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Jueves , 16.08.2018 / 21:51 Hoy

Los príncipes de Disneylandia están bajo una maldición

Creen que ser guapo es suficiente, mientras que las princesas hacen el trabajo duro.


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Tom Staggs, director operativo de Walt Disney, dejará la compañía después de perder el apoyo del consejo para ser el sucesor de Bob Iger, su presidente y director ejecutivo. El movimiento amenaza con repetir los problemas de sucesión que tuvo Disney bajo el mundo de Michael Eisner, el predecesor de Iger, que culminó con una revuelta de accionistas en 2004.

El refinamiento de Eisner, y después el rechazo a su vez de Jeffrey Katzenberg y Mike Ovitz como su segundo al mando en Disney a la mitad de la década de 1990 empañó su gestión. En su libro de 2005 sobre el periodo, “DisneyWar”, James Stewart describió la compañía como un lugar “profundamente arraigado en una cultura de fantasía” donde los ejecutivos “asumen un aura de realeza hereditaria”. La fecha de salida de Iger ya cambió tres veces.

Hace algún tiempo en Disneylandia, el contenido era el rey, pero el rey no es­taba contento.

El reino mágico prosperó durante el reinado del rey Bob, multiplicó su valor y extendió su mandato a imperios de fanta­sía como Pixar Animation y Marvel Enter­tainment. El rey Bob comprendió mejor que nadie el valor de una franquicia. Pero la corona ahora se sentía muy pesada en la cabeza del monarca. Su pasado regresaba para atormentarlo.

El rey Bob pensó en sus días de lucha como príncipe de la corte del rey Michael, cuando trataba discretamente ascender al trono. Bob recordó un día amargo en Sun Valley, donde los monarcas rivales se reunían para las justas cada año, cuando el rey prometió presentar a Bob como su sucesor. ¡Lo prometió! El tipo nunca cumplió su palabra.

El príncipe Jeffrey, el apasionado pretendiente a quien el rey Michael llamaba su “golden retriever” (tal vez Jeffrey debió tomar en cuenta la pista), y el príncipe Mike, un distante cortesano de Hollywood, quedaron descartados. Requirió hasta el último esfuerzo de autocontrol y el encanto del príncipe Bob para sobrevivir a la maldición de los príncipes de Disneylandia.

Cuando se veía en el espejo de Wall Street cada mañana se preguntaba, “¿Quién es el gobernante más guapo de todos?”, siempre le respondía “el rey Bob”. No mencionaba al príncipe Tom ni siquiera dudó. Convertirse en rey no era como ser Winnie the Pooh y tomar prestado un globo mágico de color azul con el objetivo de flotar y tomar la miel de la colmena. Tenías que subir por el árbol de Disneylandia por tu cuenta.

El rey podía sentir que sus cortesanos lo veían con extrañeza y susurraban en las esquinas, como si el desastre fuera su culpa y se convirtió en el rey Michael. Recordó la escena de Toy Story cuando Buzz Lightyear cae por la ventana y los otros juguetes piensan que Woody se puso celoso y empujó de forma deliberada a Buzz. ¡Fue un accidente!

Elegir un posible sucesor el año pasado entre el príncipe Tom y algún otro, para el rey fue como elegir entre dos enanos de nombre Happy (Feliz) y Grumpy (Gruñón). Seguro, Tom estaba feliz y to­caba la trompeta, pero, ¿qué decía el rey Bob? Tom no se adaptó al trabajo.

El problema era que Disneylandia es un enorme imperio. Se necesitaba de un hombre grande para manejarlo, se dijo a sí mismo el rey Bob. Hace mucho tiempo, el reino lo manejaba conjuntamente el par de hermanos que lo fundaron, el rey Walt y el rey Roy. Walt se encargó de la magia creativa y Roy manejaba el dinero. Eso funcionó muy bien. Pero el rey Mi­chael insistió en manejarlo todo, y Bob también.

El rey Michael advirtió que si un mago financiero ocupaba el cargo, Dis­neylandia se iba a congelar y la primave­ra nunca iba a llegar. Manejar el reino creativo era difícil. Los animadores eran como princesas: tenías que besarlas o se quedaban dormidas.

Los pensamientos del rey Bob a me­nudo se centraron en las princesas. Le sorprendía que la mayoría de los prínci­pes de las películas de Disneylandia eran malos o simplemente se la pasaban fin­giendo. Pensaban que era suficiente con ser guapo e inalcanzable hasta que lle­gara el momento para montar a caballo y empezarían a tener conquistas bajo sus pies. Mientras tanto, la mayor parte del trabajo duro lo hacían las princesas de Disney.

Ese era el problema, se dio cuenta el rey Bob. De manera tonta no había visto la moraleja de las historias, las mujeres eran las que realmente des­tacaban. Podían vestir en garras, pasar sus días y noches limpiando el desastre, pero les ponías zapatos de cristal y estaban listas.

El príncipe Tom no llenó los zapatos, pero tal vez había alguien que pu­diera. Bob sabía de una princesa en el reino de Facebook de nombre Sheryl. Admiraba a la princesa Sheryl mientras cabalgaba por Sun Valley, y obtuvo el permiso del rey Mark de Facebook para contratarla para su consejo pri­vado. A Bob le gustó el estilo de la princesa Sheryl; le gustó mucho.

Nadie parecía creer que el rey Bob realmente pudiera querer retirarse. Todas las noches, le pedía un deseo a la estrella para que sus marionetas se convirtieran en líderes, pero tenía que seguir jalando las cuerdas. La princesa Sheryl podría ser la respuesta a sus plegarias. Todo el mundo le va a aplaudir si ella hereda la corona. El buen rey Bob es real­mente sabio, van a exclamar.

Si funciona el asunto de la reina, Bob todavía será el mejor rey. Y si no, siempre puede gobernar un poco más de tiempo.

John Gapper es Editor asociado del FT, escribe sobre tendencias y estrategias de negocios.


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