La estela de Castro sobre Latinoamérica

Estadistas y políticos de los diferentes países de la zona han dado su opinión en torno a la figura política del fallecido líder cubano.
El ex mandatario cubano murió el 25 de noviembre.
El ex mandatario cubano murió el 25 de noviembre. (AP)

Miami/Bogotá/Sao Paulo

En Cuba, casi tres días después de que murió Fidel Castro, hay interminables panegíricos por parte de los medios de comunicación estatales, una prohibición de alcohol, y una entumecida sensación de sorpresa por las inusualmente quietas calles de La Habana, y las banderas se encuentran a media asta, excepto frente a la embajada de EU.

Pero en América Latina, un destino de muchos de los intentos de Castro para exportar su revolución, lo que más se expresa son sentimientos encontrados, algunas veces con un oscuro júbilo. En Venezuela, el aliado más cercano de Cuba, los opositores del gobierno socialista reenviaron un mensaje de la cuenta oficial de Twitter del fallecido comandante Hugo Chávez que decía: “Aquí estoy, esperando a Fidel”.

En otro tuit se mostró una fotografía de Chávez y Castro llamando al odiado casi de manera universal presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, que dice: “Ven Nico. ¡Te estamos esperando!”.

El legado de Castro en la región es ambiguo y se desvanece. En el norte, el presidente electo Donald Trump podría agravar el impacto de la muerte de Castro al retirar el acercamiento entre Estados Unidos y Cuba que comenzó Barack Obama. El lunes, Trump tuiteó que terminaría el acuerdo si Cuba no renegociaba con mejores términos para Estados Unidos.

En el sur, la muerte de Castro se produce cuando varios de los florecimientos posteriores de rebeliones populares nacionalistas que él ayudó a inspirar también comienzan a desaparecer. En la llamada “marea rosa” de los líderes de izquierda que arrasó Sudamérica este siglo, Dilma Rousseff de Brasil y Cristina Fernández de Argentina salieron expulsadas y al perder las votaciones de su gobierno.

Otros líderes, como Evo Morales, en Bolivia; Rafael Correa, en Ecuador, y Maduro, en Venezuela, se enfrentan a una creciente oposición ya que la región se mueve de la izquierda hacia la política de centro después de que colapsó el auge de las materias primas con el cual se financió el libre gasto de sus gobiernos.

Rousseff, en una entrevista con FT poco antes de la muerte de Castro, tomó una visión filosófica de este cambio en una región que generalmente se considera como un bastión de la izquierda. Como Eric Hobsbawm, el historiador británico, escribió en la década de 1960, incluso más allá de la “entrañable” promesa de Cuba, hay “un continente que aparentemente burbujea con la lava de la revolución social”.

Los movimientos de izquierda son “como la marea, como el mar”, dijo Rousseff. “En un momento, la marea desaparece, pero poco tiempo después regresa con más fuerza”. En agosto pasado destituyeron a Rousseff con un juicio político bajo la acusación de manipular las cuentas públicas y en medio de un escándalo de corrupción en Petrobras, la compañía estatal de energía, con un costo de miles de millones de dólares.

El legado de Castro en el continente americano se puede ver de manera más tangible en la decadencia de La Habana, y su contraste con los brillantes rascacielos y la idea de que se pueden hacer las cosas en Miami, una ciudad que surgió con el trabajo de los más de 2 millones de cubanos que huyeron de su revolución de 1959.

Políticamente, la influencia que alguna vez tuvo sobre la región también se hace más pequeña. Castro llegó al poder a través de una revolución armada, pero después rechazó ese enfoque para estar a favor de las urnas, aunque eso fue solo cierto para la política fuera de Cuba, que realizó sus últimas elecciones libres en 1948.

“Al final de sus días, Fidel Castro reconoció que la lucha armada no era el camino”, dijo Juan Manuel Santos, el presidente colombiano, en agradecimiento por el papel que desempeñó La Habana en el manejo de las negociaciones de paz con las FARC, el grupo rebelde marxista más grande de Colombia.

El impacto duradero de Castro sobre las actitudes es más difícil de evaluar. Para algunos se mantiene como un símbolo perdurable de resistencia, incluso entre la gente que no es de izquierda. El líder del partido centrista PMDB de Brasil, Aécio Neves, lo describió como “sin duda uno de los más grandes líderes de nuestro tiempo”.

En México, Andrés Manuel López Obrador también elogió a Castro. Los analistas creen cada vez más que AMLO es un fuerte contendiente para la presidencia de México en las elecciones de 2018, compitiendo como un hombre fuerte nacionalista contra los Estados Unidos de Donald Trump. “Creo totalmente que AMLO podría ser el próximo presidente de México”, dijo el ex canciller de México Jorge Castañeda.

“Reconocemos a los que luchan por la dignidad, por la independencia de su pueblo”, dijo López en una reunión de fieles a su partido durante este fin de semana. “Para nosotros, el comandante (Castro) es un luchador social y un político de gran estatura”.

Aunque para muchos latinoamericanos, Castro fue un tirano abusador, una imagen de un revolucionario exótico fácil de idolatrar si uno está lejos, pero cuyo legado en casa apenas soporta el escrutinio. En México, Margarita Zavala, una posible candidata presidencial del ala conservadora, tuiteó: “Que el nuevo amanecer en Cuba lleve la democracia y la libertad que se negó por generaciones”.

En Brasil, Hélio Schwartsman, un importante columnista de Folha de S.Paulo, fue aún más mordaz. Dijo que era imperdonable que Castro se quedara con el comunismo cuando era claro que el sistema ya no funcionaba después de la caída del Muro de Berlín.

“Al ignorar lo evidente, prolongó por lo menos dos décadas la existencia de un régimen asesino de libertades y que sometió a los cubanos a privaciones innecesarias”, escribió Schwartsman. “Por eso creo que será difícil para la historia poder absolverlo”.

Información adicional de Jude Webber en Ciudad de México.