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Domingo , 19.08.2018 / 15:14 Hoy

El "desorden mundial": de Trump al desafío chino

Los gobiernos perdieron el control y la ciudadanía la fe; el populismo reemplaza al patriotismo y prolifera el desdén por las instituciones.

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Se confirmó a Donald Trump como el candidato republicano para la presidencia de Estados Unidos. Recep Tayyip Erdogan, mandatario de Turquía, aprieta el tornillo autoritario después de un fallido golpe de Estado. Decenas de personas murieron en otro terrible ataque terrorista en Francia. Se puede agregar a esta lista el golpe que le dio a la cohesión en Occidente el voto de Gran Bretaña para salir de la Unión Europea y el desafío de Pekín al fallo de un tribunal internacional sobre sus reclamaciones territoriales en el Mar de China Meridional.

Aparentemente todos estos acontecimientos no tienen alguna conexión. Trump probablemente nunca escuchó hablar de la línea de los nueve guiones (las aguas territoriales que reclama Pekín y que abarcan cientos de kilómetros al sur y al este de Hainan) de China. Boris Johnson, secretario de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña, mostró más preocupación por bloquear a los migrantes turcos que por la salud de la democracia en ese país. La masacre de Niza tal vez se debió tanto al estado mental alterado del perpetrador como al proselitismo del autodenominado Estado Islámico. La locura, la maldad, pasarán.

Al ver con más detalle surgen algunos patrones incómodos: el aumento del nacionalismo, las políticas de identidad y el desdén por las instituciones. Los gobiernos perdieron el control, los ciudadanos la fe. La agresividad de la política nacional se derrama sobre el escenario global. Esto no es como el mundo hobbesiano, pero la dirección hacia donde se mueve es evidente.

El populismo de derecha e izquierda en Europa se nutrió con las dificultades económicas que surgieron tras la crisis financiera de 2008 y en los temores sobre el flujo de migrantes que huyen de la guerra y el fracaso del Estado en Medio Oriente y África. Francia tiene el Frente Nacional Islamofóbico; Italia el Movimiento Cinco Estrellas; España tiene Podemos, y, más recientemente, en Alemania está Alternativa Alemania. La fragmentación puso de cabeza el juego de la posguerra de la alternancia entre partidos de centro-derecha y centro-izquierda.

Sin embargo, la nominación de Trump y el voto del brexit son acontecimientos de un orden distinto. Independientemente del resultado de las elecciones de noviembre, Trump se apropió del Partido Republicano y, de acuerdo con las encuestas de opinión, tiene el apoyo de dos quintas partes de los estadunidenses para una plataforma que tiene sus raíces en la xenofobia, el aislamiento, el populismo económico y el antielitismo. Gran Bretaña siempre tuvo su grupo de euroescépticos, pero el voto por el brexit habló del desencanto más general. Se marcó a Bruselas como el autor de la globalización, la migración y la marginación económica.

El candidato republicano dice que le gustaría “golpear” a sus oponentes. Quiere expulsar a millones de migrantes mexicanos y prohibir la entrada de musulmanes a territorio estadunidense. Un fortalecimiento del aislamiento hará que Estados Unidos sea grande de nuevo. Los partidarios de línea dura del brexit prometen construir su muro en el Canal Inglés. En cuanto a Trump, los extranjeros son la amenaza. Gisela Stuart, la parlamentaria del Partido Laborista y defensora del brexit, fue la expresión más clara de la amargura cuando afirmó, equivocadamente, que si Gran Bretaña votaba por permanecer, su preciado Servicio Nacional de Salud se abriría a millones de migrantes turcos.

El credo del populismo reemplaza al patriotismo con el nacionalismo y promueve el desprecio por las instituciones tradicionales. Cualquier persona se hace llamar “experto” está confabulada con las élites. Todo el mundo tiene el derecho a producir sus propios “hechos”. Las grandes empresas, los bancos, la globalización —lo pueden llamar como quieran— son el enemigo de las clases trabajadoras blancas. Otros pasos más en esa dirección nos regresará a la “conspiración judía” de la década de 1930.

No se puede culpar a los electores por sus ansiedades. Muchos tienen quejas legítimas. El capitalismo liberal favoreció a los ricos. El promedio de los ingresos se estancó. Los nuevos titanes del capitalismo global —Apple, Google, Amazon, Facebook— consideran que los impuestos son un una aportación voluntaria. La clase política dirigente se volvió complaciente. Pero las recetas de los populistas —invariablemente divisivos, pesimistas y encerradas en sí mismas— son transparentemente falsas. La presidencia con Trump empobrecerá a Estados Unidos; el brexit hará lo mismo para Gran Bretaña.

Las tensiones no pasaron inadvertidas en otros lugares. Erdogan alguna vez consideró a Europa como el destino de Turquía. Esta semana declaró que el fallido golpe fue “un regalo de Dios” en el esfuerzo para fortalecer su régimen autocrático. Prefiere el capitalismo de Estado a la economía de mercado. Comenzó a hacer las paces con el ruso Vladímir Putin. Europa puede mantener su secularismo, pluralismo y estado de derecho.

El hombre que condujo el camión contra una multitud inocente que celebraba el Día de la Bastilla, en Niza, se comprometió con una forma diferente de política de identidad. Los Estados se dividen en Medio Oriente y Magreb. Se desplazó al nacionalismo secular con el extremismo religioso. El propósito de los ataques terroristas de los yihadistas en Occidente es producir una reacción de los nacionalistas. Y tienen éxito. El Partido Frente Nacional, de Marine Le Pen, puede ser el gran ganador de la indignación por Niza.

El nacionalismo que no suma nada no es propiedad exclusiva del populismo occidental. Al rechazar el fallo del panel de arbitraje sobre la validez de las reclamaciones marítimas, los funcionarios de Pekín dijeron que la opinión pública no va a tolerar ninguna retirada de las reclamaciones de soberanía. Otros pueden entender que China una vez más es una gran potencia que no siente obligada a respetar las normas internacionales que se escribieron antes de su surgimiento.

El otro día escuché a un diplomático occidental describir el desafío de China como una amenaza para el orden de la posguerra. No le falta razón. Entonces oí algunos de los discursos de la convención de Trump en Ohio. Hacer a Estados Unidos grande de nuevo no incluye respetar las leyes internacionales. Por supuesto, una cosa no justifica la otra. Pero juntas nos advierten hacia dónde nos dirigimos.

philip.stephens@ft.com


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