"La política no es una batalla medieval" comenta el asesor de Vicente Fox

Asesor de los expresidentes latinoamericanos Vicente Fox y Ricardo Lagos, dice que su breve experiencia en la administración pública le enseñó que la política no tiene límites. 
Roberto Mangabeira Unger
Roberto Mangabeira Unger (Cortesía de Roosewelt Pinheiro )

Brasil

Es uno de los últimos días del verano y el sol calienta agradablemente cuando abro la cerca de la casa de Roberto Mangabeira Unger en Cambridge, Massachusetts, y atravieso su jardín. Hace dos años subió un video en YouTube que recibió muchas vistas y en el que reprendía a Barack Obama, su antiguo alumno en Harvard, por haber rescatado Wall Street. Decía que Obama no merecía un segundo periodo de gobierno.

Para sus seguidores de izquierda, Unger es un visionario incansable. Algunos líderes mundiales que se han inspirado en la teoría de este fértil filósofo son Ed Miliband, el líder del partido laborista británico, Vicente Fox y Ricardo Lagos, expresidentes de México y Chile. Abarca muchos temas pero en esencia sus ideas son un llamado apasionado para dejar de pensar  todo en términos de economía y finanzas, lo que él llama “la dictadura de la falta de alternativas”. En lugar de eso, Unger insiste en la necesidad de cambiar el enfoque hacia lo que realmente importa, el espíritu humano. Sus críticos, no todos de la derecha, se burlan de él porque lo consideran un romántico ridículo.

Sin embargo, lo que lo hace particularmente interesante es que es también un político ocasional. Brasileño de nacimiento, en 2007, Luiz Inácio Lula da Silva, entonces presidente de Brasil, lo invitó a trabajar como ministro de asuntos estratégicos, a pesar de que Unger acababa de criticar a ese gobierno como “el más corrupto de la historia de Brasil”. Unger estuvo dos años en el puesto.

De entrada Unger rechazó la invitación al almuerzo argumentando sencillamente que era “demasiado torpe y formal para esas cosas”. Pero aceptó recibirme en casa ya que eso daría lugar a una conversación más profunda. Sus libros no son fáciles. Se hizo famoso con una obra de tres volúmenes, Política: un trabajo sobre la teoría de la construcción social en 1987.

Me recibe en el porche, que están lleno de recipientes para reciclaje. Dentro de la casa tiene impresiones en las paredes de Brasil colonial, y alteros muy bien ordenados del viejo suplemento literario del Times en el corredor.

“Primero lo primero, “ dice. “Hay que decantar el vino”.

A pesar de su reticencia inicial, Unger se muestra impaciente por empezar. Así es que le pregunto sobre lo que va a pasar en Brasil. Unger empieza a soltar frases como las que diría en su atril. Durante la última década, dice, Brasil ha tenido enormes ventajas. Mayores salarios, crédito al consumidor y la política social del Partido del Trabajo de Lula y Rousseff que ha logrado que 30 millones de personas se integren a la clase media, una gran transformación para un país de 200 millones de habitantes. Brasil también logró un “un avance en su imaginación” al librarse de su sentido de inferioridad. “Se acepta a sí mismo”, dice.

El problema está en la oferta. El boom de la materia prima china de la última década creó una ilusión de prosperidad que permitió a Brasil seguir una “estrategia de evasión”, cuyos límites comienzan a aparecer. La economía está en recesión y el año pasado Brasil vivió protestas masivas en sus calles.

“El país responde con su potencial de frustración”, dice. Los brasileños, especialmente su nueva clase media, “necesitan verse como agentes económicos y productores, no sólo como beneficiarios de los programas sociales”, dice molesto.

Este tipo de críticas no son comunes en un pensador que goza de fama entre la gente de izquierda. “Aquí es donde uno debe romper con el discurso neoliberal”, insiste. “Creo que se necesita una innovación radical en los acuerdos institucionales de la economía de mercado”.

Esto es un clásico de Unger: provocador pero escurridizo. En sus libros critica el neoliberalismo porque es “economía norteamericana de segunda mano y ciencia social”. Sin embargo, también se muestra desconcertado con la izquierda tradicional, con ambas, “las versiones autoritarias desastrosas y la socialdemocracia bien portada de Europa”. Entonces le pregunto que qué propone. Unger responde con una pregunta que se hace a sí mismo. La imaginación actual sigue dos caminos. Están aquellos que se consideran radicales, que creen en dogmas y prototipos, y que fantasean peligrosamente y son revolucionarios. Y está la mayoría, comprensiblemente desilusionada de este pensamiento, que cree que lo único que queda es salir del paso y obtener avances marginales en bonos y eficiencia.  Yo estoy totalmente en desacuerdo con esta división porque soy un radical, y sin embargo no creo en dogmas ni prototipos”.

De aquí llega a Thomas Piketty, el famoso economista francés autor de El capital en el siglo XXI. Unger dice que el libro “toca la llaga de la desigualdad” aunque eso es lo único que hace. “Su defecto es que no propone nada sobre la forma de cambiar las instituciones que producen la desigualdad; se limita a corregir el mercado por medio de una redistribución retrospectiva compensatoria (es decir, impuestos). Mi idea, dice “es cambiar el mercado mismo”.

Este es un punto radical: pero ¿qué cambia, y cómo? Cita a Hobbes, Marx y Mill. Hace una lista de las redes de pequeños negocios en el norte de Italia y Alemania del sur como ejemplos exitosos de “la era industrial post Ford”. Subraya la importancia de la educación.

La política y el intelecto siempre fueron valorados en la familia de Unger. Nació en Río de Janeiro en 1947 pero creció en Nueva York con su madre brasileña, y poeta, que le leía La república de Platón cuando tenía ocho años. (Unger recuerda que era la traducción de Benjamin Jowett que se publicó póstumamente en 1894). Cuando su padre, un exitoso abogado germano-americano, murió de un infarto en 1958, la familia regresó a Brasil. Allí, Unger aprendió portugués y desarrolló su segundo amor, la política, que cultivó junto con su carrera académica: estudios de posgrado en Harvard en 1969 y, posteriormente, profesor de tiempo completo. Unger ha permanecido en “este jardín” desde entonces, con algunas incursiones en la política brasileña.

Como inspiración, Unger tuvo a su abuelo materno, Octávio Mangabeira, un profesor de astronomía que lanzó su propia carrera política con un discurso en el que explicaba que el cometa Halley no traería el fin del mundo. Octávio fue ministro del exterior en la década de los 20, hasta que la dictadura de Getúlio Vargas lo envió al exilio.

La carrera política de Unger ha tenido menos éxito. Y en Sao Paulo se le considera un extraño exótico que hace campaña con un portugués con acento de extranjero. En 1990, estuvo como candidato para el congreso; en 2000, para alcalde de Sao Paulo, en 2006, incluso fue candidato para la presidencia. Fracasó en todos los intentos.

¿Por qué fue ministro en la administración de Lula después de haberlo criticado fuertemente, llegando incluso a pedir su renuncia?

Unger respira y dice que aceptó la invitación en parte para probar sus propias ideas. “Una de las fallas clásicas de los filósofos es creer que alguien lo hará por ti”.

Pregunto a Unger si aprendió alguna lección política práctica. “Que no hay límites”, contesta sin parpadear. “La política no es una batalla medieval. Uno puede decir, ‘No he perdido’ y seguir peleando”. A pesar de sus ideas tan elevadas, la iniciativa ministerial más importante de Unger era muy aterrizada. Preocupado por la deforestación del Amazonas, descubrió que sólo 4% de la tierra privada de la selva tenía un título legal. Lula aprobó el plan de Unger de registrar formalmente la tierra y de coordinar una iniciativa sustentable para el Amazonas. Sin embargo, dice Unger, sólo funcionó hasta cierto punto.  “Creamos una ley pero su ejecución fue débil”, dice con un suspiro.

Sugiero que salgamos a disfrutar el día y Unger se ve relajado bajo los árboles. Platicamos sobre los países Bric (Brasil, Rusia, India y China), sobre su trabajo con Lula, y Unger mueve las piernas hacia un lado de su silla. “Los rusos fueron los únicos dispuestos a arriesgar”, dice. “Los chinos y los indios eran tímidos”.  Él se adjudica el crédito de la presión a Beijing para internacionalizar el renminbi como medio para restarle fuerza al dólar, aunque no es fan de los chinos.

Sorprendentemente dice que votó por Dilma Rousseff, a pesar de sus críticas severas durante su primer periodo. “Es una buena persona, y confía en mis ideas. Creo que ella puede encabezar el cambio programático que Brasil necesita. Al menos esa es mi esperanza, aunque no me hago ilusiones".