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Martes , 18.09.2018 / 20:50 Hoy

Ban Ki-Moon: “Soy un chivo expiatorio fácil”

Mientras almuerza en Nueva York, el secretario general de la ONU habla de todo: los refugiados, los trámites burocráticos y su trayectoria

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El jefe de Naciones Unidas (ONU), de traje color azul oscuro, camisa blanca y corbata azul claro con un clip de la ONU, se desliza a la sala de espera en la sede de la organización en Nueva York.

Ban Ki-Moon, de 71 años, acaba de hablar por teléfono con el primer ministro británico, David Cameron, para rogarle, “como un importante líder de Europa”, que acepte más refugiados de Siria.

Este tema afecta al corazón de Ban: hace 65 años, cuando era niño en Corea, tuvo que abandonar su casa cuando su pueblo quedó en medio de la guerra. Desde entonces siente afinidad con las víctimas de la violencia. “Tenía seis años”, recuerda. “Tuve que huir cargando con mis cosas sobre la espalda. Era muy difícil encontrar comida. Lloraba mucho, y no sabía lo que pasaba”.

Me mira a los ojos. “No era realmente un refugiado”, agrega, al hablar con la precisión de alguien que pasó horas estudiando definiciones jurídicas. “Era un desplazado. Pero para nosotros la bandera de la ONU era un protector”.

Cuando era un niño, Ban idealizaba a las Naciones Unidas como “¡un faro!” Pero en la actualidad, mientras se prepara para celebrar su 70 Asamblea General, en donde reunirá a los representantes de los 193 países que la integran, la organización parece más un gigante, y Ban, secretario general desde 2007, aprendió los crueles límites del poder político.

Ban presiona a los líderes europeos a que hagan frente a la crisis de los refugiados sirios. “Cameron me dijo que el Reino Unido aceptará 20 mil más. También le llamé a AngelaMerkel, Françoise Hollande, ¡a todo el mundo!”

Pero la organización se convirtió en un desastre: tiene 15 agencias especializadas, 12 fondos diferentes, y un secretariado que empleó a más de 40 mil personas, con un costo de 5 mil 500 millones de dólares (mdd) en 2014-15. Además, todos los miembros tienen un voto igual y los cinco miembros del Consejo de Seguridad, el círculo íntimo de la ONU, -Estados Unidos (EU), China, Rusia, Francia y Gran Bretaña- tienen derecho de veto. Eso deja a la institución en una parálisis.

Me hace un gesto para que lo siga al último piso del rascacielos de la ONU: un pequeño comedor oficial con una vista espectacular de Manhattan. Los meseros aparecen y presentan el primer platillo en platos con el logotipo azul.

Le pregunto por qué quiso ese trabajo. Me explica cómo, después de que su familia escapó a la ciudad de Cheongju, reinició su educación. “La UNESCO y la UNICEF proporcionaban libros de texto, juguetes y lápices, y papelería”, dice. Fue el mejor en su escuela y, a los 17 años, la Cruz Roja lo eligió para una delegación para la paz en EU. Eso lo llevó a la Casa Blanca, donde conoció a John F. Kennedy. “Estaba el apogeo de la guerra fría, pero recuerdo que el presidente dijo: ‘a pesar de que los gobiernos no se llevan bien, ustedes, los jóvenes, pueden ser buenos amigos, no hay fronteras nacionales’”.

La experiencia dejó a Ban con la determinación de ser diplomático. Por cuatro décadastrabajó en misiones desde la India hasta Austria, estudió en la Escuela Kennedy de Harvard y, en 2004, fue ministro de relaciones exteriores de Corea del Sur. Su maniobra más sorprendente fue en 2006, cuando la gestión del carismático ghanés, Kofi Annan- terminó. Ban lanzó su candidatura. Su perfil era bajo, sus posibilidades también, pero visitó a las partes claves.

¿Qué ha logrado? “Es muy difícil decir algo sobre mí. Deben ser los historiadores y los estudiosos quienes lo digan”. Lo presiono de nuevo y explica que intentó limpiar las operaciones de la ONU. La gestión de Annan recibió golpes por escándalos como la saga de “petróleo por alimentos”.Ban obligó a altos funcionarios de la ONU a revelar sus activos financieros, implementó evaluaciones de desempeño, y despidió a Babacar Gaye, ex director de la misión de paz en la República Centroafricana, cuyas tropas fueron acusadas de agresión sexual.

Pero, ¿su la influencia en el mundo? “El cambio climático” dice. “Cuando llegué el cambio climático no era entendido. Como una forma de crear consciencia viajé desde la Antártida y hasta el Ártico. Cuando fui al Ártico me apoyó el gobierno noruego y tomamos un buque rompe-hielo por 11 horas. El espesor del hielo que tenían que golpear, ¡boom! Hace dos años fui a Groenlandia, con la primera ministra de Dinamarca, HelleThorning-Schmidt y vi como caían los pedazos de hielo: ¡boom! Para mí es muy importante sonar la alarma sobre el cambio climático”.

Las pláticas y viajes tuvieron resultado: el año pasado, EU y China firmaron un acuerdo internacional sobre el cambio climático y este año pondrá en marcha una iniciativa de 100 mil mddpara ofrecer asistencia tecnológica a los países pobres y reducir sus emisiones. “Si todo sale mal, me convertiré en el chivo expiatorio -bromeamos que “SG”, o secretario general, ahora quiere decir ‘scapegoat’ (chivo expiatorio)”.

Le pregunto qué es lo que más satisfacción le da su papel. “Cuando voy a los campos, y acabode estar en Jordania, Turquia, Irak, Somalia, Nigeria y otros lugares que no puedo nombrar, siempre les digo a los jóvenes: ‘¡No se desesperen! Alguna vez estuve como ustedes’”.

Admite que le horroriza la miseria de los campos de refugiados, sobre todo el aire depermanencia. En la década de los 50, ser un “refugiado” era temporal, en la actualidad más de 60 millones de personas quedaron desplazadas y muchos quedan en un limbo interminable.

“Los niños de hoy piensan que los campos son todo su mundo. Me pregunto: ¿cuál será el futuro para esos niños?”, su voz se apaga. No tiene una respuesta clara, tampoco la ONU. Pero sé que, cuando acabe el almuerzo, Banvolverá a trabajar y a tomar el teléfono, intentará convencer a los líderes del mundo de actuar. Si sólo lo escucharan.


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