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Domingo , 23.09.2018 / 13:52 Hoy

Michel Barnier: El ajeno que lucha desde Bruselas

El jefe negociador europeo del Brexit desafía la opinión que tienen de él en Gran Bretaña, la de un villano de pantomima.

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Michel Barnier nació en 1951, el año en que surgió el proyecto europeo. La primera vez que votó fue en el referéndum francés de 1972 para integrar al Reino Unido al club. Y, en algunos años, la proeza política que lo podría coronar tal vez sea darle el golpe de gracia al sueño paneuropeo al mostrar la salida a Gran Bretaña.

Hubo gritos de incredulidad en Londres cuando al inadaptado de cabello cano de la política francesa y domador de las finanzas desenfrenadas se le encomendó su siguiente misión en la Unión Europea (UE): jefe negociador del Brexit para la Comisión Europea.

Desde el punto de vista de París, es un proponente benigno, a lo mejor demasiado entusiasta, del consenso europeo; para los euroescépticos de Gran Bretaña, es un villano de pantomima que regresa al escenario.

Alto, orgulloso y elegante, Barnier llama la atención. Con una carrera que abarca el gobierno francés, el Parlamento Europeo y la Comisión Europea, representa la vocación europea, y todos los estereotipos británicos que vienen con eso.

Como zar financiero de la UE a partir de 2010, acomodó un torrente de reglas financieras después de la crisis, incluyendo lo que se convirtió en el límite de los bonos a los banqueros. La prensa británica lo etiquetó como “el hombre más peligroso de Europa”. No le faltan detractores.

La imagen real es más compleja. Barnier está acostumbrado a que lo subestimen, en especial los británicos. Fue en el edificio del Tesoro, cuando era un comisionado europeo de menor rango para la política regional, que Gordon Brown, entonces ministro de Hacienda, le exigió saber por qué su teléfono seguía sonando.

“Me hablan para convertirme en primer ministro”, Barnier contestó tranquilo. Exageraba un poco, pues al día siguiente lo hicieron ministro de relaciones exteriores. “Esta fue la forma de responder al tono altivo”, dice Graham Meadows, un exburócrata europeo británico que dirigió el departamento de Barnier y del que todavía es gran fan. “No es muy directo, y si piensa que lo tratan mal, no lo olvida”.

A diferencia del arquetipo del político francés, no es un maestro del detalle ni gran filósofo. No estudió en la escuela de élite ENA. Está en el centro-derecha, pero no en la maquinaria del Partido Republicano. Es más un patriota a favor de la UE. “Es mucho más pragmático que ideológico y eso es raro en Francia”, dice Alain Lamassoure, exministro francés en Europa.

Proviene de una familia de medios modestos, pero cómodos. En un país donde los políticos metropolitanos a menudo se nutren de la devoción mítica de sus orígenes rurales, Barnier es diferente.

Es un verdadero Montagnard (de la montaña), creció en las tierras altas de los Alpes en Saboya. Su rostro se ilumina cuando habla de su papel al organizar los Juegos Olímpicos de Invierno de 1992 en la ciudad de Saboya, en Albertville.

Barnier desafió las burlas de una élite que no puede resistirse a hacerlo menos. Inspirado por la reconciliación franco-alemana, dio su primer discurso político a los 14 años, lo eligieron como el parlamentario más joven de Francia a los 27 años, y se volvió ecologista antes de que se pusiera de moda.

Su rápido ascenso en la política se frenó cuando los electores franceses rechazaron una constitución de la UE en 2005 y despidieron a Barnier. Arremetió contra la “decapitación” de su ministerio. Fue la única vez que sus amigos recuerdan que perdiera el control en público.

Sus políticas habitualmente son sobrias y sus charlas superficiales. Duerme bien, hace ejercicio y es feliz con un plato de pescado y espinaca. Su esposa, Isabelle Altmayer, trabaja en una organización de caridad y tienen tres hijos.

Jean-Pierre Raffarin, exprimer ministro, recuerda a Barnier en la escuela de negocios como un joven de 22 años con “la seriedad de una persona de 35 años”. Para Raffarin: “Él no es alguien superficial, es una persona seria. Sus amigos, como yo, tenemos que empujarlo para que sea un poco más juguetón”.

Al tratarse de las negociaciones del Brexit, aporta organización, rapidez y perseverancia. Raffarin dice que los británicos deben esperar un negociador que tomará su mandato y “se mantendrá en él”. “No es un negociador oportunista; hay piratas en la política, pero él no es uno”.

Cuando negoció las reglas financieras de la UE, Barnier demostró ser lo suficientemente irritante para hacer que Sir Mervyn King, el solemne exgobernador del Banco de Inglaterra, golpeara la mesa con su puño.

Demostró ser capaz de asumir compromisos. “Barnier es menos malo de lo que se le da crédito. Puede hacer acuerdos”, dice Rupert Harrison, quien trabajó para George Osborne cuando era canciller. “Es más un político que un burócrata”.

Para todo el ruido, los viejos amigos dicen que no tiene una animadversión con el Reino Unido. “Los británicos no deben temer”, dice Jean-Claude Killy, campeón de esquí que organizó los Juegos Olímpicos con Barnier. Agrega que su viejo amigo siempre fue un anglófilo.

Sin embargo, nadie debe poner en duda su determinación. Es un típico Montagnard, Barniere es tenaz, dice Killy. “Nosotros los montañeses siempre nos movemos hacia delante, nunca retrocedemos”.

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