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Sábado , 26.05.2018 / 07:31 Hoy

El riesgo económico de un nacionalismo bajo agravio

Tal vez la mayor contribución de la economía es que las sociedades se benefician del comercio en lugar de recurrir a la guerra.

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Martin Wolf

La humanidad es tribal. Somos animales sociales y culturales. La cultura nos permite cooperar no solo en grupos familiares, sino en comunidades imaginadas. De todas estas comunidades, nada está más cerca de la familia que la “nación”, una palabra que significa ascendencia compartida.

La capacidad de crear comunidades imaginadas es una fortaleza de la humanidad y se encuentra entre sus mayores debilidades. La comunidad imaginada define lo que las personas comparten. Pero lo que las une las separa de otros. En la actualidad, como fue en el pasado, los líderes fomentan el nacionalismo agraviado para justificar el despotismo e incluso la guerra.

Durante gran parte de la historia de la humanidad, la guerra se consideró la relación natural entre las sociedades. La victoria provocó saqueos, poder y prestigio, al menos para las élites. La movilización de los recursos para la guerra representaba un papel central de los Estados. Justificar esa movilización era un papel central de la cultura.

Existe otra manera para lograr prosperidad: el comercio. El equilibrio entre el comercio y el saqueo es complejo. Ambos requieren instituciones sólidas que tengan el respaldo de culturas eficaces. Pero la guerra requiere de ejércitos que se respalden con la lealtad, mientras que el comercio requiere seguridad con el respaldo de la justicia.

Tal vez la mayor contribución de la economía es la idea de que las sociedades se beneficiarán más al tratar de comerciar entre sí que de tratar de tener conquistas unas a las otras. Por otra parte, mientras más ricos sean sus socios, más grandes serán las oportunidades para un comercio mutuamente enriquecedor. Por lo tanto, la relación sensata entre los Estados es de cooperación, no de guerra, y de comercio, no de aislamiento.

Da la casualidad que esta brillante idea es correcta. Pero también es contradictoria e incluso inquietante. Significa que se podría ganar más con los extranjeros que con los conciudadanos. Esta idea erosiona la sensación de pertenencia a la tribu imaginada. Para muchos, esta erosión de la lealtad tribal es amenazante. Y se vuelve más amenazante si se le permite a los extranjeros migrar libremente. ¿Quiénes son estos desconocidos que residen en nuestra casa y comparten nuestros beneficios?, se pregunta la gente. La idea de que la mejor manera para que las sociedades tengan una relación entre sí es a través del comercio mutuamente enriquecedor es la filosofía que valida el Foro Económico Mundial. Destaca el comercio sobre el conflicto y lo que los seres humanos tienen en común sobre lo que los divide.

Es un buen credo. Sin embargo, Theresa May, la primera ministra conservadora de Reino Unido, condena a sus creyentes como “ciudadanos del mundo” que no son ciudadanos de ninguna parte.

El resentimiento que evoca hasta cierto punto se justifica. A quienes les fue bien con la globalización y la transición del poscomunismo no prestaron mucha atención a los que no les fue bien. Pensaron que una marea creciente levantaría a todas las embarcaciones. Prosperaron enormemente, a menudo aparentemente con poca justificación.

Ellos crearon una crisis financiera que devastó su reputación de probidad y de competencia, con terribles resultados políticos. Asumieron que los lazos de pertenencia que significaban tan poco para ellos mismos significaban poco para los que quedaban atrás. No sorprende que quienes encuentran el mundo transformado por el cambio social y económico sucumban ante el nacionalismo agraviado y el proteccionismo.

Sin embargo, la política del resentimiento nacionalista no solo es un surgimiento desde abajo. Es una táctica de quienes buscan el poder. Los detalles de las historias que cuentan estos líderes pueden variar, pero la esencia es siempre la misma. Diferencian a las personas “reales” que los apoyan de los “enemigos del pueblo”. Para ellos, la vida es guerra. En una guerra pueden justificar cualquier cosa.

Su historia justifica convertir la democracia liberal en una dictadura plebiscitaria. En un brillante ensayo, el analista polaco Slawomir Sierakowski explica cómo funciona esto en su país.

El aspirante a dictador califica de caótica a la libertad personal, de ilegítimas a las instituciones restrictivas, de corruptas a las fuentes de información independientes, de engañosos a los extranjeros y de amenazantes a los inmigrantes. Cultivar la paranoia justifica cada paso. El aspirante a déspota necesita enemigos, los cuales siempre son fáciles de encontrar. Mientras tanto, los aspirantes a dictador subrayan que la mayoría está de su parte (aunque no lo esté).

Atacar la idea de unas fuentes de información independientes confiables representa un elemento central en la política de un déspota plebiscitario, como es el caso de Recep Tayyip Erdogan, de Turquía, o de Vladímir Putin, de Rusia. ¿Cómo definen la verdad esos regímenes? La verdad es lo que ellos dicen que es. Así es que el poder determina la verdad.

Esa es una característica de todas las dictaduras, especialmente de las comunistas, como nos dijo George Orwell. Es también lo que cree Donald Trump: la verdad es lo que él considera conveniente hoy.

martin.wolf@ft.com

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