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Jueves , 19.07.2018 / 18:40 Hoy

Capitalismo y democracia en divorcio

El primero se vende al mejor postor en cualquier parte del mundo, mientras que el segundo es incluyente, desea que todos participen y es celosamente local.


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Martin Wolf

La democracia está en recesión. Después de extenderse por el mundo entre la década de 1970 y principios de los 2000, ahora está retrocediendo. También retornó la creencia de una economía liberal global. ¿Existe una conexión entre las dos? Sí. La democracia y el capitalismo están casados; sin embargo, a menudo es una unión turbulenta. En la actualidad pasan por un momento difícil.

Larry Diamond de Hoover Institution propuso la idea de una “recesión democrática”. Roberto Foa de la Universidad de Melbourne, y Yascha Mounk, de Harvard, se refirieron a la “desconexión democrática”, al señalar una deprimente pérdida de fe en la democracia en Estados Unidos (EU) y Europa.

En su último informe anual, Freedom House señala que “un total de 67 países tuvieron disminuciones netas en los derechos políticos y libertades civiles en 2016, en comparación con 36 que registraron aumentos. Esto marcó el decimoprimer año consecutivo en el que las disminuciones superan las mejoras”.

Por su parte, la elección de Donald Trump como presidente de EU demuestra una hostilidad al comercio liberal. La hostilidad posterior a la crisis hacia Wall Street y las finanzas globales de flujo libre también es fuerte, tanto en la derecha como en la izquierda. La oposición al movimiento de personas está extendida.

El número de regímenes autocráticos llegó a su punto máximo al sumar 89 en 1977. Después, el número de autocracias se derrumbó, ya que la Unión Soviética cayó y las fallas de las dictaduras se volvieron más evidentes. Desafortunadamente, desde 1990, cerca de 50 estados han sido “anocracias”, es decir, políticamente caóticos.

El número de estados teóricamente soberanos tuvo un fuerte aumento, sobre todo, desde 1945. Así que es sensato centrarse en la proporción de los regímenes del mundo que son democráticos. También es posible relacionar esta proporción a la relación entre el comercio mundial con la producción. (No es coincidencia que otras medidas de la globalización —movimiento de personas y capitales— se relacionan estrechamente con el comercio).

Esta correlación, aunque dista de ser perfecta, está bastante cerca. A finales del siglo XIX y principios del XX hubo un periodo de globalización y democratización. Las décadas de los 20 y los 30 fueron, al contrario, un periodo de desglobalización y desdemocratización.

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Las décadas de 1950 y 1960 fueron un periodo de estabilidad irregular en ambos frentes (ya que la apertura de las economías de los países de altos ingresos se compensaba con el cierre de las economías de los nuevos independientes).

La globalización volvió a surgir en la década de 1970 y le siguió una democratización. Además de la globalización, otro potente indicador de democratización fue la victoria de las democracias en las guerras mundiales y la Guerra Fría. A esas victorias les siguió un aumento en el número de democracias.

En resumen, la Revolución Industrial al final llevó a una revolución política, de la autocracia hacia la democracia. Además, los periodos de globalización se asociaron con la propagación de la democracia y periodos de desglobalización con el retroceso.

Esto no es sorprendente. Como argumentó Benjamin Friedman, de Harvard, los períodos de prosperidad fortalecen la democratización y viceversa. Desde 1820, los ingresos reales per cápita en el mundo aumentaron 13 veces más en los países de altos ingresos. A medida que avanzaban las economías, las personas necesitaban educación. Ese tipo de cambios y la movilización masiva para la guerra industrial fortalecieron las demandas para la inclusión política.

Al contrario, las crisis financieras que destruyeron la globalización en la década de 1930 y la perjudicaron después de 2008, llevaron a la pobreza, la inseguridad y a la ira. Ese tipo de sentimientos no llevan a la confianza necesaria para una democracia saludable. Por lo menos, la democracia requiere de la confianza de que los ganadores no usarán su poder temporal para destruir a los perdedores. Si la confianza desaparece, la política se vuelve tóxica.

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El vínculo no solo es empírico. La democracia y el capitalismo se sustentan en un ideal de igualdad: todos pueden participar en la toma de decisiones políticas y hacer lo mejor que pueden en el mercado. No hace mucho tiempo estas libertades fueron revolucionarias.

Sin embargo, también existen conflictos profundos. La política democrática depende de la solidaridad; los capitalistas no se preocupan por la nacionalidad. La democracia es local; el capitalismo es esencialmente global. La política democrática se basa en la igualdad de los ciudadanos; al capitalismo le preocupa poco la distribución de la riqueza. La democracia dice que todos los ciudadanos tienen voz; el capitalismo, por mucho, le da a los ricos la más fuerte. Los electores desean algo de seguridad económica; el capitalismo se inclina por el auge y el estallido.

El objetivo, ahora, debe ser manejar el capitalismo para que soporte la democracia y manejar la democracia para que pueda hacer que funcione mejor el capitalismo global para todos. En la actualidad, hacemos un desastre de matrimonio. Debemos hacerlo mucho mejor.


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