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Miércoles , 17.10.2018 / 03:08 Hoy

Los hombres de hielo de Alaska

 

Por tren, hidroavión, lancha, kayak y a pie, exploro los espacios silvestres, los glaciares y los pueblos fantasmas del estado número 49 de Esta

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La lancha en la que viajaba se aproximó a una bahía rozando enormes trozos de hielo. Después, el capitán apagó las máquinas y nos detuvimos casi por completo, pero no había silencio.

Se escuchaba un ruido que provenía de tierra adentro como un ruido de guerra. Puesto que estábamos en Alaska, podría ser por la temporada de caza, aunque el campo de hielo de Harding no es el lugar ideal para cazar alces u osos.

Algunos de los disparos provenían del lugar en donde el glaciar Aialik se juntaba con el mar. No era una matanza, era un desprendimiento, el rito anual de primavera durante el cual el sol hace que los acantilados de hielo caigan y lleguen a las olas para que (en teoría) se puedan volver a cubrir de nieve al año siguiente. Llegamos justo a tiempo: una cueva de hielo que se había formado cerca de la orilla del agua había escogido este instante para comenzar a desaparecer.

Actualmente, el proceso ha adoptado un patrón preocupante, pues la clásica carrera de trineos con perros, la Iditarod, tuvo que hacerse más al norte para encontrar nieve suficiente; Anchorage tuvo el índice de nevadas más bajo de la historia, solo 60 cm en lugar de 1180 cm, que es lo normal.

Existen alrededor de 100 mil glaciares en Alaska, pero solo 616 tienen nombre. Casi todos los que están siendo objeto de estudio se están desbaratando por una dosis triple de más calor, menos nieve y más lluvia. Y a mí me tocó ver el proceso de cerca. Al día siguiente llovió y escuché la artillería, en las faldas de Seward, cerca del letrero con fecha de 1815 que marca la extensión máxima registrada del glaciar Exit (Salida).

Durante mi vida he estado en los otros 48 estados, pero nunca había visto nada parecido a Alaska. Es más grande que Mongolia, o que siete Reinos Unidos, es un lugar fascinante, con una gran personalidad y muchas personalidades, algunas imaginarias, como el peligroso Dan McGrew, (creado por el poeta Robert W. Service); algunas históricas, como Tarántula Jack Smith; algunos todavía subsisten, como Sourdough Joe, un experto en pesca con mosca y experto en la Segunda Guerra Mundial, a quien en un parador cerca de Chitina.

Sigue siendo un lugar de hombres corpulentos, barbados, autosuficientes y excéntricos. Como dice un viejo cartel en el Hostal del Río Lodge, un hotel remoto no muy alejado de Chitina, “Todos estamos AQUÍ porque no estamos ALLÁ”. El número de hombres ya no es de 2.5 por cada mujer, pero sigue habiendo 108 hombres por cada 100 mujeres. También es un lugar muy alejado de todo: Anchorage está a 3,200 km de una gran ciudad, Vancouver. La temporada corta y el aislamiento hacen que los precios sean altos. En Alaska casi no se cultivan ni frutas, ni vegetales; incluso el petróleo, la principal cosecha del estado, tiene que salir de ahí para su refinación.

Cualquiera puede ver un alce, águilas calvas y tal vez un oso desde la plataforma de un tren de Alaska Railroad. Lo tomamos para viajar de Anchorage a Seward, la última estación en el sur y el punto de inicio del Parque Nacional de Kenai Fjords, hogar del glaciar Aialik. Después de nuestras aventuras en hielo por Seward, regresamos a Anchorage para después viajar al último parque, Wrangell-St Elias.

Un recorrido por el antiguo pueblo de una mina de cobre no me parecía el punto más atractivo del itinerario. Pero Kennecott es una mezcla inigualable de historia y paisaje. Entre la vieja estación de tren y un glaciar que se derrite, se encuentra lo que se describe como “la estructura de madera más alta de América del Norte”, aunque parece que está a punto de caerse por la montaña.

Es imposible estar en Kennecott sin sentirse abrumado por la grandilocuencia del proyecto y la dureza de las condiciones. Los trabajadores subía a la montaña en “tram”, un teleférico sin cabina; los hombres se aferraban como lapas en temperaturas por debajo de los 4º C, pero primero tenían que firmar un deslinde de responsabilidad para la compañía.

Tenían sus compensaciones. A unos cuanto kilómetros en el valle en McCarthy había una ciudad que ofrecía diversión, licor y ayuda a los mineros. Durante algún tiempo fue el hogar de mil habitantes, pero cuando cerraron las minas, el número de habitantes de McCarthy se redujo a uno. El lugar nunca murió del todo y ahora ha revivido gracias a la energía de un implacable empresario bostoniano, Neil Darvis.

Existen algunos debates sobre si el lugar en el que nos hospedamos Ma Johnson’s era una casa de huéspedes o el mejor burdel. Ahora es un hotel tradicional de cuarto con desayuno y los huéspedes toman el camino para comer en otra de las propiedades de Darvis, el hostal McCarthy.

Davis nos ofreció una comida de cinco platos que cocino su chef Scott Whitus, en la que sobresalía el salmón rojo del río Copper con couscous al limón, ensalada multicolor de zanahoria y salsa tarator. Dudo que los limones y el aceite de oliva fueran locales pero la comida era increíble.


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