¿Ser elegantes? Esa es la peor idea de Trump a la fecha

El protocolo de vestido que quiere imponer el nuevo presidente a su staff parecería contrarrestar el esfuerzo concertado de su gabinete por verse colectivamente mal.
“Puede parecer tonto, pero el vestuario extravagante es un arma formidable: la ropa fea estimula las discusiones alternativas, desvían y se normaliza a la gente”.
“Puede parecer tonto, pero el vestuario extravagante es un arma formidable: la ropa fea estimula las discusiones alternativas, desvían y se normaliza a la gente”. (Ilustración: Shutterstock)

Donald Trump trata de implementar una especie de rigor de sastre en su administración. De acuerdo con información de inteligencia de la Casa Blanca, el presidente cree que su personal debe “tener cierta apariencia” y aspirar a “vestirse elegantemente”. Los hombres deben usar corbata. A las mujeres se les dijo que “se vistieran como mujer”, lo que quiera que eso signifique. ¿Tal vez quiere que se cuelguen por la Casa Blanca y por las ramas de los árboles, usando pieles de la selva como si fueran Jane de Edgar Rice Burroughs?

Al igual que otras de sus órdenes ejecutivas, es previsiblemente decepcionante. Posiblemente equivocado. Uno de los pocos gustos que uno puede encontrar en este nuevo orden mundial es observar lo tan uniformemente caótico y que tan mal juego tienen.

¿Qué mejor forma de disfrazar tu flagrante incompetencia en una conferencia de prensa, que usar una corbata tan espantosa que nadie te escuche realmente? Sean Spicer sabe cómo llegar a los titulares. Los torpes intentos del secretario de prensa de la Casa Blanca para explicar las operaciones militares fallidas que llevaron a la muerte de civiles y un Seal de la Marina tras una incursión en Yemen la semana antepasada, fueron pasados por alto porque la atención se centró en la monstruosidad de rayas diagonales en un horrible color amarillo que estaba atada alrededor de su cuello.

Supongo que la corbata fue un giro de sastre. Llamémosle “Proyecto Ciego”: adormecer a la gente sobre la ineptitud de tus políticas con un guardarropa horrible que haga llorar los ojos. El traje mal ajustado de Donald Trump, la tez color Fanta y el peinado que parecen plumas ya están muy documentados: pero eso se ve casi elegante en comparación con Steve Bannon, que está sin afeitar con su probóscide roja, camisetas manchadas y camisas de botones apretadas.

Tan desaliñado e hincado en cólera es, que parece que exuda un tipo de olor especialmente chauceriano. Al verlo vestido con su camisa de franela en la Oficina Oval, me recuerda a la Historia del Sacerdote de la Monja: “Por el amor de Dios, toma un laxante”. Mike Pence viste con camisas blancas de botones, corbatas de colores eléctricos y trajes azul marino con toda la serenidad de un huevo.

El secretario de Defensa, James Mattis, cadavérico en camuflaje. El Fiscal General, Jeff Sessions, utiliza trajes pequeños con corbatas de reflejos amarillo y puntos rojos: las lleva con la habilidad con la que a menudo se caracteriza un anfitrión. Espero que Trump les indique a las mujeres que sigan a Kellyanne Conway en sus esfuerzos por parecer “como una mujer”.

La consejera del presidente es la estrella indiscutible de este circo de moda: una resuelta exporrista quien, a juzgar por el estado del atuendo de la toma de protesta, inspira su estilo en el oso Paddington en un refugio peruano.

El gusto de Conway es hipnóticamente brutal: una mezcla de chamarras horribles y conjuntos de “aquí estoy” en colores brillantes primarios -citrina, bermellón, sangre- que son un poco tan chirriantes como su grosera retórica. Ella acoge el tipo de glamour de poder femenino que se ve en las chicas del clima y los locutores de noticias: sus vestidos sin manga son testimonio del derecho de la mujer a los brazos desnudos, o en el caso de la chamarra dorada que vistió en la Trump Tower en noviembre pasado, el derecho a parecer una sábana dorada.

Pero el tiempo ha sido cruel con Conway. Una vez se pudo describir como vivaz, las primeras semanas en la oficina la convirtieron en una persona a la que le hace falta dormir, una apariencia devastada con la expresión de un ave de rapiña. No puedo esperar a ver cómo se vestirá más adelante.

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Cualquier cosa sobre “vestir bien” debe ser un esfuerzo concertado, una disposición, para verse colectivamente mal. También debe estar de acuerdo con la evolución (o debería decir transferencia) del estilo del líder mundial. Después de años de una elegante homogeneidad en el escenario político -delgado, traje oscuro, arrogante- ahora vemos que regresa la moda rebelde: piensen en Yanis Varoufakis y su cuero de entrenador de futbol, o en Nigel Farage y su traje de Toad Hall Crombie y corbatas rosas.

Del mismo modo, en las últimas semanas se habló mucho del gusto de la primera ministra británica, Theresa May, por los voluminosos trajes de tartán de Vivienne Westwood. Al igual que sus zapatos de leopardo en los que llegó al poder, May usa los trajes en momentos de vulnerabilidad política y personal, para anunciar su determinación de liderar al partido Conservador, por ejemplo, o presentar la complicada estrategia del Brexit.

Al igual que la corbata de Spicer, el traje de tartán demostró ser un señuelo capaz de llegar a los titulares y ser un distractor de la acción política del día. Puede parecer tonto, pero el vestuario extravagante es un arma formidable: la ropa fea estimula las discusiones alternativas, desvían y se normaliza a la gente. Los sombreros de flores de Conway son horribles, la chamarra de Bannon está sucia, las corbatas de Spicer de plano son odiosas, pero todas ellas arrojan una luz sobre la persona que los usa.

Le dan a su portador una personalidad. Aún más importante, la ropa los humaniza, uno casi podría sentir lástima por Spicer y Bannon. Así que en lugar de insistir en que sus asesores se vistan todos de manera elegante, si yo fuera Donald Trump, les ordenaría a todos mantener las payasadas: corbatas más brillantes, camisas hawaianas, mucho dorado. Vestir como un tonto nunca se vio como algo tan sensato.