Rousseff y Collor de Mello, hermanados por señalamientos

Sorprende a los brasileños la eventual participación del ex presidente en el mayor escándalo de corrupción en Petrobras.
El ex presidente brasileño.
El ex presidente brasileño. (AP)

Sao Paulo

En octubre pasado, cuando acusaron por primera vez al director de finanzas de la campaña de Dilma Rousseff de recibir sobornos relacionados con Petrobras, la presidenta brasileña participaba en un mitin en el estado de Alagoas, al noreste del país. En el escenario, al lado de ella se encontraba el ex presidente Fernando Collor de Mello.

Cuando se realizó un juicio político a Collor de Mello con base en las acusaciones de corrupción, el partido de Rousseff, el de los Trabajadores (PT) estuvo en la primera línea de las enormes manifestaciones públicas donde se demandó su destitución. Pero ahora que el escándalo de Petrobras amenaza con tragarse a su gobierno, Rousseff y Collor de Mello —ahora senador y un aliado improbable del PT— encuentran que sus destinos se relacionan de manera estrecha.

Con la acusación formal de los fiscales federales contra Collor de Mello de aceptar millones de dólares en sobornos de Petrobras, el ex presidente y Rousseff aparecen ante los ojos del público como coacusados en el mayor escándalo de corrupción del país.

Pero más allá de eso, los brasileños también examinan de nuevo muy de cerca la experiencia del juicio político contra Collor de Mello para ver si quieren pasar por la misma ruta con Rousseff 23 años después.

"Fuiste elegida legítimamente", se informó que Collor de Mello le dijo a la presidenta este mes. "Pero yo también".

En medio de las revelaciones del escándalo de Petrobras, en el que los fiscales creen que hay 2 mil millones de dólares en sobornos, la participación del ex presidente es una de las más sorprendentes. Es como si Richard Nixon hubiera logrado que lo eligieran senador dos décadas después del escándalo de Watergate, solo para que después lo atrapen al intervenir las oficinas del Partido Demócrata de California.

En el caso del juicio político contra Collor de Mello en 1992 se involucró a la Casa da Dinda, la mansión en Brasilia donde decidió vivir cuando era presidente en lugar de la residencia oficial. Acusaron a un colaborador cercano de solicitar a las empresas 2 millones 500 mil dólares en sobornos para pagar las reparaciones y un jardín oasis con ocho cascadas.

En julio, la policía federal allanó la misma casa, donde ahora como senador vive de nuevo el ex presidente, y confiscó tres automóviles de lujo. De acuerdo con una acusación que emitió la fiscalía federal la semana pasada, los coches se pagaron con parte de los 26 millones de reales (7 mdd) de los sobornos que recibió Collor de Mello en el esquema de corrupción de Petrobras.

Collor de Mello niega airadamente esos cargos, y acusó a las autoridades federales de crear una atmósfera de "terror y persecución".

Incluso si Collor de Mello no estuviera en los titulares, el escándalo de Petrobras todavía traería poderosos recuerdos del juicio político de 1992. En ese entonces, como ahora, la crisis política y la económica se alimentan una de otra. El índice de aprobación de Rousseff —de 7.7 por ciento— es evidencia de un nivel similar del profundo desencanto popular.

Por el temor de que una parálisis política lleve al estancamiento económico para los últimos tres años del segundo mandato de Dilma Rousseff, algunos sectores de la clase dirigente de la economía están ansiosos por encontrar una forma de reactivación.

Un empresario de Sao Paulo señala que el juicio político para Collor de Mello no solo alivió la intensa presión dentro en el sistema político, también ofreció un telón de fondo para realizar importantes reformas económicas, en especial para el Plan Real, que terminó con la hiperinflación.

En cierto sentido, la situación de Rousseff es todavía más precaria. Principalmente los medios fueron los que tumbaron a Collor de Mello cuando recibieron la ayuda de una entrevista explosiva que su hermano Pedro dio a Veja. Sin embargo, el escándalo de Petrobras se impulsa por una agresiva generación de fiscales y jueces que tienen mucho más poder.

Pero también hay grandes contrastes con el juicio político de 1992. A diferencia de la evidencia sobre las reparaciones en la mansión del ex presidente, hasta el momento no hay revelaciones que puedan relacionar personalmente a Rousseff con los sobornos. Y, más importante, hay poco consenso entre la élite económica, política y los medios sobre cómo resolver la crisis actual, pues hay una enorme ansiedad sobre las consecuencias de un nuevo juicio político.

Una editorial en el Folha de S Paulo de esta semana argumentó que el juicio político es una medida "traumática", especialmente si se realiza dos veces en tres décadas. "En teoría, Brasil ya dejó la fase de república bananera".

Joao Augusto de Castro Neves, analista para Brasil de Eurasia Group, dice: "Ella (Rousseff) está al borde del abismo y seguirá allí. Pero nadie está dispuesto a dar el empujón".

* * *

2,000 mdd
Cifra a la que ascienden los sobornos en el caso Petrobras, según los fiscales

7.7%
Aprobación al gobierno de Dilma Rousseff, según una encuesta publicada en julio en Brasil