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Sábado , 26.05.2018 / 13:12 Hoy

¿Cuánto cuesta un bosque?

Para frenar el calentamiento global, Noruega pagará mil millones de dólares para salvar los bosques tropicales de Indonesia. Ya lo hicieron en Brasil y funcionó. 

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Pilita Clark

En 2010, Noruega hizo algo increíble para ayudar al planeta: ofreció pagarle a Indonesia -uno de los deforestadores más grandes del planeta- 1,000 millones de dólares (mdd) si accedía a talar menos árboles. Pero el progreso ha sido lento.

Poco después de las 8:30 am de una mañana nevada de febrero, Vidar Helgesen, ministro de clima y medio ambiente de Noruega, sale de su casa en Oslo, para volar al otro lado del mundo hacia la sofocante capital de Indonesia, Yakarta, en un viaje que lo llevará a una parte remota de la selva tropical de Borneo para reunirse con los aldeanos de la tribu Dayak.

Viajará a través de un paisaje lleno de marcas de las minas de carbón y plantaciones de palma de aceite que se extendieron tanto que convirtieron a Indonesia en uno de los mayores deforestadores del mundo, en un año perdieron un área tan grande como 100,000 campos de futbol.

En Indonesia, él es el hombre de los 1,000 mdd, responsable de uno de los intentos más dadivosos del mundo por conquistar uno de los problemas ambientales más perniciosos del planeta: la constante destrucción de sus bosques tropicales. Me uno a Helgesen para ver si puede convencer a Yakarta de hacer más para limitar la deforestación y reducir las emisiones de gas de efecto invernadero que provoca. Por supuesto, esos gases son los mismos que los que emite la quema de combustibles fósiles como el petróleo y el gas en el Mar del Norte que ayudaron a convertir a Noruega en uno de los países más prósperos del mundo.

A la pérdida de árboles le sigue el crecimiento de la población, pero desde 1960 el número de personas en el mundo se disparó de 2,500 millones a más de 7,000 millones, lo que impulsó a una demanda sin igual de madera y, sobre todo, de tierra.

El nivel preciso en el que desaparecen los bosques del mundo es objeto de debate. Pero el problema es peor en las zonas tropicales, donde el crecimiento de la población es rápido.

La deforestación es especialmente grave en dos países: Brasil, hogar de gran parte de la Selva Amazónica, la selva tropical más grande del mundo; e Indonesia, la decimosexta economía más grande del mundo y uno de los seis mayores emisores de gases de efecto invernadero.

En 2008, en medio de los crecientes llamados para emprender acciones y con pocas señales de una solución, Noruega hizo algo sin precedentes. El gobierno de Oslo declaró que le daría a Brasil 1,000 mdd si dejaba de talar tantos árboles. En 2010, también le ofreció 1,000 mdd a Indonesia.

La tasa de deforestación de Brasil cayó de manera tan impresionante que le acaban de pagar el dinero prometido. Pero los avances en Indonesia son tan preocupantes que Oslo solo entregó 60 mdd, lo que creó dudas acerca de si los esfuerzos más magnánimos para frenar la deforestación pueden tener éxito, y también aumentó la preocupación sobre el cambio climático.

Antes de reunirme con Helgesen, visité a Lars Løvold, director de Rainforest Foundation Norway, uno de los grupos que recibe el crédito por hacer que Oslo prestara atención en los árboles. Le pedí que me explicara tal generosidad. Dijo que se produjo después de la publicación en 2006 de un influyente estudio sobre los factores económicos del cambio climático, de Nicholas Stern, un economista británico que sostiene que pagarle a los países en desarrollo para que de tengan la deforestación tropical puede ser una de las formas más rentables para enfrentar el calentamiento global.

Nadie creyó que fuera verdad, pero lo fue. Y por eso Helgesen se prepara para salir en su viaje exótico. “Lo que está en juego es muy alto en Indonesia”, dijo. “Si Indonesia puede salvar sus bosques, aumentará fuertemente la probabilidad de salvar el clima mundial”.

Hubo señales de progreso, reconoció, refiriéndose a medidas como la suspensión en 2011 de nuevas licencias que le permitieran a las empresas despejar los bosques naturales, una de las fases preparatorias que Yakarta acordó realizar bajo el acuerdo de los 1,000 mdd con Oslo.

Hay al menos dos cosas importantes que un país tiene que hacer para frenar la pérdida de bosques: aprobar las leyes necesarias para proteger los árboles relevantes y después asegurarse de que se cumplan rigurosamente esas leyes. Brasil estaba en camino de hacer las dos cosas unos años antes de que se materializara la oferta de los 1,000 mdd de Noruega.

Algo importante es que Brasil también tiene a BNDES, el enorme banco brasileño de desarrollo que administra el Fondo de la Amazonia, que recauda dinero para ayudar al país a proteger sus bosques: Oslo está feliz de poner su dinero allí.

Se tenía previsto un fondo similar para Indonesia en 2010, y el ministro de finanzas trabaja en su diseño, pero todavía se tiene que establecer el fondo y la razón de la demora es revelador.

Aún prevalece una mancha de la época de Suharto, un hombre al que Transparencia Internacional alguna vez nombró uno de los líderes más corruptos del mundo. A pesar de los años de esfuerzos para erradicar la corrupción y fortalecer las instituciones políticas del país, la influencia de las ricas élites empresariales se mantiene como una fuente de preocupación, y algunos invirtieron sumas considerables en el sector forestal del país.

“De eso no tiene la culpa Noruega, es nuestra”, dijo Kuntoro Mangkusubroto, alto funcionario de la oficina del anterior presidente Susilo Bambang Yudhoyono y que dirigió un equipo de trabajo para llevar a cabo el plan forestal de Noruega. “Conozco muy bien este país y el enemigo número uno es la corrupción. Al momento en que me convertí en el líder del equipo le dije al embajador noruego ‘por favor, permítame no recibir su dinero antes de asegurarme que no se utilizará mal”.

El problema, dijo Mangkusubroto, era que si el dinero se terminaba tratando como parte del presupuesto nacional, los políticos y el parlamento de Indonesia podrían insistir en que fuera para consultorías o compañías en donde tienen intereses. “Es el juego que juegan. No lo iba a permitir”.

Brasil también tiene problemas de corrupción, pero como explicó Per Pharo, también tiene instituciones que actúan para garantizar que se obedezcan las leyes forestales. En Brasil, “si violas la ley el riesgo de castigo es muy real. En Indonesia, ese proceso apenas empieza a suceder”.

Casi a medio camino en el viaje de Helgesen a Yakarta se reúne con la ministra a cargo Siti Nurbaya Bakar. Después de que terminó la reunión, le pregunté por qué pensaba que el progreso era lento. Me respondió que ella y el presidente tienen un amplio conocimiento de los problemas ambientales y forestales, y se comprometieron a que tuviera éxito el plan que respalda Noruega. “Pero todavía, como país en desarrollo, tenemos un reto muy grande”, dijo, y señaló que enfrenta serios niveles de pobreza y demandas de infraestructura económica.

El viaje a Borneo

La isla de Borneo es hogar de algunas de las últimas zonas selváticas vírgenes de Indonesia y de uno de los grandes simios con mayor riesgo de extinción en el mundo, el orangután. También es el país de la palma de aceite, el cultivo que simboliza la destrucción de los bosques de Indonesia. Las plantaciones se extienden más allá del camino y hacia el horizonte.

La popularidad del aceite de palma es comprensible. Es resistente, barato para cultivar y tiene un gran rendimiento en comparación con otras semillas oleaginosas. La cantidad de tierra que se usa para el cultivo de las palmas de aceite aumentaron más del doble desde 2001, a cerca de 10.8 millones de hectáreas, lo que creó una fuente de ingresos vital para las exportaciones y una industria que proporciona cerca de aproximadamente cuatro millones de empleos.

Pero la cantidad de bosques que se arrasaron para su cultivo hizo que las empresas de palma de aceite fueran el blanco de las críticas de Greenpeace y otros defensores del medio ambiente por el daño que causaron.

Aunque el plan de 1,000 mdd de Noruega se enfoca al gobierno nacional de Yakarta, Oslo también financia organizaciones no gubernamentales para fomentar a los pueblos a usar el bosque de manera más sustentable. Entre las organizaciones se encuentra The Nature Conservancy, con sede en EU, que trabaja en Merabu para ayudar a los pobladores a tener un camino de crecimiento más verde, y llevan rápidamente a Helgensen a un recorrido para ver los frutos de su labor.

Hay un pequeño rancho ganadero, jardines de vegetales y algunos planes ambiciosos para convertir a Marabu en un destino de ecoturismo. Un viaje en bote río arriba la siguiente mañana revela una gran cantidad de impresionante selva tropical que puede atraer a los turistas aventureros.

Pregunto a Vidar Helgesen si puede imaginar el momento en el que Indonesia deje de talar gran parte de sus bosques y, si bien hay muchas señales alentadoras de un cambio desde que Noruega hizo su oferta de 1,000 mdd, queda claro que incluso una suma tan grande no va a detener la deforestación en el corto plazo.

Para mi sorpresa, resulta ser un optimista. Habló sobre la “enorme complejidad de Indonesia” y el hecho de que “los políticos en Yakarta son desordenados”, pero todavía siente que hay oportunidad. El esfuerzo noruego logró avanzar. Solo es cuestión de unos años más, dijo.

“Pasamos seis años en esta alianza sin llegar a la meta”, dijo. “En dos años más realmente lo haremos. Es una cuestión crítica para Indonesia, pero también para el clima mundial”.


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