Unos reyes en estado de gracia

El rey Felipe VI, quien ha destacado por sus esfuerzos en recuperar la confianza de los españoles, llega a México como quien llegara a su propia casa
Carmen Remírez de Ganuza  Periodista. Colaboradora de TVE y El Mundo.
Carmen Remírez de Ganuza Periodista. Colaboradora de TVE y El Mundo. (Foto: Cortesía)

España

Felipe VI y la reina Letizia llegan a México en el mismo estado de gracia que les ha acompañado desde el estreno del reinado, hace ahora justamente un año. El presidente Enrique Peña Nieto y su esposa fueron testigos -precisamente de visita oficial en Madrid en aquel mes de junio de 2014 como últimos invitados oficiales del rey Juan Carlos al cabo de 39 años-, de la enorme expectación que la inadvertida abdicación del septuagenario monarca generó en España en torno a su heredero. Una expectación que en estos 12 meses se ha trocado en tranquila aceptación social y política, y a la que el joven rey ha respondido con un estilo metódico y profesional, trufado de algunos singulares golpes de efecto.

Los más simbólicos, tal vez, han sido la nueva ordenación de su casa y la revocación del ducado de Palma a su hermana, la infanta Cristina. Con el primero, llevado a cabo al poco tiempo de ser proclamado el monarca tomó la iniciativa de reducir la familia real a apenas seis miembros -sus padres, los reyes Juan Carlos y Sofía; sus dos hijas, la princesa de Asturias y la infanta Sofía, y la propia pareja real-, y de imponer un código de incompatibilidades con los negocios y de transparencia contable. Un gesto con el que vino a pasar página a las sospechas de privilegio y corrupción que venía arrastrando la institución desde los últimos cuatro años; primero, con el estallido del “caso Nóos”, por el que dentro de unos meses se sentarán en el banquillo el yerno del antiguo rey, Iñaki Urdangarín, y su propia hija, la infanta Cristina; y, segundo, con el comprometido viaje del propio rey Juan Carlos a Botswana, donde fue sorprendido a causa de una rotura de cadera en 2011, en medio de la crisis, y acompañado de su “amiga entrañable”.

Con el segundo golpe de efecto, acordado en los días inmediatos a su propio aniversario como rey, Felipe VI propinaba un gesto de autoridad y un cortafuegos definitivo entre el “caso Nóos” y la Corona.

Pero entre estos momentos, a lo que se ha aplicado el nuevo Monarca ha sido a dar continuidad y normalidad a la agenda real y, sobre todo, a adecuarla a las obligaciones de cualquier otra jefatura de Estado en Democracia. No por casualidad, Felipe VI se ufanó en su discurso de proclamación ante las Cortes de ser “el primer rey constitucional” de la historia de España, dado que fue su padre quien pilotó la propia gesta de la Carta Magna de 1978, y por tanto, la precedió. También en aquel discurso el rey de España prometió una “monarquía nueva para un tiempo nuevo”. Y este fue el mensaje bajo el que los españoles fueron interpretando los pequeños guiños de su reinado. Tales como el de recibir en Palacio a homosexuales, hombres y mujeres, entre otros colectivos sociales, o el de ampliar a jóvenes talentos la lista de invitados de las comidas oficiales.

Al mismo tiempo, Felipe VI ha ido construyendo un discurso en favor del rearme moral de una sociedad aún en crisis; ha llevado a los viajes fuera de España su mantra sobre el deber solidario para con “los necesitados”, y ha dejado diluir de manera imperceptible el viejo protocolo de reverencias. Por su parte, la reina Letizia, ha limado carácter, imagen y resistencias, siempre un paso detrás del rey, y en un equilibrio constante entre sus esforzadas actividades en favor de la mujer, la formación y la nutrición, y su progresivo glamour ante las cámaras.

El resultado de todo esto ha sido un vuelco de las encuestas en favor del monarca (77.7% de los españoles consultados por Sigma Dos para El Mundo en junio) y de la Monarquía (61.5%, puesto que los españoles siempre han sido más juancarlistas o felipistas que puramente monárquicos). Un vuelco que ha incluido a los propios votantes de Podemos, la nueva y muy pujante formación de izquierda, con porcentajes de apoyo superiores 55%. Los propios líderes políticos coincidían estos días (El Mundo 19-06-15) en la buena salud de la institución. La mayoría, hecha excepción de los independentistas vascos y catalanes, le pedían, más allá de cumplir con sus labores de representación, que siguiera arbitrando la unidad y la convivencia de los españoles. Y es que en realidad, en esto se resume, la misión última del rey de España. Un rey descendiente de reyes que llega hoy a México, decían estos días en su entorno, como “a su propia casa”.

Artículo realizado por El Mundo en exclusiva para Grupo Milenio.