Hospitalidad sabor chocolate

En la isla de Santa Lucía existen 14 cabañas donde los huéspedes disfrutan todas las delicias del cacao, desde la plantación hasta el spa.

Santa Lucía

Tengo dos días en Santa Lucía, como, bebo, huelo, toco, hago e incluso cultivo chocolate en Boucan, un complejo turístico propiedad del fabricante y tienda de chocolates británica Hotel Chocolat. Así que encontrarme con pedazos del material entre mis dedos y bajo mis brazos, como parte de un tratamiento de exfoliación- no parece remotamente inapropiado.

La empresa empezó hace 20 años, con la venta de chocolate por correo, y en 2004 empezó a abrir tiendas de nombre Hotel Chocolat, no porque planeara ingresar en la hotelería sino porque el cofundador, Angus Thirlwell, revisaba en una pila de discos y por casualidad salió Hotel California. (Ahora hay 83 tiendas, cafés y restaurantes en todo el Reino Unido y Dinamarca).

En 2006, Thirlwell compró la plantación de cacao de 250 años Rabot en Santa Lucía y de esa manera tomó el control de toda la cadena de producción. Entonces, hace tres años, después de inspirarse bebiendo ron en el porche de la antigua finca, abrió un hotel allí, donde prometía a los huéspedes las vacaciones más achocolatadas de su vida. Incluso esto sonaba mal. El chocolate es algo para clima frío; no es algo que se te antoje en el ecuador; en el calor se derrite.

Sin embargo, a pocos minutos de que llegué al hotel, empecé a reordenar mis pensamientos sobre el chocolate. Colocaron en mi mano un cacao bellini, una mezcla de champaña y la pulpa blanquecina que llena el interior de la vaina. Sabe un poco a lichi y es una bebida más sabrosa que la empalagosa papilla que le dan a los turistas en el Bar de Harry en Venecia. Le di un sorbo y admiré la vista de la más pequeña y puntiaguda de las dos montañas Piton, que se muestra en cualquier postal de la isla. El chocolate caribeño me gustó, después de todo podría ser bastante agradable.

Mi cabaña, una de sólo 14, era un templo dedicado al cacao. Había una jarra de galletas de chispas de chocolate caseras, jabón de manos de cacao, e imágenes artísticas de los granos del cacao en las paredes. Las únicas dos cosas que no eran achocolatadas era la vista de Piton desde mi balcón, ahora adornada con cúmulos de nube color carmesí.

A la mañana siguiente en el desayuno, me reanimé con un té de chocolate, un estimulante curiosamente sin azúcar. Después del desayuno era momento para la experiencia del "árbol a la barra", dirigida por Cuthbert Monroque, el agrónomo de la finca. Aprendimos cómo crecen los árboles de cacao (cerca del ecuador, con agua abundante y con la protección de otros árboles), cómo se ven las vainas cuando maduran (algunas se ponen de color rojo y otros de amarillo) y cómo tomarlos (los tuerces). Los granos se fermentan y se secan en grandes bandejas en el sol, donde ocasionalmente se asomaban un par de mujeres lugareñas que cargan grandes rastrillos.

Junto a los granos que se secaban están los invernaderos donde brotan las plantas más fuertes, como identifica un equipo de la Universidad de Reading, son injertan en el rizoma. La idea es que cada huésped del hotel injerte su propio árbol, que después se plantará en la propiedad de 56 hectáreas.

Terminamos con el árbol, era hora para las barras. Esto se trataba de golpetear plumas de chocolate por una cantidad inconcebible de tiempo en un mortero caliente, después agregar manteca de cacao y azúcar. Después de mucho golpeteo más, esto se convierte en chocolate derretido listo para vertirse en moldes del tamaño de una barra. Hundí mi dedo en lo que hice, e instantáneamente me convertí en un snob del chocolate. Prometí evitar los KitKats para siempre. Nada debajo de 75% de cacao pasará por mis labios nuevamente. El chocolate no era empalagoso ni grasoso. Uno puede vivir con él.

En la cocina -abierta para que todo el mundo vea- los chefs agregan chocolate a casi todo. Las plumas de chocolate en mi tarta de pescado estaban crujientes, el chocolate amargo debajo de mi filete de atún era raro pero en el buen sentido.

Phil y Judy Buckley cuidan a los huéspedes, o más bien, Judy cuida de ellos mientras Phil, el Willy Wonka de la operación, explica acompañado de una bebida cómo Hotel Chocolat revivió y le dio una nueva identidad al chocolate en la isla, al ofrecerle a los agricultores mayores precios.

Para los que tienen más energía, también pueden escalar la más grande de las dos Piton, un viaje de tres horas en una escalera de raíces tropicales. La ventaja: las vistas. La desventaja: mis piernas quedaron casi inservibles en los siguientes dos días.

Sin embargo, esto no importó ya que las emociones que no involucraban chocolate eran sentarme en mi trasero en el bote del hotel. Mientras deambulaba en el Caribe, encontré que no sólo me había transformado en una conversa al chocolate amargo más fino.

De regreso a la oficina en Londres en el frío húmedo, saqué de mi bolso la barra de chocolate que hice. era un poco arenosa y el sabor no era más el de un torpe novato que el de una estrella de rock. Mordí pequeños pedazos, amé el sabor amargo fragante, y deseé fervientemente volver a estar bajo Piton.

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Lucy Kellaway fue huésped del Hotel Chocolat (hotelchocolat.com) que ofrece un paquete de cuatro noches, que incluye desayuno, a partir de 672 dólares por persona (con dos personas compartiendo una habitación).