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Miércoles , 20.06.2018 / 12:10 Hoy

EU puede esquivar la tiranía de Trump, pero Occidente no

El peligroso desvío con el triunfo del republicano augura que otra vez la historia salga de curso.

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Philip Stephens

La historia puede salirse de curso. Ocurrió en 1914, cuando la primera era de la globalización se consumió en las llamas de la Gran Guerra; y de nuevo en la década de los 30, cuando las dificultades económicas, el proteccionismo y el nacionalismo nutrieron el ascenso del fascismo en Europa. La victoria de Donald Trump anuncia otra de estas peligrosas desviaciones.

Bien puede ocurrir que Estados Unidos sea lo suficientemente resistente y autosuficiente para sobrevivir a la presidencia de Trump. Los padres fundadores de la República previeron los peligros de las pasiones populistas. James Madison estableció el primer objetivo de la Constitución: “romper y controlar la violencia de facciones”. Para Madison, la “facción” era el poder de cualquier grupo que se “unía y actuaba por un impulso de pasión común” para llegar al poder a costa de sus conciudadanos. Los intrincados controles y equilibrios de la Constitución están allí para bloquear el camino hacia ese tipo de tiranía.

Al volver a leer esta semana “Federalist No 10”, tal vez el más celebrado de lo que se llegó a conocer como Los papeles federalistas, es evidente que Madison tenía en mente a Trump cuando escribió acerca de la necesidad de salvaguardar la unión de una insurrección doméstica. El presidente electo dice que quiere poner un bozal a los medios, torturar a los prisioneros, no permitir la entrada a musulmanes, expulsar a millones de inmigrantes, construir un muro contra México y apapachar a Vladímir Putin, de Rusia. Elogiado por los blancos supremacistas, Trump ganó el premio de desenterrar los demonios de la raza.

Y sin embargo, la cuidadosa distribución de la autoridad que hizo Madison entre tres ramas del gobierno federal debe revisar el peor de los excesos del presidente. Un Poder Judicial fuerte es un cortafuegos frente las reglas arbitrarias. Los jefes militares se van a negar a violar las leyes contra la tortura. Hay un seguro en el gatillo nuclear. Tal vez está dominado por los republicanos, pero el nuevo Congreso sin duda se resistirá a un avance hacia una autocracia presidencial. Y sí, al tener en cuenta su personalidad, temperamento y poca familiaridad con la verdad, siempre es posible que las cosas puedan terminar muy mal para Trump.

Pero la tragedia de Estados Unidos, y cómo se puede describir de otra manera el paso hacia la Casa Blanca para alguien cuyas políticas tienen una profunda raíz en el prejuicio y el odio, también es una tragedia occidental.

El orden liberal internacional descansa no solo en la vitalidad económica y la fortaleza militar. Tiene su base en un conjunto de valores cuyo atractivo es universal. La libertad, el estado de derecho, la dignidad humana, la tolerancia, las instituciones plurales: todas ellas ahora despreciadas por Trump.

Cualquiera que sea el camino que tome la política estadunidense, el daño que se causó a la alianza de naciones que le dio forma al mundo desde 1945 es irreparable. Pocas revisiones y equilibrios de Madison aplican a la conducta de la diplomacia y política exterior. Barack Obama mostró cómo el lugar de EU en el mundo es una elección que toma quien ocupa la Oficina Oval.

El sistema global que diseñó EU se desenmaraña desde hace algún tiempo. No va a sobrevivir a la retirada del liderazgo estadunidense. La crisis financiera de 2008, el estancamiento de los ingresos, la austeridad y el desencanto con el libre comercio enterraron el consenso económico liberal. Ahora, Trump se comprometió a desmantelar los pilares políticos del viejo orden.

“Estados Unidos primero”, promueve un aislamiento beligerante, un enfoque hacia un orden mundial que tiene sus raíces en el poder más que en el estado de derecho. Una interpretación más estrecha de que el interés nacional precede al de las consideraciones generales de la seguridad internacional.

Trump está contento con presidir la disolución del sistema de alianzas de EU, dejar a Europa vulnerable al revanchismo de Putin y al este de Asia a las ambiciones de China. Japón y Corea del Sur, sugirió, tal vez quieran construir sus propias armas nucleares. Podemos estar seguros de que eso va a ocurrir si mantiene su promesa de derogar el acuerdo nuclear internacional con Irán, entonces Teherán pronto va a construir su propia bomba.

Otras democracias enfrentan sus propias insurrecciones populistas. Los demagogos en toda Europa aplauden el éxito de Trump. Marine Le Pen, la líder del xenófobo Frente Nacional de Francia, espera imitarlo en la contienda por el Palacio del Elíseo del próximo año. Hungría y Polonia cayeron en los brazos del nativismo de extrema derecha. El voto de Gran Bretaña en junio para salir de la Unión Europea en gran parte fue una expresión del enojo del nacionalismo inglés.

Trump va más lejos al repudiar la idea básica de organización de Occidente: la idea de que las democracias más ricas del mundo pueden supervisar un sistema justo e inclusivo de reglas para respaldar la paz y la seguridad mundial.

Así que los peligros ahora llegarán fuertes y rápidos. ¿Qué tanto puede sobrevivir de Europa libre al retiro del paraguas de seguridad de EU? ¿Rusia podrá restaurar su influencia en Estados anteriormente comunistas en Europa del este y central? ¿Los Estados emergentes del este y el sur ahora buscarán el autoritarismo en lugar de la democracia como modelo para sus sociedades? ¿Quién mantendrá la paz en los mares del este y de China meridional? Con el paso del tiempo Estados Unidos rechazará la mezcla letal del nativismo y proteccionismo que hizo que Trump ganara la elección. Pero Occidente perdió a su guardián y a su defensor de la democracia.

philip.stephens@ft.com


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