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Jueves , 18.10.2018 / 07:34 Hoy

Música lujosa para coleccionistas

Empieza a resonar la construcción de activos con instrumentos y manuscritos musicales.


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Para los coleccionistas, la música representa un desafío. Por natura­leza es efímera y fugaz: los objetos valiosos que se asocian a ella -instrumentos, manuscritos, fo­tografías autografiadas a blanco y negro- curiosamente son silenciosas, su sig­nificado normalmente es evidente solo cuando se tiene formación de experto.

Sin embargo, donde hay pasión, hay colec­cionistas. En el campo amateur, mi padre es dueño del autógrafo de Emil Gilels, un virtuoso del piano de Odessa en lo que actualmente es Ucrania, que garabateó en uno de los antiguos diarios de la Universidad de Oxford. También obtuvo la firma de Shura Cherkassky, otro pianis­ta de Odessa, cuando lo vio en un concierto que dio Sviatoslav Richter, tal vez el pianista soviético más famoso de todos. Pero eso se perdió. Mi padre cuidó mejor su colección de discos, no obstante, los artículos que se producen en masa, pocas veces tienen un valor de inversión.

Mi esposo tomó el manto de mi padre y hace algunos años recogió en una tienda de beneficencia una partitura de la ópera Rape of Lucretia (El rapto de Lucrecia) de Benjamin Britten que incluía la firma del compositor. Su posesión más preciada es una hoja de un ma­nuscrito español del siglo XV con una forma temprana de notación musical junto a una hermosa caligrafía negro y rojo. Llegó de un comerciante en Ohio, a través de internet y de un enmarcador especializado del antiguo distri­to de impresión de Southwark, en el sur de Londres. Es, de manera inusual, música como un arte visual.

A menudo se cita la oferta limitada como el motor clave de las llamadas inversiones alter­nativas. Pero Nestor Masckauchan de Tamino Autographs, quien afirma tener el mayor inventa­rio de artefactos de música clásica y ópera del mundo -maneja alrededor de 75,000 artículos-, también señala la importancia de la demanda. Dice que en el mercado hay muchas fotografías firmadas de Maria Callas, sin embargo, como es la soprano más famosa del escenario de la ópera en la historia, estas alcanzan altos precios -entre 800 y 2,000 dólares- dependiendo del mensaje y de la condición. “Si algo es muy raro no significa que sea muy caro. Las personas tam­bién tienen que estar interesadas en ello”, dice.

Estas personas son desde coleccionistas ex­pertos que están a la caza de artículos específicos, hasta novatos que buscan regalos. Masckauchan recientemente ayudó a una mujer con poca formación musical a encontrar un regalo para su marido. Al saber que le gustaba la música de Gustav Mahler, se decidió por el programa de un concierto que dirigió el compositor austriaco a principios de 1900, un objeto que normal­mente cotiza entre 300 y 500 dólares.

“Fue un gran regalo; le encantó”, comenta el comerciante.

Pero esos artefactos pueden llegar a ser más difíciles de vender que la mayoría de los ins­trumentos convencionales si se debilita la confianza del consumidor. Masckauchan re­cuerda que el negocio sufrió de una caída en 2008-09. “Son artículos que la gente no compra cuando hay recesión”.

En el otro extremo de la escala de precios están los famosos instrumentos de cuerda que se fabricaron en los talleres de Cremona, en el norte de Italia, en el siglo XVII. Christie’s, la casa de subastas, promociona una colección privada de un violonchelo Stradivari y siete vio­lines, incluyendo cuatro que fabricó Antonio Stradivari, y tres Guarneri del Gesú. La colec­ción está valorada en cerca de 60 millones de dólares, en parte porque todos los instrumen­tos se relacionan con artistas famosos.

El violonchelo, uno de 65 que fabricó Stra­divari, pasó muchos años en la posesión de la violonchelista Jacqueline Du Pré, quien en la década de 1960 se volvió una cara popular de la música clásica británica.

No se subastan, sino que se venden en un acuerdo privado después de una exhibición es­tilo museo. “Este es un mundo donde todo el mundo conoce a todo el mundo y la gente quiere discreción en las ventas privadas”, dice Paul Cutts, gerente general global para artes decorativas de Christie’s.

El incremento de precios que llevó a estos ins­trumentos antiguos más allá del alcance de los músicos también los convirtió en una excelente inversión. La Sociedad Stradivari calculó que los violines del famoso luthier costaban en pro­medio 18,000 dólares en 1960, subieron a 7 millones de dólares en 2008, una tasa de infla­ción 10 veces más alta que la del oro. Cutts afirma que el mercado se mantuvo sólido a lo largo de la posterior recesión.

Otros se muestran menos entusiastas respecto de los altos precios que se piden por los artí­culos únicos. Lisa Cox, experta en manuscritos, se queja de que “se volvió casi imposible para los coleccionistas privados comunes comprar manuscritos importantes porque los chinos entraron y trastocaron el mercado”.

La demanda globalizada de activos escasos tal vez hizo que el nivel más alto del mercado de manuscritos, como el de los instrumentos, se mantenga para los súper ricos. Pero hay niveles menores: música impresa de personas como William Byrd, compositor inglés del siglo XVI, que se mantienen accesibles, dice Cox.

Los que tienen medios más modestos se pueden consolar con pensar que el manuscrito es la segunda mejor cosa después de la música. Y la música, a diferen­cia de las antigüedades musicales, no tiene una oferta limitada.


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