De la crisis a la expansión

La recuperación económica de España, luego de la gran crisis sufrida, ha sido espectacular. Sin embargo, debe analizarse la política económica que se seguirá
Lorenzo B. de Quirós periodista, académico y colaborador de El Mundo y diversos medios de comunicación en España
Lorenzo B. de Quirós periodista, académico y colaborador de El Mundo y diversos medios de comunicación en España (Foto: Cortesía )

España

El último informe del FMI sobre España certifica dos hechos: el fuerte crecimiento de la economía que califica de sorprendente y los riesgos de que la recuperación se trunque si no se mantiene la senda de consolidación de las finanzas públicas y de profundización en las reformas estructurales. Sin duda alguna, el vigor económico español se ve fortalecido por factores externos -la caída del precio del crudo, la depreciación del euro y la política monetaria del BCE- pero han sido las reformas del mercado laboral, la del sistema financiero o la Ley de Unidad de Mercado, por citar algunas, junto a la existencia de un gobierno estable y mayoritario los que han devuelto la confianza a los mercados, a las empresas y a los consumidores, propiciando la salida de la Gran Recesión. En 2015, el PIB crecerá por encima de 3.5% y se habrán creado millón y medio de puestos de trabajo desde el cuarto trimestre de 2013 hasta el cierre de la presente legislatura.

El gobierno del Partido Popular (PP) podría y debería haber sido más agresivo en su programa reformista. La composición del ajuste fiscal-presupuestario no ha sido la deseable ni la mejor de las posibles, pero los hechos son tercos. El centroderecha ha liderado la salida de la mayor recesión registrada por España en su historia contemporánea y la ha introducido en un nuevo ciclo alcista. En vísperas electorales, la pregunta clave es: ¿esa tendencia se mantendrá?

La respuesta depende de si se profundiza en la política económica desplegada desde 2011 o se produce un giro en la dirección contraria. Este es el dilema básico y real al que se enfrentarán los ciudadanos españoles de aquí a los próximos comicios. Estos serán decisivos. Marcarán la evolución de España y de sus sufridos pobladores en la próxima década.

Para retornar a la posición social y económica de la precrisis, la economía española ha de crecer cuatro años más, entre 2.5 y 3.5% anualmente. La consecución de ese objetivo es inviable si se hacen con el gobierno de la nación opciones cuyo objetivo es retrotraerse en numerosos campos al escenario anterior a 2011, por ejemplo el de la legislación laboral, y retomar medidas de elevación del gasto público. Cambiar la orientación de la estrategia económica cuando la recuperación está agarrada con alfileres y persisten importantes desequilibrios pendientes de corrección (déficit, deuda pública y deuda exterior) conduciría a un escenario de extrema gravedad. No hay espacio para una política distinta a la del centroderecha o a la que éste despliegue en el cuatrienio próximo. Ninguno de los partidos de izquierdas está en esta onda.

En las actuales circunstancias, un Ministerio de izquierdas destruiría a velocidad vertiginosa la confianza interna y externa en el país.

El socialismo hispano de esta hora no es el de Felipe González. En el caso hipotético de formar gobierno, carecerá del margen de maniobra, del que aquél disponía, para moderar su acción al frente del Ejecutivo. En 1982, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), pudo aparcar su programa de máximos porque tenía 202 diputados y había aprendido de los errores en que incurrió el keynesianismo hidráulico del primer gabinete Mitterrand. Esta rectificación es imposible con un Podemos (partido recién creado a inicios de este año y que se posicionó como el cuarto más votado en las pasadas elecciones) que disputa a los socialistas la hegemonía de la izquierda y a la vez será un aliado imprescindible para constituir y sostener un gobierno del PSOE. Ni un programa de corte socialdemócrata clásico, ni mucho menos el resultante de un acuerdo con la extrema izquierda, sirven para afianzar la expansión. Esto es elemental y los propios socialistas lo saben.

Por otra parte, la hipótesis según la cual es el momento de aplicar medidas redistributivas vía aumento del gasto y de los impuestos para impulsar un supuesto crecimiento justo carece de realismo y de consistencia teórica y empírica.

Con independencia de la conveniencia o deseabilidad de esas iniciativas en un entorno normal, la historia enseña que la acentuación de la desigualdad en las crisis financieras es inevitable por razones múltiples pero, sobre todo, por una: la brutal destrucción de empleo, en especial no calificado, que se produce durante ellas. Para revertir esa situación, en el corto y medio plazo, sólo hay un camino: crecer y tener un mercado laboral flexible que permita a los trabajadores y al capital desplazarse hacia los sectores más productivos y, por tanto, capaces de elevar la productividad y los salarios. Entre otras cosas, esto exige profundizar, no dar marcha atrás, en la reforma laboral de 2012.

Al margen de otros asuntos meta económicos que pesan sobre el ánimo de los ciudadanos, lo cierto es que se intenta crear un estado de opinión conforme al cual crecer 3.5% es un fracaso o, cuanto menos, resulta insuficiente y crear más de un millón de puestos de trabajo en el año posterior a la recesión más intensa experimentada por la economía nacional constituye una especie de desastre. En verdad, ambos hechos son bastante inéditos.

Como han demostrado Kenneth Rogoff y Carmen Reinhart en su monumental y laureado libro This Time is Different: Eigth Centuries of Financial Folly, las primeras fases de una postcrisis financiera suelen traducirse en un crecimiento débil de la economía y del empleo durante un espacio temporal no inferior a cinco años. Desde esta perspectiva, los resultados de la economía española son espectaculares.

No todos los problemas sociales y económicos legados por la gran recesión están resueltos y es innegable que España comienza a ir bien. Ha salido de la crisis con mayor dinamismo que el resto de los estados europeos y que buena parte de los de la OCDE.

Ahora, la cuestión es asentar sobre bases firmes la recuperación. Ello implica no sucumbir a los cantos de sirena de un cambio que ofrece, incluso agravadas, las viejas recetas que están en el origen de todas las crisis económicas experimentadas por España desde la restauración de la democracia. ¿Esta tesis es una apelación al miedo? En absoluto es una invocación a la racionalidad frente a un aventurerismo cuyo único proyecto es la conquista del poder o, como diría el líder de Podemos, “asaltar el cielo”.