La estética Trump

Los gustos de Donald cambiarán la percepción que se tiene de EU.
“Estados Unidos eligió a un hombre que prometió hacerlo grande de nuevo. Ahora veremos si puede convencer a los estadounidenses de su idea de grandeza. Su presidencia podría depender de eso”.
“Estados Unidos eligió a un hombre que prometió hacerlo grande de nuevo. Ahora veremos si puede convencer a los estadounidenses de su idea de grandeza. Su presidencia podría depender de eso”. (Shutterstock)

La ruta que recorrió Donald Trump del Capitolio de EU a la Casa Blanca después de prestar juramento como presidente el viernes pasado pasa frente al proyecto importante más reciente del magnate: Trump International Hotel.

Dos semanas antes de que rindiera protesta se encuentra desierto: las personas que marcan tendencias lo declararon como una zona vedada después de que comenzara su campaña presidencial con críticas a la migración. Sabemos por su hotel que el “trumpismo” puede ser de alta calidad.

Sabemos por su campaña que puede funcionar. Pero no sabemos si puede marcar moda. Muchas cosas dependen de ello. ¿Cuál será la estética de Donald Trump? Michael Tomasky escribió recientemente que todavía le sorprendía cuando escuchaba que lo describían como “el presidente electo”. Sería igual de sorprendente, describirlo como un artista, pero “The Apprentice”, el programa de Donald que obtuvo altos niveles de audiencia durante 14 temporadas, es un pionero del género.

Varias estrellas de reality shows se han sumado al “trumpismo”. Willie Robertson, del programa redneck “Duck Dynasty”, habló en su favor en la convención republicana, y a Omarosa Manigault, concursante en la primera temporada de “The Apprentice”, le ofrecieron un puesto en la nueva Casa Blanca. Mark Burnett, productor del programa, trabajó en el espectáculo de la toma de posesión.

La estética de Trump tiene un eco en el mundo de la pantalla: los Kardashian -Kim, su distraído esposo Kanye West (un declarado simpatizante de Trump) y Caitlyn Jenner-. Nada de esto hace que Trump sea elegante. No ha tenido más éxito que sus predecesores republicanos en ganarse a las principales estrellas del escenario y la pantalla. Incluso un poco menos.

El fin de semana antepasado, la actriz Meryl Streep deploró en público la supuesta burla que hizo Trump hacia un periodista del New York Times que tiene una mano paralizada, una acusación que él niega. “La falta de respeto invita a la falta de respeto”, dijo Streep. Las nuevas presidencias tienen un enorme impacto cultural. Cambian la forma como se ve a sí mismo EU, y cómo se ve en el extranjero.

Cuando Obama llegó, el número de blancos que escucharon la canción “Dirt Off Your Shoulder” de Jay Z aumentó 10 veces. Los fabricantes de botas vaqueras tuvieron un pico de ventas con George W. Bush. Ronald Reagan hizo aceptable comer Jelly Beans y las mujeres de su administración usaban todas el color de vestido conocido como “Rojo Nancy Reagan”. Brioni hace los trajes de Trump.

La imagen del magnate de 70 años es conservadora: camisas blancas con corbatas de un solo color, rojas, azul real o doradas. Es un hombre con un fuerte sentido del norte verdadero cuando se trata de alta costura.

Le gusta el mundo que existía cuando tenía 20 años. Nunca eliminó las corbatas en los días laborales, ni siquiera en los años en que empezaba la Cumbre del G8 en Enniskillen en 2013, cuando el presidente Obama apareció con un cómodo traje sin corbata como el uniforme oficial de la clase gobernante. Ahí las críticas a su apariencia alcanzaron el punto crítico.

“Los trajes de Donald Trump parecen baratos aunque cuesten miles de dólares”, se leía en un titular. “Puedes decir mucho de alguien por la forma como se viste y cuánto se esfuerza en eso”, concluía. Trump es un producto de su cultura. Es el primer neoyorquino que llega a la Casa Blanca desde los Roosevelt.

Cuando pensamos en la cultura que llevará a Washington, no debemos esperar a “Estados Unidos real”. Los estadunidenses reales votaron por Trump, pero no lo engendraron. Su cultura será alguna variante de Manhattan. Y sin embargo, Trump no es popular entre sus compañeros neoyorquinos. Prefieren a una persona que llegó del medio oeste, Hillary Clinton, por un margen de 79 a 19. Nada de lo que ha hecho últimamente suaviza el desprecio de sus vecinos neoyorquinos. Es como una figura que surge de una canción de Frank Sinatra: un títere, un flautista, un pirata, un poeta, un peón y un rey.

La pregunta crucial es: ¿ser un descastado será una señal de debilidad, una patética incapacidad para entender cómo hacen las cosas las personas inteligentes? ¿O será una señal de carácter y fortaleza? Trump es un inconforme, como en la canción, “lo hice a mi manera”. Nadie tiene una mayor necesidad de ser genial que un populista. EU eligió a un hombre que prometió hacerle grande de nuevo. Ahora veremos si puede convencer a los estadounidenses de su idea de grandeza. Su presidencia podría depender de ello.