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Miércoles , 21.11.2018 / 06:44 Hoy

La riqueza que no mide el PIB

Medir el valor de una nación por el crecimiento del Producto Interno Bruto, para algunos, es cortoplacista. Una nueva propuesta quiere incluir el capital natural y el humano. ¿Funcionará?

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Imaginen a dos personas, Bill y Ben. Bill es un banquero que gana 690,000 dólares al año después de impuestos. Ben, un jardinero que ingresa 35,000 dólares. ¿Quién está en mejor situación? Si lo evaluamos por sus ingresos, es Bill el más rico; casi 20 veces más. Pero ¿quién tiene más riqueza? Para eso, hay que conocer más sobre un grupo de activos y circunstancias más generales.

En términos de contabilidad nacional, el salario de 690,000 dólares de Bill es el equivalente al Producto Interno Bruto (PIB). Es el “flujo” de ingresos de un año. Pero eso no dice nada acerca de su patrimonio o su salario del próximo año.

¿Mencioné que Bill está hasta el cuello de deudas tras un divorcio costoso? Vendió la mayor parte de sus activos, y lo que le quedó es una costosa hipoteca y varios pagos de su Porsche. A los 59, pierde eficacia en el trabajo y está a punto de ser despedido en el banco. Mientras, Ben vive en una finca de 140 millones de dólares (mdd) que heredó de su tía abuela. Los sábados, se divierte en su jardín inspirado en Versalles. Él se paga a sí mismo un salario nominal.

Al cumplir 21 venderá la propiedad y se mudará a un departamento en Knightsbridge. Invertirá los 131 mdd restantes y vivirá de los intereses en lo que termina sus estudios de abogado, una profesión que le generará un poco de dinero en los próximos años.

Ahora, ¿quién se ve más rico? ¿Bill el banquero o Ben el jardinero?

Se dice que Michal Kalecki, el economista polaco, describió la economía como “la ciencia que confunde las acciones con los flujos”.

Los inversionistas analizan el balance de una compañía, al igual que sus pérdidas y ganancia. Sin embargo, cuando se trata de medir una nación, en su mayoría estamos estancados en el PIB, que cuenta el valor de los bienes y servicios producidos en un periodo determinado.

Las cifras del PIB pueden ser engañosas. Eso se aplica, sobre todo, a los países ricos en recursos. El ingreso per cápita de Arabia Saudita, de alrededor de 20,000 dólares al año, depende del precio y el volumen de producción del petróleo, que algún día se va a agotar. En ese momento, a menos que los sauditas descubran la forma de sustituir el ingreso perdido —a través del desarrollo de industrias de alta tecnología atendidas por personas con educación— se convertirá en Bill, el banquero de las naciones.

Sin embargo, no es algo que pierdan de vista los líderes astutos. Gran parte de la urgencia detrás de los esfuerzos de reforma de Mohammed bin Salman, el príncipe heredero de Arabia Saudita de 32 años de edad, proviene de una aparente determinación de diversificar la economía antes de que sea demasiado tarde.

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“Las políticas que pueden crear riqueza van más allá de un aumento de la producción”, dicen Kirk Hamilton y Cameron Hepburn, en su reciente libro National Wealth: What is Missing, Why it matters. “Implican inversiones hoy para rendimientos en el futuro”.


Mi experiencia con el PIB

Como corresponsal en Japón, me preguntaba por qué la gente parecía que tenía un nivel tan alto de vida cuando el PIB nominal no se había movido durante 20 años. La deflación y el bajo crecimiento de la población eran parte de la respuesta. Eso significaba que el ingreso per cápita real era mucho más alto de lo que sugería la cifra nominal. Pero la calidad de los servicios y la tecnología también hacían una diferencia en los niveles de vida.

Para el PIB, una elegante tienda departamental como Mitsukoshi era lo mismo que un Walmart, y un gastado tren para ir al trabajo en Gran Bretaña era lo mismo que un Shinkansen japonés que viaja a 200 millas por hora y llega con puntualidad medida en fracciones de segundo.

A medida que comencé a leer más en el transcurso de la investigación de un libro, The Growth Delusion, descubrí que no era el único que se mostraba escéptico. Había una gran cantidad de literatura, una pequeña industria, que cada día se volvía más respetable, que cuestionaba la capacidad del PIB para reflejar nuestras vidas.


La historia

Inventado en la década de 1930 por Simon Kuznets, al principio como una forma de calcular el daño que provocó la Gran Depresión, el PIB es un hijo de la era de la fabricación.

El PIB tampoco es útil para medir la distribución del ingreso, uno de los grandes temas de nuestra era. Kuznets advirtió que esta medición nunca se debe confundir con el bienestar.

Partha Dasgupta, profesor de Economía de la Universidad de Cambridge, desde hace décadas trata de inventar formas de medir la riqueza. La “palabra deshonesta” en el Producto Interno Bruto, dice, es “bruto”. “Si se drena un pantano para construir un centro comercial, la construcción de este último contribuye al PIB, pero la destrucción del primero no se registra”.

[OBJECT]Con los países, algunas formas de capital son más fáciles de contar que otras. El llamado capital de fabricación comprende inversiones en carreteras, puertos y ciudades. Es relativamente fácil de valorar y muchas naciones mantienen inventarios del capital social. El capital humano es el tamaño y la habilidad de una fuerza de trabajo. El capital natural incluye los no renovables, como el petróleo y el carbón, y las energías renovables, que van desde tierras de cultivo hasta complejos ecosistemas que proporcionan agua, oxígeno y nutrientes.

Los intentos de valorar algunos de estos activos pueden parecer absurdos. En 1997, el economista ambiental Robert Costanza causó revuelo con su estimación de que el capital natural del planeta —“la naturaleza” para ti y para mí— tenía un valor de 33 millones de mdd. Sus sumas, publicadas en la revista científica Nature, fueron ridiculizadas tanto por economistas convencionales, que pensaban que el ejercicio no era científico, como por los ecologistas, que se oponían a la idea de ponerle precio a un océano o una selva.

Costanza descubrió, por ejemplo, que los lagos y ríos “valían” 1,700 mdd, mientras que el ciclo de nutrientes, un “servicio del ecosistema”, proporcionaba un beneficio de 4,900 mdd para la humanidad.

Llamar a sus cálculos aproximados sería darle un mal nombre a las aproximaciones. Sin embargo, cuando se cuestionó su metodología, respondió: “No creemos que exista una forma correcta de valorar los servicios ecosistémicos. Pero hay un camino equivocado, y ese es no hacerlo”.

Summers tiene razón al decir que es difícil saber cuánto vale el capital social actual, ya que su valor puede cambiar dependiendo de los desarrollos tecnológicos o políticos. El cobalto alguna vez fue un subproducto del cobre algo interesante; ahora es un componente imprescindible de las baterías de automóviles eléctricos. El petróleo fue el oro líquido y aún puede serlo de nuevo. Pero las regulaciones ambientales más estrictas algún día podrían convertirlo en un activo estancado que no vale nada.

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Más filosóficamente, es difícil ponerle precio al futuro. Una de las supuestas virtudes de la contabilidad de la riqueza es que ve a futuro. Analiza las existencias actuales de capital que producirá el flujo de ingresos del mañana. El PIB, por otro lado, es retrospectivo. Solo suma la producción total durante un período específico en el pasado. Entonces, en teoría, la contabilidad de riqueza debería ayudar a una generación a pensar en la siguiente.

Sin embargo, en la práctica, como me dijo mi colega Martin Wolf, existen límites. Podemos amar a nuestros hijos y sus hijos e incluso a sus hijos por nacer. Pero, ¿qué hay de los hijos después de ellos y los que siguen? “La cuestión de la sustentabilidad es en parte: ¿a quién le importa el futuro?”, dijo. A la larga, “todos vamos a ser un caldo de energía cero”.

Dejando de lado ese tipo de consideraciones prácticas y filosóficas, ahora hay un verdadero impulso detrás de la contabilidad de la riqueza, incluso entre las instituciones más ortodoxas. Este mes, el Banco Mundial (BM) dará a conocer el intento más integral hasta la fecha para resolver el problema.

The Changing Wealth of Nations 2018 es el fruto de años de trabajo de un equipo dedicado. Se basa en investigaciones publicadas en 2006 y 2011. En su última versión, el banco produce cuentas de riqueza integrales de 141 países entre 1995 y 2014. Para cada país, hay estimaciones para el capital “producido”, incluidas las tierras urbanas, la maquinaria y la infraestructura. El capital natural incluye los valores de mercado para los activos del subsuelo, como el petróleo y el cobre, tierras cultivables, bosques y estimaciones conservadoras para áreas protegidas, cuyo precio es como si fueran tierras de cultivo.

Por primera vez, el banco hace un intento explícito de medir el capital humano. “Consideramos el PIB como un retorno de la riqueza”, dice Glenn-Marie Lange, coeditor del informe y líder del equipo de Contabilidad Patrimonial del Banco. “Los legisladores necesitan esta información para diseñar estrategias que garanticen que su crecimiento del PIB se mantenga a largo plazo”.

[OBJECT]Entre los hallazgos del informe, cuyos detalles completos están embargados, hay un gran cambio de la riqueza en 20 años hacia los países de ingresos medios, en gran medida impulsado por el ascenso de China y otras naciones asiáticas. Sin embargo, un tercio de los países de bajos ingresos, sobre todo, en África, sufrieron de una caída absoluta en la riqueza per cápita durante ese período, en lo que podría ser un peligroso presagio sobre su capacidad de crecimiento futuro. En el mundo en su conjunto, según el informe, el capital humano representa un enorme 65% de la riqueza total. En 2014, este fue de 1,143 miles de mdd, o alrededor de 15 veces el PIB de ese año.

El informe es particularmente revelador en el camino hacia el desarrollo, ya que los países, en la forma descrita por Dasgupta, comercian de una forma de capital a otra. En pocas palabras, usan los ingresos derivados de los recursos naturales para acumular otras formas de capital, principalmente en infraestructura, tecnología, salud y educación. Entonces, mientras el capital natural representa 47% de la riqueza de los países de bajos ingresos, solamente representa 3% de la riqueza de los países más avanzados.

La lección, dice Collier de la escuela Blavatnik y autor de The Bottom Billion, un libro sobre las economías en crisis, es que los borbotones de PIB no te dicen nada si no conoces sobre la riqueza subyacente. En África, países como Nigeria convirtieron los recursos en auges de consumo, pero no lograron construir la infraestructura o invertir en una población sana y educada para sustentar el crecimiento futuro.

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