Donald Trump se enfrenta a la realidad comercial

Si bien China no podría reemplazar por completo el papel de EU en materia comercial, sí ayudaría a mitigar los cambios que avale el presidente electo.
“El presidente Xi Jinping prometió un nuevo y valiente orden, dirigido por Beijing, que se caracterice por la apertura al comercio y a la inversión”.
“El presidente Xi Jinping prometió un nuevo y valiente orden, dirigido por Beijing, que se caracterice por la apertura al comercio y a la inversión”. (Shutterstock)

¿China podría rescatar la globalización del comercio de su rechazo por parte de Estados Unidos (EU) bajo el gobierno del presidente Donald Trump? ¿Sería posible que la amenaza del liderazgo chino, o la presión de las empresas estadounidenses, convencieran a Trump para que reconsidere los acuerdos comerciales, incluso al Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) del presidente Barack Obama?

La respuesta a la primera pregunta es: solo hasta cierto punto. Aunque quisiera, China no podría reemplazar a un EU comprometido y abierto, pero podría ayudar. En cuanto a las intenciones de Trump, ¿son fijas o negociables?

El presidente Xi Jinping prometió un nuevo y valiente orden, dirigido por Beijing, que se caracterice por la apertura al comercio y a la inversión. El TPP de Obama se diseñó para excluir a China. Ahora, Trump anunció que EU se retirará del acuerdo cuando asuma el cargo. Esto le deja el camino abierto a China para seguir adelante con su alternativa: la Asociación Económica Regional Integral (RCEP, por sus siglas en inglés); 7 de los 12 presuntos miembros del TPP son miembros potenciales de la RCEP.

El señor Xi también les ofrece a los países latinoamericanos acceso a la iniciativa “Un cinturón, una ruta” de China. Sin embargo, existen límites de hasta qué punto China podría reemplazar a EU, y menos aún a Occidente, en el comercio mundial. Si observamos las participaciones del Producto Interno Bruto (PIB) mundial a precios de mercado, una medida aproximada del poder adquisitivo real, la participación de China aumentó de 4% en 2000 a 15% en 2016. La participación de Asia (incluido Japón) es de 31%.

Mientras tanto, EU y la Unión Europea, en conjunto, representan 47% del PIB mundial. Del mismo modo, a pesar de tener un crecimiento rápido, la participación de China en las importaciones mundiales fue solo de 12% durante 2015, mientras que la de Asia fue de 36%. EU y la Unión Europea (excluyendo el comercio dentro de la Unión Europea) todavía representaron 31% de las importaciones mundiales.

Además, esto subestima el papel de las economías de altos ingresos en el comercio mundial en dos aspectos significativos. En primer lugar, gran parte de la demanda final del mundo todavía proviene de estas economías: a precios de mercado, el consumo chino fue aproximadamente una cuarta parte del consumo de EU y de la Unión Europea combinados en 2015.

En segundo lugar, y mucho más importante, el conocimiento que impulsa gran parte del comercio contemporáneo proviene de empresas en economías de altos ingresos. Las empresas chinas todavía no poseen una profundidad comparable de conocimientos que puedan ofrecer.

En su libro The Great Convergence (La gran convergencia), Richard Baldwin, de la Escuela de Posgrado de Ginebra, clarifica la naturaleza del comercio durante la era actual, la “segunda globalización” desde la Revolución Industrial. Su punto central es que el comercio siempre se limita por los costos de la distancia, siendo los costos relevantes los de transporte, comunicación y contacto personal.

Durante la primera globalización, a finales del siglo XIX, la caída de los costos de transporte de bienes impulsó el crecimiento del comercio mundial. Sin embargo, en esa época era imposible separar el proceso de fabricación. Para competir dentro del campo industrial, un país tenía que dominar todas las habilidades necesarias. Como resultado, la fabricación, y con ella los beneficios de las economías de escala y el aprendizaje por medio de la práctica, se concentraron en las economías de altos ingresos.

Por otra parte, los trabajadores modestamente calificados en estos países compartieron gran parte de estas ganancias y como resultado, lograron ingresos e influencia política sin precedentes. Esto ocurrió porque tenían un acceso privilegiado a los frutos del conocimiento que se desarrolló dentro de sus economías.

Hasta hace aproximadamente un cuarto de siglo, la única forma de entrar en este círculo encantado era desarrollar industrias competitivas propias. Esto era difícil: pocos países lo lograron. Pero, durante la segunda globalización, los costos de la comunicación cayeron en tal medida que se pudo desmantelar (o fragmentar) el proceso productivo, lo que ocasionó que la producción de partes y el ensamble final estuvieran dispersos por todo el mundo, bajo el control de los fabricantes o los compradores con el conocimiento relevante.

Tal y como lo indica Baldwin, los trabajadores de Carolina del Sur “no compiten con la mano de obra mexicana, con el capital mexicano ni con la tecnología mexicana como lo hicieron en los años setenta. Compiten con una combinación casi invencible de conocimientos estadounidenses y salarios mexicanos”. El capitalismo nacional se volvió global. Esto también se aplicó a algunas actividades de servicios. La mayoría de las economías en desarrollo no aprovecharon estas oportunidades. Pero algunas lo hicieron, sobre todo, China.