comida y vino. Pero no podía dejar de pensar en Val Scura, la mágica franja de nieve que vimos en el camino de regreso de Ciasa Salares. Pero, debido al clima, fue nuestro reto del último día.

Tomamos el primer teleférico a las 8:30 de la mañana, y a las 9 empezamos a ascender con nuestros propios medios. Finalmente, después de un ascenso de dos horas y media, la pendiente disminuyó y, sintiéndonos como alpinistas que lo conquistan todo, nos montamos a la silla de nieve en la cima de Val Scura.

Entonces, uno a uno, bajamos hacia el oscuro cañón. En línea recta como el hueco de un ascensor, caía verticalmente casi un kilómetro, hasta ese momento no se podía ver el otro lado. Los muros se hacinaban en ambos lados, y la nieve que caía fuertemente, no había otra opción más que concentrarte y hacer giros cortos, sentir los bordes que mordían la nieve, intentar que no se apoderada de ti la claustrofobia. Una vez que inicias no hay otra forma de salir.

A mitad del descenso, empecé a respirar. En verdad, Val Scura parece más extremo desde afuera. Entonces, 15 minutos después de que iniciamos, salimos repentinamente del valle oscuro hacia una suave pendiente con campos soleados.

Reímos y bromeamos mientras saltábamos las cercas de granjas de regreso a Corvara. Ya era hora del almuerzo.